La casa dice que somos diez CAPÍTULO 9 #3
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CAPÍTULO 9 #3

—Vuelve a la pasarela —dijo Sofía—. Voy a retraer los paneles.

Comencé a retroceder bajo la pérgola.

Desde la clínica llegó una alarma continua.

El canal se llenó de voces.

—No tengo pulso —dijo Inés.

Elena llamó a Tomás.

Después volvió a hacerlo, más fuerte.

Me detuve sobre la viga.

—¿Qué ocurre?

—Nora, sigue moviéndote —ordenó Julián.

—¿Qué ocurre?

La voz de Inés llegó entre el sonido del carro de reanimación.

—Parada. Inicio compresiones.

Elena contó en voz alta.

Uno, dos, tres, cuatro.

La voz se le quebró en el siete. Volvió a empezar.

—Tengo que volver —dije.

—El helicóptero está a seis minutos —respondió Sofía—. Necesitamos abrir ahora.

—Inés está con él —dijo Julián.

—Es mi hermano.

—Y sigue necesitando que abras el techo.

Las compresiones de Elena llegaban por el canal de comunicación. Cada número coincidía con una presión sobre el pecho de Tomás.

Avancé.

El viento golpeó los paneles cuando Sofía liberó los otros cierres. La estructura entera vibró.

—Prepárense —anunció la casa—. Apertura del sector verde. Contaminación exterior por encima del nivel doméstico recomendado.

—Nivel doméstico —murmuró Julián—. Eso suena mejor.

Los paneles comenzaron a moverse.

El primero se deslizó sobre la guía norte. El segundo lo siguió. Entre ambos apareció una franja de cielo nocturno.

El aire exterior cayó sobre el jardín.

Las ramas del fresno se agitaron. Las hojas secas se elevaron del suelo y golpearon las paredes. Una niebla tenue entró por la abertura y fue absorbida de inmediato por los extractores.

El cielo tenía un color naranja sucio hacia San Gregorio. La columna principal de humo se había desplazado, pero las luces de los vehículos de emergencia seguían parpadeando en la distancia.

Después de horas respirando el aire medido de Casa Cero, el viento parecía una presencia desordenada.

La casa intentó calcularlo.

—Atmósfera del sector verde fuera de parámetros. Aislamiento interior reforzado.

El tercer panel se recogió.

El cuarto se detuvo a mitad del recorrido.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Sobrecarga en el motor oeste —dijo Sofía—. El cierre está libre, pero la guía ofrece resistencia.

La abertura era demasiado estrecha para el torno del helicóptero.

—¿Puedes forzarlo?

—Puedo aumentar potencia durante veinte segundos. Si el motor falla, el panel se queda ahí.

—Hazlo.

—Espera —dijo mi padre—. Hay una liberación de contrapeso junto a Nora.

Busqué dentro de la caja.

—Sólo veo la palanca.

—Detrás. Un cable amarillo.

—Hay tres.

—El central.

Julián descendió hasta la viga.

—Yo lo hago.

Se arrastró bajo la pérgola y abrió la segunda sección de la caja. Encontró los cables.

—Los tres son amarillos.

Mi padre guardó silencio.

—Adrián —dijo Sofía.

—El que tiene una marca negra.

Julián localizó el cable.

—Lo corto?

—Tira de él. No lo cortes.

Julián tiró.

El contrapeso se liberó con un golpe que recorrió toda la cubierta. El panel oeste avanzó de repente.

La viga sobre la que estábamos se sacudió.

Mi pie resbaló.

La línea de seguridad se tensó antes de que cayera. Mi hombro golpeó la pérgola y quedé suspendida sobre el jardín, con una mano agarrada al borde metálico.

Julián se lanzó hacia la línea.

—No te muevas.

—No estaba previsto.

—Nora.

—Estoy quieta.

El panel continuaba desplazándose sobre nosotros.

