Capítulo 57
Ocho semanas después
Según George Maddox, él también había sido una víctima y, aunque lo habían obligado a participar en el ataque y posterior asesinato de Camille Hamilton, consideraba que había quedado libre de toda culpa al intentar rescatar a Lana y Ollie.
Los médicos le dijeron que había tenido suerte de sobrevivir, pero él no lo sentía así y, después de pasar un par de semanas en el hospital, por fin recibió el alta.
Al principio lo habían presentado como una especie de héroe, alguien que había arriesgado la vida para impedir que Trudy Palmer sumara más víctimas. Pero cuando la policía profundizó en el caso, empezó a hacerle preguntas que dejaron al descubierto las grietas de su historia.
George se aferró a la negación.
El cuerpo de Elise había aparecido en la casa de vacaciones y allí estaban sus huellas dactilares. Además, lo habían visto con ella el día anterior.
Pero no podían demostrar una mierda y, desde luego, no tenían ni idea de sus antecedentes.
Ahora era una buena persona. Bueno, casi. Y tenía una familia que lo necesitaba. Haría lo que fuera para protegerla.
***
Lo que acabó con él fue un detective tenaz.
El inspector Finn Murphy se convirtió en la espina clavada de George, decidido a hacerle caer.
Sabía que la historia de aquel hombre no se sostenía, aunque no había pruebas suficientes para relacionarlo con el asesinato de Elise Gladstone ni para vincularlo con Trudy Palmer.
También había hablado con todos los amigos y familiares de George, pero, aparte de su hermanastro Derek, que se mostraba aún más evasivo que George y se cerraba por completo cuando lo interrogaban, a Finn le estaba costando llegar a la verdad.
Sospechaba que George había sido cómplice del asesinato de Elise Gladstone, y quizá también del de Camille Hamilton, pero cuando llegó el gran descubrimiento, fue mucho más importante de lo que esperaba.
A diferencia de George, Angus Palmer se había mostrado más que dispuesto a ayudar a la policía, como si le interesara más contribuir a ensuciar el nombre de su hija que hacer lo correcto por sus víctimas.
A Finn no le caía bien.
Por suerte, Angus era colaborador y accedía a todas las peticiones de entrevistas y registros, y fue durante una visita posterior a la casa del hombre cuando Finn dio con la clave.
Encontró la bicicleta en el garaje abarrotado.
Estaba al fondo, medio escondida detrás de una vieja mesa de empapelar.
Era una bicicleta de niña, con la carrocería roja y una cesta delante.
Había una manta doblada dentro de la cesta y, debajo, estaba el diario desaparecido de Camille Hamilton, el que Lana Hamilton había dicho que le habían robado, junto con una cinta de casete.
Se tardó un poco en descubrir su contenido.
Finn tuvo que acudir a un especialista en vídeo para convertir la cinta, pero lo que reveló la grabación mereció la espera, aunque no hubiera sido fácil de ver.
En aquellas imágenes temblorosas aparecían los últimos minutos de la vida de Camille Hamilton, mientras intentaba suplicarle a Trudy Palmer.
Finn entendía a los asesinos en serie. El dolor constante que le atenazaba el costado le recordaba la bala que había recibido al intentar detener a uno, y reconoció la mirada muerta de Trudy mientras torturaba a Camille con toda tranquilidad, sin mostrar emoción ni piedad.
Al final, Trudy se volvió hacia su cómplice, el responsable de que la cámara se moviera de forma tan brusca.
—Vamos, George. Te toca.
Había necesitado un poco de persuasión, pero al final habían cambiado de sitio, y Finn reconoció al niño pequeño de las gafas en las fotografías que había visto en el salón de la casa de la madre de George.
Cuando George terminó, se volvió hacia la cámara y levantó el pulgar para Trudy con una sonrisa.
Te pillé.
***
Lana se quedó conmocionada al enterarse de la detención de George Maddox, sobre todo después de que hubiera intentado salvarla a ella y a Ollie, pero también sintió alivio.
No se le habían escapado las palabras de Trudy aquella última noche espantosa en la casa de verano, cuando había hablado de un «nosotros», lo que sugería que había habido otra persona con Camille la noche en que la asesinaron.
