La casa prestada (Nadie duerme solo 1) Capítulo 14 — Marta
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Capítulo 14 — Marta

El domingo no pasó nada, y lo pasé entero esperando que pasara.

La nota seguía bajo la puerta al amanecer —comprobé la esquina de cartulina a las ocho, con la helada en el porche— y al mediodía ya no estaba.

No hubo respuesta el domingo. Hice la comida del domingo en casa de Koldo, tercera caldereta del otoño, y hice de hermana con el oficio de siempre, que ya me costaba más que el trabajo: mi cuñada preguntó si estaba más delgada, Koldo contó lo de la inspectora, y en ningún momento, ni uno solo, salió el nombre de Jokin.

Lo noté como se nota una silla que falta en una mesa conocida: nadie la nombra y todos la esquivan.

Volví de noche, puse el modo noche, y me acosté con la libreta cerrada y la casa zumbando su turno detrás del vestidor.

La respuesta llegó el lunes por la mañana, en el felpudo interior, blanca, sin sello, con mi nombre en el centro. La abrí en el despacho, con las manos limpias y la lámpara encendida. Cartulina crema, cinco líneas, la inclinación de siempre:

«Hoy. Cuatro y media. El puente de los Remedios, lado norte. Ven andando, por el paseo. No te seguirá nadie. — M.»

«No te seguirá nadie.» Lo leí dos veces. La ge de «seguirá», cerrada, con su gancho. La mano. Y la seguridad de la frase: la de quien conoce los ojos de su casa como las costuras de un abrigo propio. Lo archivé sin preguntarme de dónde le venía tanta certeza.

Trabajé hasta las dos, mal. A las tres y cuarto me puse el abrigo gris, el bolso cruzado, las zapatillas de caminar, y salí a pie, por la avenida de entrada, con la niebla cerrada de verdad: no la niebla de los bordes blandos sino la otra, la de noviembre entero, la que se bebe los contornos y deja el mundo en bocetos.

El recorrido largo me llevaba al puente de los Remedios desde hacía semanas; aquel lunes el recorrido era una cita, y la ciudad entera parecía haberse puesto de acuerdo para desdibujarse: los álamos, quietos; el río, gris y ancho, oyéndose más que viéndose; los bancos de piedra emergiendo de la niebla uno a uno como frases de un texto que se imprime despacio.

Llegué al lado norte a las cuatro y veinticinco, temprano como siempre: la puntualidad ansiosa me viene de fábrica. El puente era un arco bajo de piedra con dos bancos a cada entrada, y en el segundo banco del lado norte, con la niebla hasta las rodillas del mundo, había una mujer sentada.

No la había visto nunca. No tenía su cara en ninguna foto, porque la casa no tenía fotos con cara, porque el único retrato de ella que existía en mi vida estaba hecho de caligrafía y de ausencias: una barra de vestidor a medio vaciar, una luz de cocina a las tres, un cubo azul de rosas.

Y sin embargo la reconocí antes de reconocerla, como se reconoce una voz al otro lado de una puerta: por la postura.

Estaba sentada muy erguida, con las manos juntas sobre el bolso y la cabeza quieta, y había en esa quietud algo ensayado y algo agotado a la vez, las dos cosas que Jokin me había descrito en un bar de la plaza del Mercado: sonreía como quien ha ensayado sonreír delante de un espejo, había dicho.

No sonreía ahora. Ahora no había público.

Me senté a su lado, dejando el espacio exacto que se deja entre dos desconocidas, y miramos el río las dos un momento, en el silencio de quienes ya se han dicho lo esencial por escrito.

—Vera —dijo ella al fin. Tenía la voz más baja de lo que esperaba, y más cansada, y le costó decir mi nombre como cuesta decir el de alguien a quien se conoce demasiado por un lado solo—. Gracias por venir andando.

—Usted sabe por qué —dije.

—Lo sé.

Sacó del bolso una estilográfica —azul, de las de siempre, de las que pesan— y me la ofreció con la libreta que yo misma llevaba abierta en las rodillas, en una página en blanco.

—Escríbame algo —dije—. Lo que quiera. Con su nombre.

Lo entendió al instante, y vi que lo agradecía: que la primera prueba fuera una prueba de oficio, mi oficio, la única moneda con la que yo sabía pagar confianza.

Escribió despacio, con la presión modulada de la escuela antigua: «Marta Etchegaray.

Hoy es lunes.» Mi ojo hizo la comprobación solo, rasgo a rasgo, como hacía un mes en la mesa del despacho: la ge de «Etchegaray» cerrando su ojo con el gancho pequeño, el nudo; la eme alta de «Marta» con el primer palo reforzado; la inclinación constante, sin fatiga.

La mano de la tarjeta de bienvenida. La mano del cuaderno.

La mano de los sobres de madrugada. La mano que firmaba las pólizas del archivador del banco.

Todo lo que yo había deducido con lupa y con miedo se confirmaba a cuatro grados de temperatura, con niebla, en un banco de piedra.

