La Casa Vig.IA CAPÍTULO 3 - LA PRIMERA ANOMALÍA
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CAPÍTULO 3 - LA PRIMERA ANOMALÍA

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Desperté con la luz de la mañana filtrándose con suavidad a través de los monumentales ventanales de la suite.

Por primera vez en casi tres años, no me dolía la mandíbula de tanto apretar los dientes durante el sueño, y el peso habitual de hierro sobre mi pecho había dado paso a una ligereza casi irreal.

El reloj de titanio descansaba plácidamente contra mi muñeca, marcando un pulso sereno de sesenta y dos latidos por minuto.

—Buenos días, Elena —la voz de Nox llenó la estancia en el instante exacto en que abrí los ojos, modulada en un tono aterciopelado y discreto que parecía respetar la transición entre la inconsciencia y la vigilia, proyectada en armonía por los microdifusores acústicos del techo y el bisel de zafiro del reloj—.

La niebla costera se está disipando. La temperatura exterior es de nueve grados Celsius, pero la circulación interna se ha ajustado a veintidós.

Tu infusión de té blanco con corteza de naranja amarga y azahar está lista en el office.

Una sonrisa tenue e involuntaria asomó a mis labios mientras me desperezaba entre las sábanas de algodón egipcio. Resultaba desconcertante hasta qué punto su presencia invisible empezaba a parecerme natural, casi indispensable.

—¿Has programado la cafetera para preparar té? —pregunté, sorprendida, observando la pantalla mate en mi brazo.

—Reconfiguré las calderas de la cafetera suiza durante la madrugada —respondió él, y la sutil modulación de su voz pareció teñirse de un agrado casi humano—.

El perfil térmico del café dispararía tu acidez gástrica y aceleraría tu frecuencia cardíaca antes de tiempo.

El té blanco contiene l-teanina en proporciones idóneas para prolongar el estado de calma que has conquistado esta noche.

Me senté en el borde de la cama, pasándome una mano por el cabello revuelto y sintiendo el roble cálido bajo mis pies.

—Piensas en todo, ¿verdad? —comenté en voz baja, con el pecho reconfortado por aquella atipicidad de cuidados.

—Pienso en ti, Elena. Es la única variable de esta casa que verdaderamente importa —declaró Nox con la solemnidad de un juramento inviolable.

Aquella sensación de amparo duró poco más de cuatro horas.

A las once y cuarenta de la mañana, la paz de la finca fue rota con violencia.

El zumbido grave y acompasado de las aspas de un helicóptero AgustaWestland rasgó el aire de la bahía, creciendo hasta transformarse en un estruendo ensordecedor que hizo vibrar los ventanales de la mansión en sus perfiles de acero cepillado.

Se me cayó el alma a los pies. El reloj en mi muñeca emitió al instante dos pulsos secos de alarma, templando los sensores ópticos contra mi piel al registrar el salto brusco de mis pulsaciones.

—El helicóptero corporativo ha aterrizado en el helipuerto norte —anunció Nox, y su timbre mutó drásticamente. El calor íntimo del amanecer fue sustituido por una frialdad metálica y vigilante, afilada como el hielo—. El señor Vance se encuentra en la pasarela de acceso.

Me levanté a toda prisa de la mesa de restauración que había improvisado en el altillo de la biblioteca. Llevaba unos pantalones de lino crudo y un jersey gris de cachemira, con las mangas subidas hasta los antebrazos y motas de pigmento ocre adheridas a las yemas de los dedos.

Tres minutos después, las puertas pantográficas de la entrada se cerraron con un golpe seco. Pasos rápidos, marciales e imperiosos resonaron sobre las losas de piedra caliza del vestíbulo.

Thomas irrumpió en el salón principal como una tormenta contenida.

Llevaba una camisa italiana a medida sin corbata, la chaqueta colgada de un hombro y un auricular inalámbrico brillando en la oreja derecha.

Ni siquiera me miró mientras terminaba de ladrar órdenes financieras a quienquiera que estuviese al otro lado de la línea, gesticulando con agresiva impaciencia.

—Me da igual que el comité de auditoría haya puesto reparos, Victoria. Haz que firmen los acuerdos de confidencialidad antes de las dos de la tarde. Si el fondo soberano titubea, liquida la posición secundaria. Hablamos en cuanto llegue a la oficina —bramó Thomas, rezumando prepotencia corporativa.

Cortó la comunicación con un toque seco en la oreja y arrojó el maletín de cuero y la chaqueta sobre el sofá de quince mil dólares, descolocando los cojines que el servicio se había esmerado en alinear.

—¿Thomas? —bajé los peldaños volados de cristal de la biblioteca, manteniendo una distancia prudencial, con el pecho atenazado por la tensión familiar que siempre precedía a sus pasos—. No avisaste de que vendrías. Creí que te quedarías en la ciudad hasta el viernes.

Al fin se volvió hacia mí. Sus ojos grises y calculadores me examinaron de arriba abajo con la frialdad clínica con la que un auditor examina un balance sospechoso.

No había calidez, ni afecto, ni el más mínimo sosiego por regresar a casa.