No había sido Bree McCarthy, a quien habían investigado y declarado inocente después de encontrar las huellas de Trudy en el coche utilizado para el atropello con fuga. Bree seguía algo molesta con Xav por haber dudado de ella, aunque poco a poco empezaba a perdonarlo. Entonces, ¿quién había sido?
Al conocer por fin la verdad, que las voces que había oído fuera la noche del asesinato de Camille habían sido las de Trudy y George, Lana pudo dejarlo atrás.
Y ahora que George entendía que iba a acabar en prisión, había decidido hablar, proporcionándole así un cierre completo.
Salió a la luz la historia de cómo él y Trudy se habían conocido en el centro de menores tantos años atrás y de cómo ella lo había obligado a ayudarla.
George afirmó que no había matado a Elise y que no había nada que lo relacionara con Kitty. Insistió en que él y Trudy habían seguido caminos separados después de la muerte de Camille.
La revelación sobre Kitty había sido una de las cosas más difíciles de asimilar y dejó conmocionada a toda la comunidad.
Saber que Trudy había matado a su abuela hizo que el tiempo que le quedaba en Mead House resultara aún más doloroso y difícil de soportar.
Al recordar las llamadas que no había contestado, Lana no podía evitar preguntarse si el desenlace habría sido distinto de haber respondido.
El doctor Palmer nunca pudo arrojar luz sobre lo ocurrido.
Apenas unos días después de que descubrieran el vídeo y el segundo diario, sufrió un segundo ictus, esta vez mortal.
Lana no sintió tristeza por su muerte. De acuerdo, él no había matado a nadie, pero había abusado de su posición de poder y traicionado la amistad de su abuela al seducir a Camille.
Además, había guardado el oscuro secreto de Trudy durante todos esos años, en lugar de permitir que la familia cerrara aquella herida.
Intentó no dejarse dominar por la rabia, pero tampoco iba a llorar la muerte de aquel hombre.
Lana se había preguntado por qué Trudy había conservado las pruebas que podían haberla llevado a prisión. Había hecho todo lo posible por recuperar el diario y, sin este y el vídeo, no existían pruebas concluyentes de su culpabilidad.
El inspector Murphy les había dicho que Trudy era una narcisista y que probablemente se consideraba por encima de la ley. Lo más probable era que la cinta y después el diario fueran sus trofeos, aunque también era posible que hubiera conservado la cinta para chantajear a George.
Cuando por fin Mead House quedó vacía y lista para salir al mercado, Ollie se preparó para volver a Londres.
Antes de marcharse, él y Lana fueron a la iglesia de Holt para dejar flores en las tumbas de Camille y Kitty.
Lana abrazó con fuerza a su hermano mientras se despedían, más consciente que nunca de que él era la única familia que le quedaba.
—¿Estás segura de que podrás volver sola a la casa? —preguntó él, apartándose—. Puedo esperar un par de horas hasta que estés lista.
Durante las últimas semanas había sido un hombre distinto, y aquella noche terrible, que podría haber acabado con los dos asesinados, los había unido más.
Ya estaba conmocionado por la traición de Elise, sobre todo al enterarse de que le había sido infiel con George, y su asesinato lo había afectado profundamente.
Lana lo había ayudado a sobrellevarlo lo mejor que había podido y sabía que a Ollie probablemente le costaría volver a confiar tan fácilmente.
—Estaré bien. No tengo mucho que recoger y Xav vendrá enseguida. Puedes irte.
Tenía previsto mudarse temporalmente con Xav.
Llevaba un par de semanas trabajando a distancia y su jefe había accedido a que siguiera haciéndolo.
Eso le daría tiempo para decidir qué haría después, aunque sabía que cualquier plan de futuro incluiría a Xav.
Lo había amado durante casi toda su vida y tenían demasiado tiempo que recuperar.
El retrato que él acababa de terminar, en el que había volcado toda su pasión sobre el lienzo, le decía que él sentía lo mismo.
No pensaba volver a Mead House, a menos que surgiera algún problema, y las llaves ya estaban en manos de la agencia inmobiliaria.