Julián enrolló la línea alrededor de su antebrazo y me acercó a la viga. Encontré apoyo con la punta del zapato y conseguí levantarme.

El visor mostraba una advertencia.

IMPACTO EXTERNO. PRESIÓN ESTABLE.

—El traje está bien —dije.

—Vuelve a la pasarela.

El techo terminó de abrirse.

Sobre nosotros no quedó nada entre el jardín y el cielo.

Un punto de luz se aproximaba desde el sur.

El helicóptero.

—Zona de extracción disponible —anunció Sofía.

En la clínica, Elena seguía contando compresiones.

Inés administró adrenalina.

El monitor de Tomás no mostraba pulso.

Regresamos a la cámara verde. El proceso de descontaminación duraría cuatro minutos.

—No tenemos cuatro minutos —dije.

—El aire exterior sigue contaminado —respondió Sofía—. Si abro antes, llevas el humo a la clínica.

Golpeé la puerta.

—Ábrela.

—Nora.

—Ábrela.

Inés intervino desde el otro lado.

—Termina la descontaminación.

—Tomás está solo.

—No está solo.

—Inés—

—Si entras contaminada, tendré dos emergencias. Quédate ahí.

El helicóptero pasó sobre la casa.

El ruido hizo temblar los paneles del jardín. Un foco blanco descendió por la abertura y recorrió el fresno, las losas y las paredes verdes.

—Casa Cero, aquí unidad aeromédica —dijo una voz nueva por el canal—. Confirmamos zona visual. Iniciamos estacionario.

Sofía respondió desde el Núcleo.

—Zona abierta. Acceso interior por cámara norte. Dos pacientes preparados.

—Recibido. Descenderán dos sanitarios con medicación.

Elena dejó de contar.

Inés comprobó el ritmo.

—Continúa —ordenó.

Elena volvió a presionar el pecho de su hermano.

La casa anunció:

—Descontaminación completada.

Arranqué el casco antes de que la puerta terminara de abrirse.

El Atrio Azul estaba lleno de alarmas. Nico permanecía sentado en el suelo, demasiado débil para levantarse. Alma lo sujetaba por los hombros. Gabriel se había incorporado y observaba la clínica con la bolsa vacía del tratamiento colgada a su lado.

Entré en el cubículo.

Elena seguía haciendo compresiones. Tenía sangre de Tomás en las manos y pequeñas manchas rojas bajo la piel de los antebrazos.

—Te relevo —dijo Julián.

Ella no respondió.

—Elena.

Julián ocupó su lugar. Elena se apartó sólo cuando los brazos dejaron de sostenerla.

Inés administró otra dosis y comprobó el ritmo.

Nada.

—Llevamos seis minutos —dijo.

—El equipo está bajando —respondió Sofía.

Dos figuras descendieron por el hueco del jardín sujetas al cable del helicóptero. Sus trajes grises brillaban bajo el foco. Cada una llevaba una mochila médica.

—Un ciclo más —dijo Inés.

Julián continuó las compresiones.

Me situé al lado de la cama y tomé la mano de Tomás. Ya no devolvía presión.

El monitor no mostraba más que la actividad producida por los golpes contra su pecho.

Los sanitarios cruzaron la cámara verde. Uno llevaba los viales del inhibidor y hemoderivados. El otro entró directamente en la clínica.

—Varón, cuarenta y seis años —informó Inés—. Trombocitopenia grave, probable microangiopatía asociada a vector, hemorragia intracraneal, parada sin pulso hace siete minutos. Dos unidades de plaquetas, inhibidor C5, tres dosis de adrenalina.

El sanitario conectó un ecógrafo portátil.

Julián se apartó sólo el tiempo necesario para colocar el transductor. En la pantalla apareció el corazón de Tomás.

No se movía.

—Actividad cardiaca ausente —dijo el sanitario.

—Continuamos —respondió Inés.

—¿Tiempo total?

—Ocho minutos.

—Podemos trasladar con compresor.

