Capítulo 58
Sophie
Sophie se echó una cesta de ropa a la cadera y salió por la puerta trasera.
Era un día fresco y ventoso de finales de marzo, perfecto para secar la ropa.
Necesitaba la ayuda de Caleb para lavar las prendas más voluminosas, como la ropa de cama, pero las camisas, las medias y sus enaguas las lavaba una vez a la semana; prefería no esperar a que Caleb le trajera cubos de agua caliente y vaciara la tina al terminar.
Lo habría hecho ella misma con gusto, pero no se atrevía a levantar nada pesado por miedo a perder la criatura.
Estaba de unos seis meses, con el vientre ya muy abultado bajo el delantal.
Este niño era más tranquilo de lo que había sido J.T.
: solo daba patadas sin mucho entusiasmo cuando Sophie se acostaba.
Durante el día permanecía quieto, probablemente dormido en su mundo oscuro y silencioso.
Cuando terminara de tender la ropa y vaciar la tina, se tomaría una taza de té, decidió Sophie.
Estaba cansada y hambrienta, y aún faltaban horas para la cena.
Teddy había ido al pueblo a ver un caballo nuevo, y Caleb lo había acompañado, ansioso por ver a su amada.
Tenían «un entendimiento», según Caleb, lo que venía a significar que hablaría con el padre de ella cuando pudiera mantener a una esposa.
Caleb llevaba tiempo ahorrando con esmero, así que el gran día no podía estar muy lejos.
El té cargado la reanimó un poco, y mordisqueó un trozo de pan con mantequilla y miel.
Con J.T. se le había antojado la carne, pero con este le apetecía constantemente algo dulce.
Una vez satisfecho el antojo, Sophie remendó varios pares de medias antes de ir a ver cómo iba la ropa.
Con este tipo de clima, se secaba rápidamente.
Dejó la cesta en el suelo y comenzó a quitar las medias del tendedero.
Las faldas le azotaban las piernas y el chal apenas la protegía del viento cortante. La primavera llegaba tarde a Cape Cod.
Sophie sonrió al ver un par de botas asomar por debajo de la camisa aún húmeda de Teddy.
—Has vuelto temprano —dijo—. ¿El caballo no era de tu agrado?
Cuando Teddy no respondió de inmediato, ella apartó la camisa y se encontró cara a cara con George Holland.
Sophie dejó escapar un grito ahogado y se llevó la mano al pecho, aterrorizada.
Dio un paso atrás, solo para descubrir que George no estaba solo.
Un hombre mayor, delgado como un galgo y de una estatura fuera de lo común, había rodeado la casa y ahora se encontraba justo detrás de ella.
Tenía los ojos azul claro entrecerrados y los labios curvados en una sonrisa de satisfacción.
—Supongo que es ella, señor Holland —dijo el hombre, acercándose aún más.
—Así es, mayor —respondió George, con la mirada fija en el rostro de Sophie—. Tienes buen aspecto, esposa.
Su mirada recorrió el cuerpo de Sophie, y una furia oscura le brilló en los ojos cuando se posó en el vientre redondeado.
—¿Q-qué quieres, George? —tartamudeó Sophie. El corazón le latía con fuerza y la vejiga amenazaba con soltársele.
—¿Qué quiero? —repitió George, claramente sorprendido por la pregunta—.
Quiero retorcerte el escuálido cuello y arrojarte a la bahía, pero me conformaré con sacarte a golpes a ese bastardo —dijo con saña—.
Luego, te llevaré de vuelta a Boston, donde me desharé de ti legalmente de una vez por todas.
Y cuando tu cuerpo destrozado aparezca en alguna cuneta poco después del divorcio, me regocijaré y tomaré una nueva esposa, una que sea obediente y agradecida —siseó.
A Sophie casi le fallaron las piernas cuando George dio un paso hacia ella.
No era una amenaza vacía lanzada en un arrebato de ira.
George hablaba en serio. La castigaría por la humillación que le había causado, y luego la haría matar una vez que fuera legalmente libre para casarse de nuevo.
Si la mataba mientras aún estuvieran casados, las sospechas recaerían sobre él, pero si ella moría una vez divorciados oficialmente, nadie pensaría que tenía motivos para cometer un asesinato y poner en peligro su futuro.
La mirada de Sophie voló hacia la casa, pero todo estaba en silencio.
J.T. dormía arriba. Había estado indispuesto y se había quedado en cama.
Por favor, no te despiertes, mi amor , suplicó Sophie en silencio. No hagas ningún ruido .
—Si crees que tu amante va a salvarte, estás muy equivocada. Lo vimos en el pueblo. Tardarán horas en volver, y para entonces tú ya estarás muy lejos.
—George, por favor, no hace falta recurrir a la violencia —dijo Sophie. Su voz temblorosa parecía producirle a George una enorme satisfacción. Su sonrisa era absolutamente reptiliana.
—¿No la hay? Me convertiste en el hazmerreír de la colonia.
No hay una sola persona que entre en la tienda que no sepa que mi esposa huyó de mí, probablemente con su amante, lo cual resulta ser cierto.
