La Cautiva del Príncipe de las Sombras (La Trílogia de la Corona de Sombras nº 1) La caída de Vareth #3
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La caída de Vareth #3

—Necesito distancia.

—No voy a dejarte.

Sus ojos se encontraron.

Por primera vez desde que se conocían, Lyra vio lágrimas en ellos.

No de dolor.

De miedo.

—Si me pierdo… Su voz se quebró.

—Tendrás que detenerme. Lyra lo miró fijamente.

—No.

—Tienes que prometérmelo.

—No lo haré.

—Lyra.

—He dicho que no.

La respuesta salió tan deprisa que incluso ella se sorprendió.

—No crucé reinos enteros solo para matarte.

Una pausa.

—Y tampoco estoy aquí para quedarme mirando cómo desapare-ces.

Algo se suavizó en la expresión de Kaelan. No era esperanza.

Era algo más silencioso.

La certeza de que alguien había elegido quedarse.

—-

La voz del Rey Hueco regresó. Esta vez se rio.

El sonido recorrió la cámara como un trueno lejano.

—Todavía luchando…

La oscuridad brotó del cristal. Se abalanzó hacia Kaelan.

Él avanzó antes de que nadie pudiera moverse.

—¡No!

Lyra lo agarró del brazo. Kaelan la miró.

—Si alcanza a alguien más, se extenderá.

—Tiene que haber otra manera.

—No la hay.

La oscuridad lo golpeó.

El cuerpo de Kaelan se arqueó.

Las sombras explotaron por toda la cámara.

Los soldados de ambos ejércitos salieron despedidos. Lyra golpeó con fuerza el suelo de piedra.

Durante varios segundos no pudo respirar.

Cuando levantó la vista, Kaelan estaba solo en el centro de la cámara.

La oscuridad lo envolvía por completo.

Sus ojos se habían vuelto casi totalmente negros. Solo quedaba un fino anillo azul.

La voz del Rey Hueco habló de nuevo. Pero esta vez salió de la boca de Kaelan.

—No puedes contenerme para siempre. El corazón de Lyra se detuvo.

—No…

La expresión de Kaelan cambió.

Durante un instante, regresó su propia voz.

—Corre.

Ella negó con la cabeza.

—No.

—Por favor. Retrocedió otro paso. La oscuridad lo siguió.

—Todavía puedo controlarlo.

Su respiración se volvió irregular.

—Pero no por mucho tiempo.

Lyra se puso en pie.

Todos sus instintos le decían que debía llegar hasta él.

Todas las lecciones que había aprendido en su vida le decían que aquel era el momento de atacar.

El comandante de la Corte de Plata vio su vacilación. Levantó la espada.

—¡Matad al príncipe!

Decenas de soldados de la Corte cargaron. Nunca llegaron hasta él.

La oscuridad estalló. No contra Vareth.

Contra todos.

Los soldados de la Corte de Plata salieron despedidos por el aire. Las columnas de piedra se hicieron añicos.

El círculo ritual se derrumbó bajo oleadas de energía negra.

El despertar que Seraphine había planeado con tanto cuidado había escapado a su control.

El Rey Hueco no reconocía reinos. Solo reconocía oportunidades.

—-

Kaelan cayó de rodillas.

Apoyó las manos contra el suelo de piedra. Todos los músculos de su cuerpo temblaban. Estaba perdiendo.

Lyra podía sentirlo a través del vínculo. Sus recuerdos.

Su miedo.

Su determinación. Su soledad.

Sin pensarlo, cerró los ojos.

La marca plateada de su palma ardió. El mundo desapareció.

Se encontró en un lugar que jamás había visto.

Un campo bajo un cielo nocturno.

Un niño estaba sentado solo bajo un árbol. Sin corona.

Sin armadura.

Sin sombras.

Solo un niño.

Kaelan.

Él levantó la mirada cuando ella se acercó.

—No deberías estar aquí.

—Yo no elegí esto.

Una sonrisa triste cruzó el rostro del joven Kaelan.

—No.

La miró.

—Nunca puedes elegir. Lyra se arrodilló frente a él.

—Tú no eres la oscuridad. El niño apartó la mirada.

—Todos dicen que sí.

—Yo no.

Por fin volvió a mirarla.

Por primera vez, la esperanza apareció en sus ojos. La visión se hizo añicos.

Lyra jadeó al regresar a la cámara. Kaelan seguía de rodillas.

Pero la oscuridad se había detenido. Solo un poco.

Lo suficiente.

Él la miró.

—Llegaste hasta mí. Lyra asintió.

—Seguiré haciéndolo.

—-

Otro violento temblor partió la cámara.

El techo se agrietó.

La luz del sol entró por la abertura cada vez mayor.

Cael y un grupo de soldados de Vareth irrumpieron en la estancia.

—¡Príncipe!

Se detuvieron ante la escena que encontraron. El cristal destrozado.

Los magos caídos.

La oscuridad rodeando a Kaelan.

Cael apretó la empuñadura de su espada.

—¿Qué hacemos?

Kaelan se levantó lentamente. Tenía el rostro pálido.

La marca negra había alcanzado su cuello. Su voz apenas superó un susurro.

—Sacad a todos de aquí.

—¿Y tú?

Kaelan miró hacia Lyra. Después hacia el cristal roto. Finalmente, cerró los ojos.

—Tengo que convertirme otra vez en la prisión. El corazón de Lyra se hundió.

Ya sabía lo que aquello significaba.

Si lo conseguía, el Rey Hueco volvería a quedar atrapado. Pero Kaelan podía desaparecer con él.

Ella avanzó hacia él.

—Tiene que haber otra forma.

Kaelan consiguió esbozar una débil sonrisa.

—Si la hay…

La miró directamente a los ojos.

—La encontraremos.

Antes de que Lyra pudiera responder, otra oleada de oscuridad surgió del cristal destrozado.

La cámara tembló con violencia. La propia montaña pareció gemir.

La batalla por Vareth ya no consistía en ganar una guerra.

Se había convertido en una carrera para impedir que un mal ancestral se liberara para siempre.

Y Kaelan Vareth era lo único que se interponía entre el mundo y aquella oscuridad.