—No hasta recuperar circulación. El torno no admite maniobras durante el ascenso.

Julián retomó las compresiones.

El segundo sanitario abrió la mochila en el atrio. Entregó seis viales a Elena y tres a Gabriel.

—Dos dosis completas. Nos informaron de otros dos pacientes.

Inés no apartó los ojos de Tomás.

—Adrián y Elena. Administración inmediata, antibiótico profiláctico y monitorización.

Elena no se movió.

—Ahora —repitió Inés.

—No voy a dejarlo.

—No puedes ayudarle aquí.

—Puedo hacer compresiones.

—Tienes cincuenta y cuatro mil plaquetas y ya has hecho suficientes para lesionarte. Recibe el tratamiento.

Elena miró a su hermano.

—Un ciclo más.

Inés consultó el monitor.

—Un ciclo.

Julián continuó.

El helicóptero mantenía el estacionario sobre el jardín. El viento de las hélices arrancaba hojas del fresno y las hacía ascender en espiral hacia la abertura.

Nico trató de ponerse en pie.

Sus piernas no respondieron.

Alma y Gabriel lo ayudaron a sentarse en una silla de evacuación. Nico tenía los labios pálidos y una fina línea de sangre bajo la nariz.

—Tomás sale primero —dijo.

Nadie le contestó.

—Sale primero.

Alma se arrodilló delante de él.

—Están trabajando.

—Dijeron dos pacientes.

—Sí.

—Él y Gabriel.

—Tú estás peor que Gabriel.

—No me importa.

—A Inés sí.

Nico miró hacia la clínica.

El sanitario volvió a utilizar el ecógrafo.

El corazón de Tomás seguía inmóvil.

Inés comprobó sus pupilas y retiró la sábana para buscar alguna respuesta motora. Después dejó las manos apoyadas en el borde de la cama.

—Tiempo —dijo.

Julián no se detuvo.

—Julián.

Él continuó dos compresiones más.

—Basta.

Julián retiró las manos.

La habitación quedó ocupada por el ventilador. El aire entraba y salía de Tomás como si la ausencia de pulso fuese un dato menor que la máquina aún no había recibido.

El sanitario miró a Inés.

—¿Hora?

Ella observó el reloj.

—02:38.

Elena soltó un sonido breve.

No era un grito. El cuerpo se le dobló antes de que pudiera producir nada más. Se sentó en el suelo junto a la cama y apoyó la frente contra el brazo de Tomás.

Mi padre seguía en la puerta.

No entró.

Inés apagó el monitor. Después desconectó el ventilador.

El pecho de mi hermano descendió una última vez.

La casa tardó tres segundos en actualizar el recuento.

—Nueve patrones respiratorios detectados —anunció.

Nico cerró los ojos.

Alma golpeó dos veces la estructura de su silla.

Esperó.

Volvió a golpear dos veces.

Nico levantó una mano y repitió la señal.

Inés cubrió a Tomás hasta el pecho. No le tapó el rostro. Se quitó los guantes, los dejó sobre la mesa y salió del cubículo.

Parecía no vernos.

—Nico y Gabriel salen en la primera extracción —dijo—. Adrián y Elena reciben el tratamiento aquí. Alma necesita revisar la herida. Julián prepara la silla de Gabriel.

Nadie discutió.

La muerte de Tomás había terminado con nuestra costumbre de fingir que aún había decisiones capaces de devolvernos al principio.

Elena continuaba en el suelo.

Me arrodillé a su lado.

Tenía las manos ensangrentadas por las compresiones. En la muñeca llevaba la pulsera ejecutiva.

—El archivo —dije.

Elena no levantó la cabeza.

—Dijiste que firmarías.

Mi padre entró entonces.

—No ahora.

—Ahora —respondió Alma desde el atrio—. El canal sigue abierto porque el helicóptero está conectado. Cuando se marche, el centro de continuidad puede cerrarlo.