La Caza Fae (Serie Kat Drummond 9) 17. Cautiverio
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17. Cautiverio

Cautiverio

No estábamos tan lejos del destino. Tras un par de desvíos, empezamos a conducir por una de las grandes extensiones vacías de Hope City.

Eran descansos bienvenidos en medio del paisaje urbano, habitualmente incesante, y ayudaban a dividir las líneas wey buenas de las malas para evitar filtraciones.

El suelo de esta extensión en particular era un humedal, poco apto para la construcción incluso para el habitante de tugurios más desesperado.

Todo excepto un parche seco junto a la carretera.

Una gran monstruosidad gris rodeada por una valla de tela metálica rota.

Parecía abandonada, como tantas estructuras alrededor de Hope City que quedaron así cuando el Cataclismo cambió qué zonas merecían la pena para vivir y cuáles harían que te pudrieras lentamente en la oscuridad.

—Podría ser una trampa —advirtió Brett mientras nos acercábamos al edificio.

—Podría ser la verdad —lo contradijo Treth.

—Podría ser ambas cosas —concluí yo.

Nos detuvimos frente a la estructura. No había vehículos aparcados fuera. Ni ventanas que pudiéramos ver. Solo rejillas de ventilación. Parecía que un titán acababa de dejar allí un ladrillo de hormigón y se había olvidado de volver a recogerlo.

Brett se agachó y examinó el suelo, mientras yo buscaba cualquier señal de vida.

—Huellas de neumáticos —confirmó él—. De carga pesada. Y muchas.

Se puso en pie.

—No está abandonado. A menos que los okupas de aquí tengan unos vehículos muy buenos.

—Si Jane tiene razón, Duer está ahí dentro. Lo que significa que esto es una instalación de Saneamiento. Cuarentena —dije.

—No veo ninguna señal ni guardias con trajes antiquímicos. Esto no es como las otras instalaciones —argumentó Brett.

Asentí. Me había fijado en lo mismo. Di un paso hacia el edificio. Brett me agarró del brazo y me detuve.

—No sabemos en qué nos estamos metiendo, Kat.

—Duer puede estar ahí dentro. Solo. Asustado. Hambriento. Tengo que salvarlo.

Brett asintió. Su expresión era sincera. Era una de esas miradas que me recordaban por qué lo amaba.

—Lo haremos. Pero no estamos solos. Voy a llamar a los demás. A todos los que puedan venir. Si esto es Saneamiento o alguna base secreta turbia, querremos que haya gente respaldándonos.

—Jane nos dijo que nos diéramos prisa.

—Y lo haremos. Cuando estén todos aquí.

Rechiné los dientes. Brett tenía razón. Eso era lo que lo hacía tan condenadamente irritante. Quería entrar allí y asegurarme de que Duer estaba a salvo, no quedarme sentada al borde de la carretera esperando a que llegaran los Cruzados.

—Está bien. Llámales.

—Ya está hecho —respondió Treth.

Brett estaba pálido como la cera mientras observaba lo que para él debía de ser su teléfono móvil flotando sobre el suelo. Treth me enseñó la pantalla y Brett retrocedió treinta centímetros.

—Treth se ha tomado la libertad de enviar nuestra ubicación al canal de los Cruzados —dije.

—Tu fantasma tiene las manos muy largas. —Brett intentó reírse para quitarle hierro al asunto, pero no apartaba la vista de su móvil flotante.

Treth se encogió de hombros. —Estabais discutiendo y perdiendo el tiempo.

Arrebaté el teléfono de Brett de las manos espectrales de Treth y se lo devolví a su dueño. Brett sostuvo el teléfono como si estuviera maldito, manteniéndolo a la distancia de un brazo. Treth sonrió como un ser féerico travieso o un niño consentido.

—Deberíamos echar un vistazo mientras tanto —propuse.

—Treth —dijo Brett, un poco vacilante. Además, estaba mirando en una dirección completamente equivocada. Treth estaba apoyado en la furgoneta ahora—. ¿Podrías atravesar la pared y decirnos qué hay dentro?

—No puedo atravesar paredes, no —respondió Treth, un poco irritado. Yo transmití el mensaje.

Brett pareció decepcionado, pero también reivindicado. ¿Qué era esto? Mi novio y mi fantasma compitiendo.

Recorrimos el área alrededor de la estructura buscando huellas (que encontramos), ventanas y una puerta. La única puerta que hallamos fue un gran portón metálico de garaje que requeriría un motor para abrirse. Probablemente con mando a distancia. Y no teníamos mando a distancia.

Después esperamos junto a la furgoneta, mientras Brett y yo revisábamos las armas que había traído.

Un rifle de asalto, una escopeta y dos pistolas.

Bastante conservador para Brett. Me sorprendió que no trajera el lanzagranadas.

Yo solo había traído el Voidshot, mi seax, Ithalen y la Aegis.

A pesar de la extensa colección de Brett, la mía era más valiosa.

Ya había cavado una zanja impresionante en el barro de tanto caminar cuando oímos motores acercándose.

Brett apuntó hacia el sonido que avanzaba y yo me zambullí para cubrirme.

A medida que el ruido se acercaba, reconocí el sonido del motor de una motocicleta.

Guy frenó en seco junto a la furgoneta, casi sin dejar que la moto se detuviera antes de desenfundar su pistola.

