17. Cautiverio #2
Treth se teletransportó frente a él, de una patada desvió su arma hacia el techo.
El hombre disparó una ráfaga de balas al aire antes de que yo le estampara mi escudo en la cabeza, derribándolo al suelo.
Rematé el movimiento con un tajo en el cuello.
Quería hacer más. Hacerle sufrir más tiempo.
Pero aparecieron más cazadores de faes al doblar la esquina.
Uno apuntó una escopeta directamente hacia mí y recibió a cambio una guja que le atravesó el pecho.
Me giré para ver a Heather pálida y con cara de querer vomitar, antes de lanzarme yo misma al asalto.
Hammond achicharró a un cazador antes de que yo acortara la distancia, ensartando al superviviente por el estómago.
Mantuve el contacto visual. Quería que supiera que era yo.
Canalicé cada pizca de la mirada asesina que había acumulado a lo largo de los años en aquel momento.
Quería que se arrepintiera de haber nacido.
Llegaron más cazadores de faes y Treth apareció tras uno de ellos, degollándolo. Su semblante fantasmal estaba cubierto de sangre. Su rostro era pura rabia.
Sentí un impacto en la espalda. Y luego oí un grito. Un hombre había intentado golpearme con una porra. A mi abrigo no le gustó aquello. Hammond acabó con él con más fuego.
Los disparos resonaban desde donde había dejado a Guy y Brett.
Intenté correr hacia ellos, pero me quedé inmovilizada mientras más cazadores de faes abrían fuego, usando las salas laterales como cobertura.
Alcé la Aegis y apreté los dientes mientras cada impacto enviaba vibraciones por todo mi cuerpo.
Más cazadores de faes estaban luchando contra los demás. Eran muchos. Demasiados. Pero tenía que vengar a Duer. Si los mataba a todos, ese sería el comienzo para arreglar las cosas.
Los cazadores de faes avanzaban, disparando continuamente. No había mucho que pudiera hacer. Apreté los dientes y esperé.
Clang, clang, clang. Las balas golpeaban la Aegis. Heather soltó un grito cuando una bala le dio en la rodilla. Hammond respondió con un infierno, diezmando una parte del pasillo. Pero no podía hacer muchos más encantamientos gestuales con una sola mano. La escopeta de Brett seguía tronando.
Los cazadores se estaban acercando. Treth se agachó a mi lado. Lo miré a los ojos. Él asintió. Sabía lo que estaba pensando.
Estaban a unos pocos metros. Los otros tenían sus propias batallas. Yo estaba sola. Bueno, tan sola como siempre estaba.
Salí de mi cobertura y lancé la Aegis contra el cazador más cercano, golpeándole en la garganta. Treth aterrizó sobre él, hundiendo su hoja espectral en su corazón y recibió un chorro de sangre como recompensa. Pude cubrir la distancia hasta el otro cazador. Más cerca, más cerca.
Él disparó.
Todo lo que tenía era a Ithalen, y solté un tajo, sintiendo una onda de choque por todo mi brazo mientras la hoja cortaba limpiamente el proyectil, dejando que ambos trozos cayeran al suelo.
Ya me maravillaría de eso más tarde. Estaba demasiado ocupada clavando mi espada en la cabeza de un hombre como para reconocer mi logro.
La alarma se había detenido hacía rato y, a través del estruendo de los disparos, oí voces diminutas. Voces incontables. Pedían ayuda a gritos.
Heather y Hammond se encargaban de sus combates. Corrí hacia las voces, con mi fantasma siguiéndome.
Entré en una sala alargada, flanqueada por el tipo de jaulas que encontrarías en una perrera.
Antes de que pudiera analizar la estancia, alguien me placó contra el suelo.
Un hombre con un delantal ensangrentado y un cuchillo de carnicero lo sostenía sobre mi cabeza.
Mi abrigo centelleaba pero era incapaz de dañar nada que estuviera frente a mí.
Y apenas lograba sujetar la muñeca del hombre mientras él presionaba sobre mí, con los ojos llenos de un odio desesperado.
Yo le devolví la mirada con aún más odio.
Pero, antes de que Treth o yo pudiéramos hacer nada, una chica de pelo negro que vestía una chaqueta de cuero agarró al hombre por la garganta. Aún en forma humana, Trudie sacudió al hombre como a un muñeco de trapo antes de soltarlo; tenía la carótida seccionada.
