La casa sin alma
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Prólogo
La mente humana tiene algo extraño porque, a veces, guarda con una precisión dolorosa aquello que más quisiéramos olvidar y, sin embargo, borra detalles de los momentos que más deseamos conservar.
¿Cómo es posible que mis recuerdos estén tan borrosos si sé que viví una parte tan grande de mi vida con ustedes?
¿Cómo puede ser que sepa que estuve allí, que crecí a su lado, que aquella casa fue durante tantos años mi refugio, y aun así tenga que cerrar los ojos con fuerza para intentar recordar cosas que alguna vez fueron tan cotidianas?
Abuelo, todavía intento reconstruir aquellas tardes en las que me llevabas detrás de la parrilla de la bicicleta rumbo a la escuela, con aquellos veinte centavos que parecían suficientes para hacerme sentir la niña más afortunada del mundo.
Recuerdo que a las cuatro y veinte, cuando salía con la trenza deshecha y aquella sonrisa pícara que seguramente te hacía saber que alguna travesura había ocurrido durante el día, tú me comprabas dulces antes de regresar a casa.
Hoy daría cualquier cosa por poder recordar con exactitud cómo se sentía ir contigo, cómo sonaba tu voz en el camino y qué pensaba aquella niña que todavía no sabía que algún día extrañaría hasta los detalles más pequeños de su infancia.
Cuando fui creciendo, mi hermana y yo caminábamos de tu mano por todo el ferrocarril hasta llegar al Sabor, donde nos sentábamos a coger el sol mientras esperábamos que pasara una guagua o alguno de tus amigos carretoneros.
Cuando aparecía alguno, nos íbamos los tres hasta la misma entrada de la casa, y yo sentía un orgullo enorme al escuchar que te conocían.
Decía «soy la nieta del Chino» y ellos respondían que yo era tus ojos, sin saber que esas palabras se quedarían guardadas en algún lugar de mi memoria para convertirse muchos años después en uno de los recuerdos que más quisiera volver a tocar.
Con el paso de los años hice tantas estupideces, tantas cosas propias de una adolescente que todavía estaba intentando descubrir quién era, que muchas veces no supe valorar lo que tenía delante.
Nunca les dije cuánto me arrepentí de haberme alejado de ustedes después de cumplir quince años, ni cuántas veces pensé en todo el tiempo que dejé pasar mientras seguía mi vida creyendo, como creen los jóvenes, que siempre habría otra oportunidad.
Uno crece pensando que los abuelos son eternos, que esa casa seguirá allí, que siempre habrá una puerta que abrir y alguien detrás de ella dispuesto a recibirte.
Abuela, todavía recuerdo aquellas veces en que me decías que dejara de ser egoísta y pensara que había otras personas que también tenían que comer cuando yo le pedía a mi abuelo que me diera su bistec porque todavía tenía hambre.
Y también recuerdo la emoción con la que él me servía más arroz que a los demás, mientras yo limpiaba el plato con la lengua y los dedos hasta dejarlo prácticamente vacío.
Son recuerdos pequeños, casi insignificantes para cualquiera que no haya vivido nuestra vida, pero para mí contienen algo que ahora comprendo mucho mejor: la manera en que ustedes me querían estaba escondida en esas cosas que entonces parecían normales.
Recuerdo los panes viejos que guardábamos en el refrigerador para convertirlos después en croquetas o pudín, y recuerdo las noches en que me encerraba en mi cuarto a escuchar música, mientras ustedes me permitían quedarme despierta hasta tarde viendo televisión bajo una manta.
Recuerdo a mi hermana y a mí jugando a las escondidas mientras tú estabas agotado en una cama y nosotras terminábamos haciéndote cosquillas en los pies.
No sé por qué la memoria decide conservar unas cosas y esconder otras, pero daría cualquier cosa por tener un lugar donde guardar absolutamente todo.
Aquellos eran tiempos que entonces parecían interminables.
Yo estaba convencida de que ustedes dos serían eternos, de que siempre existiría una casa llena de familia, de que tus hermanas llegarían desde La Habana con regalos y que los fines de año continuarían teniendo aquella mezcla de comida, música, carreras y personas hablando al mismo tiempo.
No me di cuenta de cuándo crecí, ni de cuándo ustedes comenzaron a envejecer mientras yo seguía avanzando hacia mi propia vida, hasta que un día descubrí que aquella casa que había conocido llena de movimiento comenzaba a quedarse cada vez más tranquila.
Tampoco recuerdo exactamente cuándo dejé de pedirte aquellos tanques desfondados de maíz para tirarme con mi hermana por la explanadita, ni cuándo las vacas dejaron de formar parte de aquel paisaje que yo recorría como si fuera un territorio enorme que me pertenecía.