Me has negado la oportunidad de seguir adelante con mi vida y has tenido la osadía de declarar que has tenido un hijo mío, con lo que reclamas de forma indiscutible mi patrimonio. Sin duda idea de tu amante.
—¿C-cómo supiste...?
—¿Cómo lo supe? El señor Barron resulta ser amigo de mi padre, así que cuando recibió tu carta, hizo lo que cualquier caballero haría y advirtió a su amigo de la conspiración contra su familia. Los Holland somos muchas cosas, Sophie, pero tontos no es una de ellas.
No, sois mucho peor que tontos , pensó Sophie con desafío. Sois monstruos .
—¿Cómo me encontraste? —preguntó en un intento inútil de posponer lo inevitable. Había pasado más de un año desde que huyó, y su carta no mencionaba dónde ella y Teddy habían planeado establecerse. ¿Qué había llevado a George a Eastham?
—El mayor aquí presente es un hombre de muchos talentos —respondió George en tono distendido—.
Estuvo rondando los muelles con la esperanza de pescar algún chisme que lo condujera hasta ti, y efectivamente, conoció a un hombre llamado Roy Smith.
¿Te suena? —preguntó, sonriendo con malicia—.
Así es. Parece que el señor Smith se había encontrado con un viejo conocido suyo, un tal Ted Mercer, que había estado prometido con una mujer llamada Sophie Brewster antes de su tan inoportuna desaparición.
El señor Smith esperaba reclamar la recompensa, pero padre dijo que no vería ni un centavo de ese dinero hasta que fueras aprehendida.
—¿Qué le pasó a Roy Smith? —preguntó el mayor, acercándose más—.
El hombre parece haber desaparecido sin dejar rastro, consecuencia, al parecer, de haberse mezclado con tu amante.
Nadie lo ha visto desde que dejaron Boston juntos hace seis meses.
Apuesto a que está muerto —dijo el mayor, inclinando la cabeza hacia un lado—.
Otro crimen más que añadir a la creciente lista de tu hombre.
—Creo que te dejaré vivir lo suficiente para verlo en la horca —dijo George con deleite—. ¿No será divertido? Podemos asistir a la ejecución juntos, como marido y mujer. Será nuestra última salida pública antes de tu trágico final.
—George, te lo suplico —comenzó Sophie, pero no pudo terminar la frase.
George le golpeó la cara con fuerza. Se tambaleó hacia atrás y casi cayó; le zumbaban los oídos por la violencia del golpe.
La sangre del labio partido le entró en la boca y le corrió por la barbilla.
Se cubrió la cara, pero George no tenía intención de volver a golpearla ahí.
Le asestó un puñetazo en el estómago que la hizo aullar de miedo y dolor.
Sintió que la criatura se movía en su interior y el vientre se le tensaba.
Sophie se rodeó el vientre con los brazos, desesperada por proteger a su bebé, pero George no había terminado ni mucho menos.
La golpeó una y otra vez, recreándose en sus gritos de dolor.
«¡Teddy!» , gritó en su mente confusa. «Teddy, ayúdame».
George cambió de táctica y le golpeó en la sien.
Estrellas de colores le estallaron ante los ojos mientras caía, como a cámara lenta.
Sophie no sintió el frío al caer sobre el suelo duro, ni oyó lo que George decía.
La boca de él se abría y cerraba, pero ella no oía sus amenazas.
Flotaba, y su conciencia, al desvanecerse, mantenía el dolor a raya.
La criatura en su vientre se había quedado perfectamente quieta, como si percibiera el peligro.
«Quédate conmigo» , suplicó Sophie. «Quédate conmigo» .
Apoyó la frente en el suelo. El frío la sacó del estupor, pero también pareció despertarle los sentidos.
El dolor le ciñó el vientre como un aro de hierro que apretaba con fuerza y la dejaba sin aliento.
George debía de haberle roto las costillas.
—Dele un momento para que se recupere, señor Holland —dijo el mayor con voz grave y áspera—. No disfrutará de la paliza si ella no está despierta para apreciarla —añadió con suficiencia.
—No creo que debamos demorarnos —dijo George; su sed de sangre empezaba a aplacarse—. Puedo seguir con ella más tarde. Ahora mismo tenemos que irnos. Mercer es lo bastante temerario como para seguirnos e intentar recuperarla.
—Es un solo hombre —respondió el mayor, encogiéndose de hombros con indiferencia.
—Lleva a ese cachorro con él.
—Esos dos no son rival para nosotros. Mercer ni siquiera va armado. Me encantaría volarle la cabeza, pero le cederé ese placer a usted.
—Quédese con el chico —respondió George—.
Mercer es mío. Me gustaría que ella lo viera morir, impotente, sabiendo que él no estará ahí para salvarla, no esta vez.
Quizá debería seguir casado con ella un poco más —reflexionó George—.
Disfrutar de mis derechos conyugales. La primera vez me quedé sin ese placer.
A ella no le gustaron mis métodos. —Se rio y pateó a Sophie con la punta de la bota—. ¿Estás ahí, querida? Hora de despertar.