Pranish me ayudó a levantarme.
—Recibimos la señal —dijo él. Había olvidado que también estaba en el canal de los Cruzados. Se acercó a Trudie, que estaba sonriendo. Tenía los dientes afilados y cubiertos de rojo. Él sacó un pañuelo y le limpió la boca. Ella se dejó.
Las voces habían guardado silencio durante el forcejeo, pero ahora sentía sus miradas.
Observé las incontables jaulas a mi alrededor.
Llegaban del suelo al techo. Apiladas como sardinas.
Jaulas diminutas. Lo bastante grandes para que una rata estuviera de pie sin moverse. Y emitían un tenue parpadeo dorado.
Cientos, tal vez miles de pixis.
El cazador de faes tenía una llave colgando del cuello. Una de esas llaves especiales que se usaban en dispositivos electrónicos y mecánicos. Y había una cerradura justo de su tamaño junto al umbral.
Ya era hora de que los pixis fueran liberados.
Cogí la llave y me dirigí directamente al panel de control justo cuando más cazadores de faes entraban en la sala. Pranish recitó algo rápidamente y un muro de energía brotó del suelo, bloqueándoles el paso. Trudie gruñó mientras empezaba a desnudarse, transformándose en su forma de lobo.
Los pixis me miraban expectantes. No sabía si Duer estaba entre ellos. Pero incluso si no lo estaba, esto era por él.
Giré la llave.
El estrépito de cada jaula metálica abriéndose fue ensordecedor.
Pero no tanto como el grito de guerra unido de incontables pixis saliendo en enjambre de sus jaulas y despojando a toda la sala de cualquier cosa afilada o dura.
El cuchillo de carnicero que había estado sobre mi cabeza desapareció, transportado ahora por dos pixis muy decididos.
Otros habían arrancado apresuradamente tornillos de sus jaulas.
El escudo de energía cayó. Y no hubo nada que Pranish, la Trudie-lobo o yo pudiéramos hacer mientras un enjambre dorado se abalanzaba sobre los cazadores de faes y los despedazaba miembro a miembro.
Solo quedaron montones ensangrentados, y finalmente comprendí por qué Duer era tan arrogante.
Los disparos por toda la instalación habían cesado. No más llamas. No más gritos. Los pixis dieron, poéticamente, la última estocada.
Pero no había ni rastro de Duer.
Me desplomé de rodillas mientras los pixis empezaban a salir del edificio en oleadas, buscando el aire y la libertad.
Mi pixi no estaba entre ellos. No veía su rostro arrogante, engreído y siempre cariñoso.
Sus hermosas alas de mariposa y su aura dorada.
Nunca volvería a pedirme miel o vodka. Y nunca volvería a insistir en que era superior a los mortales en todos los sentidos.
Pero no necesitaba insistir. Probablemente tuviera razón.
Las lágrimas empezaron a correr por mi cara, cayendo sobre el borde de mi abrigo y provocando volutas de vapor.
Mi rabia había desaparecido. Me consumía la tristeza.
Hasta que una figura dorada me placó contra el suelo, con más fuerza de la que sugería su tamaño. Me estaba abrazando la cara con todas sus fuerzas.
—¡Kat! —gritó Duer con un sollozo en la voz.
No pude decir nada. No solo porque me estaba tapando la boca, sino porque mi corazón no podía aguantarlo.
Brett entró en la sala. Tenía un desgarrón en el peto pero nada de sangre. No lo habían atravesado. Se detuvo y simplemente sonrió ante la escena.
Duer repitió mi nombre un par de veces más antes de dejarse caer sobre mi mano abierta.
—Sabía que vendrías —dijo, y por el brillo de sus ojos, supe que no mentía.
Intenté decir algo valiente. Pero lo único que salió fue un sollozo de felicidad mientras las lágrimas desbordaban mis ojos.
Me abrazó el dedo con fuerza.
—No llores, Kat. No me voy a ninguna parte. Pero hay algo que tengo que decirte.
—¿Qué es, Duer? —logré articular por fin con la voz entrecortada.
Brilló con un dorado impresionante.
—¡Brivvy... mi familia... están vivos! —