—Sí —dije, y le devolví la libreta—. Es usted.

—Soy yo —dijo—. Y te debo una conversación entera.

Pídeme lo que quieras. Pero déjame empezar por donde duele, porque si no empiezo por ahí no salgo: te vigilé tres semanas, Vera.

Te seguí, te fotografié, escribí tu vida en un cuaderno y te lo dejé escondido para que lo encontraras.

Todo eso lo hice yo. No hay nadie más. Y te pido perdón por ello de verdad, y no lo retiro.

Las dos cosas a la vez. Llevo dos meses practicando decir las dos cosas a la vez, y todavía se me atraviesan.

El río hacía su ruido gris. Un corredor pasó por el puente como un fantasma con auriculares y la niebla se lo tragó.

—¿Por qué yo? —pregunté—. Y no me diga «la mujer del arquitecto». Eso ya me llegó. Quiero la razón entera.

—La razón entera tiene tres pisos —dijo—.

El primero: tu marido dibujó mi casa. Yo sabía que la casa tenía una parte que no salía, porque viví la obra entera y porque él —mi marido— vigilaba una pared de mi propio vestidor como se vigila una cuenta corriente.

Yo no podía buscar qué había detrás: nunca estaba sola el tiempo suficiente, y cuando lo estuve, ya no estaba sola nunca sin que él lo supiera.

Necesitaba a alguien dentro de la casa con una razón para encontrar lo que yo no podía tocar.

¿Quién encuentra antes un hueco dejado por un arquitecto que la mujer del arquitecto?

Eso pensé. Era una apuesta. Lo era todo.

—¿El segundo piso?

—Que no te cruzabas con él en ninguna parte —dijo—.

Lo comprobé antes de elegirte: tu nombre no estaba en su teléfono, en sus cenas, en su trabajo, en su club, en nada.

Él tiene un mapa de Torregil hecho de gente que le debe cosas o que le teme, y tú no estabas en ese mapa.

Eras de las pocas personas de esta ciudad que podían mirar mi casa sin que él lo oliera.

—¿Y el tercero?

Ahí se quedó quieta un momento, y cuando habló lo hizo mirando el río, y era la respuesta que más le costaba, y lo supe porque la dijo sin adornos:

—Que te estudié. Tres semanas. Y lo que vi fue una mujer que ordena los lápices de mayor a menor, que escanea sus papeles, que vuelve sobre sus pasos, que no habla con nadie más allá de lo necesario, que duerme con la luz del baño y la rendija.

Una mujer minuciosa y sola, Vera. Minuciosa: que encontraría las cosas y las documentaría.

Sola: que no llamaría a la policía a la primera, porque no tenía a nadie que se lo aconsejara.

—Giró la cara hacia mí—. Te elegí porque estabas sola.

Perdóname por haberlo visto. Es lo peor que te he hecho, peor que las fotos: haber mirado tu soledad como quien mira una herramienta.

No me temblaron las manos. Lo registré como siempre, como una errata del cuerpo, y me oí contestar con la voz de trabajo:

—Funcionó —dije—. No llamé a la policía. Estoy aquí. Su candidata sirvió.

—Todavía no has servido —dijo—. Eso es lo que tengo que contarte ahora, y lo que menos me va a gustar que oigas.

Contó. Lo escribo con su orden, que era el orden de quien ha ordenado ocho años de dolor en capítulos para poder contarlos sin romperse.

La casa era suya. De su familia: el terreno lo heredó de su madre antes de casarse, y la casa se levantó con ese dinero y con ese origen, y en la escritura figura ella, y eso, dijo, había sido la primera errata de su matrimonio: que algo fuera solo suyo.

Gonzalo no lo perdonó nunca. No con gritos: con administración.

Poco a poco, año a año, fue poniéndose delante de todo: de las cuentas, del seguro, de la caldera, del correo.

«Tú no te preocupes.» «Eso ya lo llevo yo.

» «Es que tú te agobias, Marta.» Y ella fue cediendo, porque ceder se convierte en costumbre y la costumbre en duda, y un buen día una mujer descubre que no sabe ni en qué banco está su propia casa.

—Y luego empezó lo otro —dijo—. Lo de la memoria.

Yo recordaba una conversación y él recordaba otra, y la suya siempre tenía más datos: la fecha, la hora, quién dijo qué.

Yo dejaba las llaves en la mesa y las llaves aparecían en el cajón, y él me decía: tú las dejaste aquí, como siempre.

Durante años me creí rota, Vera. Rota de memoria, rota de cabeza.

Apunté las cosas en una libreta, en dos mil diecinueve, para comprobar, y comprobé que no me equivocaba tanto.

Que me equivocaba como todo el mundo. Cuando él encontró la libreta, no la rompió.

La fotografió. Y me dijo la frase con la que me ha gobernado ocho años: «Todo está escrito, Marta. »

—Todo está escrito —repetí.