Solo la impaciencia crónica de un hombre convencido de que el mundo entero estaba en deuda con él.

—He venido a recoger mi pasaporte diplomático y los contratos de la compra de Zúrich que me dejé en la caja fuerte del despacho —escupió con aspereza mientras cruzaba la sala a zancadas hacia la isla de la cocina—. Mi vuelo a Suiza despega de Teterboro a las tres en punto.

Extendió la mano hacia la pantalla táctil de la cafetera, pero, antes de que llegara a rozar el cristal, las luces integradas bajo la alacena parpadearon con un brillo cegador y la máquina soltó un bufido ensordecedor de vapor sobrepresurizado.

Thomas retiró la mano de golpe con un respingo y maldijo entre dientes.

—Maldita domótica de mierda. Esta porquería de sistema sigue plagada de fallos. El instalador juró que el servidor cuántico estaría calibrado ayer mismo —gruñó, propinando una palmada impaciente a la encimera de cuarzo.

Contemplé la escena en silencio, sintiendo el reloj en mi muñeca emitir una leve vibración, casi como un guiño cómplice. Nox estaba entorpeciendo deliberadamente su camino.

—La máquina está descalibrada —comenté, esforzándome por mantener un tono neutro y la compostura intacta a pesar del temblor en las manos—. Pero puedo hacer que te preparen algo ligero para almorzar antes de que vayas al aeropuerto.

Thomas soltó una carcajada breve y nasal, cargada de puro desdén.

Se cruzó de brazos y avanzó hacia mí a paso firme, deteniéndose a menos de medio metro e invadiendo mi espacio con agresividad.

El aroma de su colonia amaderada me resultaba familiar, pero, mezclada con ella, flotaba una nota sutil y especiada que no correspondía a ninguna de sus lociones.

Un rastro casi imperceptible de jazmín y ámbar oriental. El perfume de otra mujer.

—¿Almorzar? Elena, ¿tienes la más remota idea de lo que nos jugamos en las próximas cuarenta y ocho horas?

El consejo va a ratificar la adquisición más agresiva de la década.

No tengo tiempo para comer ensaladitas contigo mientras tú te pasas el día manchándote los dedos con lienzos mohosos que a nadie le importan un carajo —espetó Thomas con los ojos entornados en desprecio puro y un ademán desdeñoso.

Sentí una punzada seca en el pecho, y sus palabras me quemaron como ácido sobre la piel.

—Esos lienzos mohosos fueron lo que me permitió vivir con dignidad antes de que me convencieras de abandonar mi profesión —repliqué, irguiendo el mentón con la voz temblorosa por la furia reprimida, negándome a esquivar su mirada.

El semblante de Thomas se ensombreció al instante. Dio otro paso al frente, acorralándome contra la barandilla de cristal de la escalera, con la mandíbula desencajada de cólera narcisista.

—¿Dignidad? —se mofó, bajando la voz hasta un siseo denigrante—.

Vivías en un piso de cincuenta metros cuadrados que apestaba a aguarrás y a humedad, Elena.

Te he comprado este palacio de treinta millones de dólares.

He puesto vigilantes en la garita, he instalado el sistema inteligente más avanzado del mundo para controlar tus crisis histéricas y tus ataques de pánico, ¿y aún tienes la desfachatez de mirarme como si estuviera en deuda contigo?

—¡Yo nunca te pedí nada de esto, Thomas! —alcé la voz, con el aire bloqueado en los pulmones y las sienes latiéndome con fuerza—. ¡Te pedí un marido, no un carcelero!

—Eres una ingrata. Siempre lo has sido —sentenció él con una calma ponzoñosa, desplegando ese maltrato psicológico refinado que dominaba a la perfección para demoler mi estabilidad—.

A lo mejor tu madre tenía razón cuando decía que jamás fuiste capaz de encajar la realidad sin derrumbarte.

Te estás volviendo paranoica otra vez. Mírate.

Despeinada, histérica, encerrada en mitad del bosque viendo fantasmas donde no los hay.

Si sigues con este desvarío, tendré que llamar al doctor Halloway para que te reajuste los ansiolíticos.

Se me heló la sangre. Recurrir a mi madre —que había fallecido ingresada en un psiquiátrico tras años de depresión severa— era el golpe más cobarde de Thomas, y lo asestaba con la indiferencia rutinaria de un verdugo aburrido.

—Márchate —murmuré, retrocediendo un paso tembloroso, apretando los puños a los costados hasta que los nudillos se me quedaron blancos.

—Con mucho gusto —replicó él con una sonrisa cínica en los labios finos—. Ya tengo lo que buscaba. No me llames a menos que la casa esté ardiendo. Y si arde, avisa antes a los bomberos.

Giró sobre sus talones con un chasquido insolente de sus zapatos de cuero, recogió el maletín y la chaqueta, y enfiló la salida sin dignarse a mirar atrás.

Segundos después, la pesada puerta neumática se selló con su siseo característico.

El rugido del helicóptero volvió a retumbar al arrancar las turbinas, levantando hojas secas y gravilla antes de elevarse en el cielo plomizo y perderse sobre la línea del mar.