Ya no recuerdo cuántas veces te pedí cajas de medicamentos para jugar a la farmacia, ni cuántas veces terminé corriendo detrás de las gallinas con la adrenalina en la garganta porque alguna madre comenzaba a defender a sus polluelos.
Son imágenes incompletas, pequeñas escenas que aparecen y desaparecen dentro de mi cabeza, y quizá por eso siento tanto miedo de que algún día desaparezcan por completo.
Pero sí recuerdo a mi abuela caminando con su palo, acompañada por las niñas del barrio, hasta aquella mata de limón para llevarlos a casa.
Recuerdo sus frijoles, su manera de cocinar y lo mucho que le gustaba que le dijeran que lo hacía bien, porque incluso cuando las cosas comenzaron a hacerse difíciles ella quería sentirse útil, quería sentir que todavía podía aportar algo.
Quizá ahora entiendo que muchas de aquellas pequeñas cosas eran su manera de seguir sintiéndose parte de la vida.
Ese último día, unas horas después, mi abuela me miraba desde su silla de ruedas y me preguntaba si ya yo quería a mi hijo.
Mi hijo; una frase tan sencilla que todavía me cuesta comprender todo lo que significa, porque cuando ellos me conocieron yo era una niña y ahora yo también había formado una familia.
El tiempo había pasado frente a nosotros sin pedir permiso, y quizá eso sea lo que más me duele: no haber entendido que mientras yo crecía, ustedes también estaban envejeciendo.
También recuerdo la primera vez que conocieron a mi bebé.
Abuelo, preguntaste primero si el niño tenía aquella misma marca que tú tenías en la palma de la mano, y todavía puedo imaginar la atención con la que lo mirabas.
Recuerdo aquella ocasión en que te pedí que te quedaras solo con él y, cubierto de polvo de maíz, comenzaste a hablarle desde la cama para intentar que no llorara, como si hubieras encontrado una manera de comunicarte con él que solamente ustedes dos conocían.
Necesitaría un disco enorme para guardar todas mis memorias y evitar que alguna volviera a borrarse. Quizá por eso estoy escribiendo esto, porque tengo miedo de que algún día mi mente ya no pueda devolverme sus voces, sus gestos o aquellas escenas que hoy todavía aparecen de vez en cuando.
Abuela, gracias por haber sido la compañera de vida de mi abuelo, por haber construido junto a él una familia que terminó convirtiéndose también en mi hogar.
Gracias por aquellas veces en que me ponía detrás de ti, te tocaba la barriga y te decía «bolita de pan», o cuando hacía alguna de mis ocurrencias y tú protestabas con ese carácter tuyo que tantas veces terminaba acompañado de una sonrisa.
Tú y mi abuelo fueron mis padres también, porque me criaron, me protegieron y me dieron una infancia que todavía hoy reconozco como una de las partes más importantes de quien soy.
Y a ti, tía, hay tantas cosas que quisiera decirte que no sé por dónde empezar.
Fuiste esa persona a la que acudía cuando tenía un problema, aquella a quien podía contarle cosas que no sabía cómo decirle a nadie más y que siempre parecía encontrar alguna respuesta que me ayudara a ordenar lo que tenía dentro.
Estuviste en momentos importantes de mi vida, conociste mis tristezas, mis problemas, mis ocurrencias y también mis etapas más difíciles, y aun así siempre encontraste una manera de hacerme sentir que podía regresar a ti.
No sé si escribir puede vencer al tiempo, pero quiero intentarlo.
No puedo regresar a aquella casa, no puedo volver a sentarme con ustedes ni recuperar los años que dejé atrás, pero todavía tengo algo que sí puedo hacer: recordar.
Puedo escribir sus nombres, reconstruir sus historias, escuchar a quienes los conocieron y guardar en estas páginas todo aquello que no quiero que desaparezca cuando mi propia memoria comience a cambiar.
Por eso escribo.
Escribo por ustedes, pero también por quienes algún día preguntarán quiénes fueron.
Escribo porque mi hijo merece saber que antes de él existieron tres personas que formaron parte de la historia de su familia.
Escribo porque quiero que algún día alguien pueda abrir estas páginas y encontrar en ellas algo más que una tragedia: encontrar tres vidas, tres personas y una familia que alguna vez estuvo completa.
Y aunque no pueda regresar, al menos puedo hacer algo que todavía está en mis manos: recordarlos.
Mientras yo pueda hacerlo, sus nombres seguirán teniendo un lugar.
Y mientras estas palabras existan, su historia no termina aquí.
Los ama,
Sophia