La casa en la colina Capítulo 60
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Capítulo 60

Sophie

A Sophie le dio un vuelco el corazón de la emoción cuando miró por la ventana.

Un bote se acercaba al embarcadero; el único ocupante remaba con firmeza mientras alzaba la vista hacia la casa en la colina.

Sophie dejó a Cynthia, de cinco meses, en su cuna, bajó corriendo las escaleras, salió de la casa y saltó los escalones de madera que conducían al agua.

Se arrojó a los brazos de Teddy en cuanto él salió del bote y lo abrazó como si pudiera desvanecerse.

No lo había visto en casi ocho meses y había empezado a pensar que nunca se arriesgaría a volver.

Por fin, Sophie se apartó y lo examinó. Teddy lucía el bronceado dorado del Caribe, pero se le notaba una cautela difícil de ocultar. Los ojos de él escrutaron el rostro de Sophie, y su preocupación se disipó cuando ella le sonrió abiertamente y lo tomó de la mano.

—Entra —dijo—. Debes de estar helado hasta los huesos, con lo tarde que es para andar en el agua en noviembre.

Teddy la atrajo hacia sí y la besó con intensidad.

—Te eché de menos, Poppet.

—No tanto como yo a ti —respondió ella—. Ay, Teddy, tienes que ver a Cynthia. Está enorme ya. Es tu vivo retrato.

Solo cuando Sophie vio el alivio en los ojos de Teddy comprendió el miedo que había vislumbrado en su mirada. Él no había podido saber si la niña había sobrevivido al ataque de George, y le había dado demasiado miedo preguntar directamente.

—Está bien, Teddy. Es preciosa —dijo Sophie con efusividad—. Nació a tiempo —añadió para tranquilizarlo—. Está deseando conocer a su padre.

Teddy siguió a Sophie al interior de la casa. Parecía querer abarcarlo todo con la mirada, desde el nuevo sofá en el salón hasta el reloj en la repisa de la chimenea.

—Caleb lo trajo de Boston —dijo Sophie, que había seguido la mirada de Teddy—. Lo compró con su salario.

—¿Dónde está Caleb? —preguntó Teddy.

—Fue al pueblo. Él y Bethany viven aquí conmigo, pero van a visitar a la familia de ella al menos dos veces por semana. Bethany está embarazada de su primer hijo. Sale de cuentas en febrero.

Teddy no respondió. Contempló a Sophie con los ojos empañados de lágrimas.

—Odio estar lejos de ti, Soph —dijo con voz ronca—. Os echo mucho de menos a ti y a J.T. ¿Cómo está?

—Está bien —dijo Sophie con orgullo—. Se va a poner contentísimo de verte.

—No sé si podré soportar irme de nuevo —dijo Teddy con tristeza.

—¿Cuánto tiempo puedes quedarte?

—Mientras nadie sepa que estoy aquí. ¿Podemos fiarnos de Bethany?

—Sí —le aseguró Sophie—. Ven a conocer a Cynthia.

Teddy la siguió escaleras arriba hasta el dormitorio, donde Cynthia estaba tumbada en su cuna con los ojos bien abiertos.

Teddy se quitó el sombrero y se desabrochó el abrigo antes de coger a la bebé en brazos.

No lloró. Rara vez lloraba. En cambio, lo estudió con toda la seriedad de la que es capaz un bebé, como si fuera una adulta.

Teddy le acunó la cabecita y la besó con suavidad.

—Es maravillosa —dijo.

—¡Papá! —gritó J.T., que entró corriendo en la habitación—. ¿Dónde has estado? Te eché de menos.

—Estoy aquí ahora —dijo Teddy, evitando la pregunta. Le pasó a Cynthia a Sophie, cogió a su hijo y lo lanzó al aire—. ¡Cómo has crecido! No me lo puedo creer. Apenas te reconozco.

—Voy a cumplir tres años —anunció J.T.—. ¿Te quedarás hasta mi cumpleaños?

—Lo intentaré —respondió Teddy al tiempo que dejaba al niño en el suelo.

—¿Me has traído algo? —preguntó J.T.

—J.T., no es de buena educación pedir regalos a la gente —lo reprendió Sophie.

—Él no es gente, es mi padre —respondió J.T. con altivez.

—Pues resulta que sí te he traído algo —dijo Teddy. Metió la mano en el bolsillo y sacó un catalejo retráctil—. Deja que te enseñe cómo funciona. Puedes usarlo para mirar pájaros y estrellas.

—Puedo usarlo para vigilar tu barco —dijo J.T. Su comentario inocente casi le partió el corazón a Sophie. ¿Iba a ser esta su vida de ahora en adelante, ver a Teddy una vez al año, con suerte?

—Debes de tener hambre —dijo en cambio, haciendo un esfuerzo por aparentar normalidad.

—Mucha —respondió Teddy. Ayudó a J.T. a ponerse el abrigo y lo llevó afuera para probar el catalejo.

Sophie se acomodó a Cynthia en la cadera y fue a la cocina a prepararle algo de comer a Teddy.

Si hubiera sabido que venía, habría preparado algo especial, pero no se molestaba en cocinar los días que Caleb y Bethany iban al pueblo, ya que siempre volvían con paquetes de comida que les mandaba la madre de Bethany.

Normalmente había un pastel de carne y algún dulce para después de cenar.