—¿Qué está pasando? Alguien nos envió una señal usando el teléfono de Brett. ¿Está bien él?

Brett lo saludó con la mano, un poco avergonzado.

—Treth envió la señal —dije.

Guy miró a su alrededor confundido, justo cuando el coche de Hammond frenó derrapando y Heather prácticamente saltó con el vehículo aún en movimiento, aterrizando con la gracia de una guerrera samurái, empuñando su nueva naginata de marfil.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está el enemigo? —soltó nerviosa, en contraste con su postura experta.

Señalé el edificio.

—Duer está ahí dentro... puedo pagar...

Antes de que pudiera negociar los términos, Guy ya estaba cogiendo el rifle de asalto de Brett y cargándolo. Hammond me ignoraba y flirteaba innecesariamente con Heather, que observaba el edificio. La mano de Hammond ya brillaba al rojo vivo.

Ni siquiera hizo falta convencerlos. Iban a ayudar. Casi se me saltan las lágrimas.

—No sabemos qué hay ahí dentro —dijo Brett, apoyando la escopeta en el hombro—. Sospechamos que son humanos. Saneamiento, o algún tipo de organización en la sombra. Posiblemente estén armados y tengan vínculos con las fuerzas del orden. Sea como sea... vamos a recuperar a nuestro duendecillo.

No hubo discusión. Ni vacilación. No me había dado cuenta antes, aunque fuera obvio, pero Duer no solo se había hecho un hueco en mi corazón. Era un Cruzado tanto como el resto de nosotros. Y no dejábamos atrás a ningún Cruzado.

Como grupo, nos acercamos al edificio, desplegándonos por si había algún francotirador y necesitábamos maniobrar. Nos detuvimos junto al portón metálico del garaje.

—¿Alguien tiene...? —comencé.

De repente me quedé sorda por el zumbido de las llamas y el desgarro del metal. El calor me abrasó la piel y tuve que parpadear para ajustar la vista tras el destello naranja y amarillo. Un agujero chamuscado era todo lo que quedaba del portón del garaje.

Todos nos giramos hacia Hammond mientras él se soplaba la mano. Se encogió de hombros.

—Pensé que este era el plan.

Una alarma atronó desde el interior. No había tiempo para dudar. Lo hacía por Duer.

Alcé la Aegis frente a mí y cargué. Los demás me seguían de cerca.

La alarma sonaba en bucle, creando una cacofonía chirriante en una zona de carga oscura.

Todos menos Heather y yo inspeccionaron la sala.

Yo tenía la mirada clavada en el umbral del otro extremo.

No había enemigos. Pero sí noté que los vehículos eran camionetas y furgonetas.

Nada de Saneamiento, ni de lejos. Civiles.

¿Quién dirigía este lugar? ¿Y qué estaban haciendo con mi duendecillo?

Corrí hacia la otra puerta. Al otro lado había un pasillo oscuro. Una luz roja parpadeaba más adelante. Al menos no teníamos que ir con sigilo. Ya sabían que estábamos aquí.

Los demás me alcanzaron. Hice una señal para que el grupo se dividiera. Hammond y Heather, a la derecha. Guy, Brett y yo, a la izquierda. Hammond tenía potencia de fuego más que suficiente para ir solo, pero siempre era bueno tener apoyo.

Heather y Hammond avanzaron entre escabulléndose y trotando por el lado derecho. Yo encabezé el camino por la izquierda. No sabía qué iba a encontrar. Y temía cada segundo que pasaba sin saberlo.

Guy y Brett abrían las puertas de par en par al pasar. Vi destellos de lo que había dentro. Almacenes con cajas y barriles. A veces una oficina.

Brett se detuvo para inspeccionar otra sala y vi que sufrió un espasmo.

—¿Qué pasa? —susurré, con el volumen justo para que me oyera por encima de la alarma.

—Es... —no quería decirlo. Hice que fuera innecesario que hablara al pasar por su lado.

Casi vomito. Me quedé pálida como un fantasma.

Alas, manitas, cabecitas y carne y huesos triturados. Pupitres y más pupitres llenos de ellos. Molidos hasta convertirlos en un polvo fino. Como la maldita cocaína.

Estaban moliendo pixis. Estaban moliendo a mi pixi.

La explosión inequívoca de la piromancia de Hammond evitó que sucumbiera al horror. Casi empujé a Brett para pasar, arrojándome hacia donde estaban Hammond y Heather.

En el pasado, la idea de matar a un humano me ponía enferma. Había vomitado la primera vez que maté. Todavía lamentaba la segunda vez que había matado a un humano. Aunque se lo mereciera.

Ahora, sabía que iba a matar humanos. Y quería hacerlo.

Porque si Duer estaba muerto, mataría a todos los responsables en esta ciudad.

No oí los gritos de Brett y Guy. Simplemente eché a correr.

Incluso ignoré a Treth. Él se dio por vencido y corrió a mi lado, con su espada desenvainada.

Pasaron apenas unos instantes antes de que lo viera.

Un hombre con barba y un gorro de lana, que vestía una chaqueta de cuero cubierta de sangre y médula ósea.

Llevaba un AK-47 y estaba abriendo fuego contra Heather y Hammond, que estaban inmovilizados tras la pared.