Sophie cortó pan y jamón y empujó la tetera que colgaba del gancho hacia las llamas para hervir agua para el té.

Se le nubló la vista mientras observaba a Teddy y J.T.

en el patio trasero, que se turnaban el catalejo y miraban hacia el mar.

J.T. necesitaba a su padre, y Sophie necesitaba a su hombre a su lado, pero no era tonta; sabía que no era seguro que Teddy se quedara.

Los rumores se habían disparado después de que él se marchara; la gente había hablado largo y tendido del ataque a Sophie, ya que nadie entendía el motivo.

La única bendición era que George no había dado su nombre real en la posada, lo que dificultaba establecer la conexión entre ellos.

Lionel Holland seguía buscando a su hijo; Caleb se lo había contado cuando volvió de Boston, adonde había ido a visitar a su hermana.

Tarde o temprano alguien recordaría haber visto a los dos hombres en el camino o haberse cruzado con ellos en una posada, y esa información podría llevar a las autoridades directamente a Eastham.

Sophie no sentía culpa por la muerte de George, ni le remordía la conciencia por el mayor Boothe, pero aquellas muertes serían siempre una mancha en su relación con Teddy; lo que sucedió aquel día era un recuerdo doloroso del que ninguno de los dos quería hablar.

Sophie sonrió de oreja a oreja cuando Teddy y J.T. volvieron a entrar en la casa, con las mejillas enrojecidas por el frío. J.T. apretaba el catalejo contra el pecho, encantado con su regalo.

—¿Puedo comer un poco? —preguntó, mirando la comida que había en la mesa.

—Ya has cenado —respondió Sophie.

—Pero quiero comer con papá.

—Está bien. Ven, siéntate.

J.T. esperó a ver qué silla elegía Teddy y luego se sentó a su lado, desesperado por estar cerca de su padre. Miró a Teddy con los ojos brillándole de amor. Teddy cogió un trozo de pan, le puso una loncha de jamón encima y se lo dio a J.T., que sonrió. Luego Teddy se sirvió.

—Ven, siéntate con nosotros —le dijo a Sophie.

Sophie dudaba que pudiera pasar bocado con el nudo que tenía en la garganta, pero se sirvió una taza de té y se sentó con sus chicos, feliz de que estuvieran juntos, aunque solo fuera por poco tiempo.

Más tarde, cuando yacían juntos en la cama después de haberse puesto al día a conciencia, Sophie por fin sacó el tema que le rondaba la cabeza desde la llegada de Teddy.

—Quiero que nos casemos, Teddy —dijo—. Quiero ser tu esposa.

Teddy se giró de lado y apoyó la cabeza en la mano para mirarla.

—Soy un hombre buscado, Poppet. Mis actividades recientes no han pasado desapercibidas para las autoridades. En cuanto ponga un pie en el pueblo, me entregarán al magistrado más cercano.

—Entonces podemos casarnos aquí mismo, en casa.

—¿Quién nos casaría? ¿Esperas que el ministro suba la colina a celebrar la ceremonia? Antes me fulminaría que casarme. Soy un asesino, Sophie, y un pirata. Ahora tengo mi propio barco y mi propia tripulación. Las autoridades me conocen bien.

—¿Dónde está tu barco? —preguntó Sophie.

—Anclado frente a Nantucket. En cuanto vuelva, zarparemos hacia Jamaica.

—Entonces cásanos tú —dijo Sophie, sorprendiéndose a sí misma tanto como a él—. Eres capitán, ¿no? Un capitán puede oficiar una boda.

—No creo que un capitán pueda casarse a sí mismo.

—En caso de emergencia, sí.

—¿Esto es una emergencia? —preguntó Teddy con una risa suave.

Como Sophie no respondió, se inclinó y la besó.

—He querido casarme contigo desde que eras una jovencita. Tienes razón, ya es hora de que nos casemos, pero la ceremonia tendrá que ser algo poco ortodoxa.

—No me importa.

Teddy le cogió la mano y sonrió.

—Yo, Theodore, te tomo a ti, Sophie, como esposa, para tenerte y amarte desde este día en adelante, en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, para amarte y cuidarte hasta que la muerte nos separe, según la santa ordenanza de Dios, y así me entrego a ti.

Sophie se quedó boquiabierta, sorprendida de que hubiera recordado las palabras del servicio matrimonial con tanta precisión, pero su asombro no duró mucho. Le cogió la mano e hizo su propio voto.

—Yo, Sophie, te tomo a ti, Theodore, como esposo, para tenerte y amarte desde este día en adelante, en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, para amarte y cuidarte hasta que la muerte nos separe, según la santa ordenanza de Dios, y así me entrego a ti.

—Ahora nos declaro marido y mujer —dijo Teddy.

Se inclinó y la besó con ternura.

—Te quiero, Sophie.

—Ya lo noto —dijo Sophie con una risita al sentir el amor de Teddy contra su muslo—. Al menos no tenemos que esperar a la noche de bodas.

—Cada noche será nuestra noche de bodas —dijo Teddy mientras se colocaba sobre ella—. Hasta que tenga que marcharme otra vez.

Sophie ignoró esa última parte. Había aprendido que la felicidad llegaba en momentos que había que aprovechar y atesorar. Ya habría tiempo de sobra para preocuparse y lamentarse, pero esa noche era una novia y pensaba disfrutar de su noche de bodas.