Les habían dicho que los acontecimientos recientes podían dificultar la venta, pero Lana y Ollie habían decidido que bajarían el precio si era necesario.
Había llegado el momento de empezar de nuevo.
Ollie asintió y subió a su coche.
—Asegúrate de llamarme —le dijo Lana mientras él arrancaba el motor, recordándole el pacto que habían hecho de mantenerse en contacto esta vez.
Él le dedicó su característica sonrisa traviesa, aunque Lana no pasó por alto que estaba un poco más tensa de lo habitual, y la saludó llevándose la mano a la frente mientras se alejaba. Sabía que los dos tendrían que aprender a sanar de nuevo.
Ollie siguió presente en sus pensamientos mientras ella regresaba a la casa, bajaba el equipaje y luego daba un último paseo por el lugar donde había crecido.
Era una tarde cálida y el sol estaba bajo en el cielo; sus rayos entraban por los amplios ventanales e iluminaban las habitaciones, ahora vacías.
Fue un momento de paz que se concedió para saborear los recuerdos más felices y tratar de serenarse ante lo que vendría.
Cuando abrió la puerta a Xav un rato después, debió de parecer algo ansiosa, porque él frunció el ceño y entrecerró los ojos mientras le estudiaba el rostro.
—¿Estás bien?
—Sí, lo estaré.
Como él no parecía convencido, Lana alzó los brazos y le rodeó el cuello.
—Estoy bien, de verdad —intentó tranquilizarlo mientras pegaba su cuerpo al de él.
Sospechaba que él lo sabía, pero aun así captó la indirecta: la empujó dentro de la casa y cerró la puerta de una patada. Luego la hizo girar y la acorraló contra ella mientras la besaba profundamente.
Como distracción, funcionó.
Más tarde, después de que Lana cerrara la puerta por última vez y cargaran sus maletas en el coche, él le tomó la mano y se la apretó.
—¿Lista para hacer esto?
Ella asintió con decisión y su sonrisa se relajó al levantar la mirada hacia él.
Había vivido momentos tristes y felices en Mead House, pero había llegado la hora de cerrar la puerta a aquella etapa de su vida.
Los recuerdos de las personas a las que había amado siempre la acompañarían, pero quería empezar a vivir el presente y crear nuevos recuerdos con Xav.
Antes de poder hacerlo, aún le quedaba una cosa por hacer.
Le devolvió el apretón, ignorando el enjambre de mariposas que revoloteaba en su vientre.
—Estoy lista.
***
La reunión la había propuesto Xav.
Lana había procurado mantenerse al margen desde la puesta en libertad de Sebastian, pero Xav sabía que, para que las cosas volvieran a estar bien entre ellos, aquello solo podía ser temporal. Amaba a Lana y también amaba a su madre y a su hermano. De algún modo, aquello tendría que funcionar.
Joanna Landry se había mostrado reacia, dividida por sus sentimientos hacia la muchacha a la que había querido en el pasado y que había desempeñado un papel en la condena injusta de su hijo, pero al final había accedido. Al principio, Sebastian se había negado en redondo.
A Xav le habían sorprendido los cambios en su hermano.
La prisión lo había envejecido y Seb era más reservado de lo que recordaba.
También más reflexivo. Le llevaría tiempo adaptarse a la vida en libertad.
Xav no lo había presionado, consciente de que tendrían que hacerlo cuando su hermano estuviera preparado y en sus propios términos, pero se sintió aliviado cuando eso ocurrió antes de lo esperado.
Habían acordado encontrarse en la playa. Xav tomó a Lana de la mano mientras cruzaban la cresta pedregosa. La marea estaba baja y divisó a su madre y a Sebastian junto a la orilla, observando las olas mientras hablaban.
El cielo había adquirido una tonalidad sombría de azules y morados profundos mientras el sol se preparaba para ponerse, y, junto con el estruendo de las olas al romper contra la costa, eso añadía una tensión indeseada al momento.
Como si hubiera percibido que se acercaban, Sebastian se volvió hacia ellos y sus ojos se encontraron con los de Lana.
Consciente de los nervios que ella transmitía, Xav intentó tranquilizarla.
—Todo irá bien, te lo prometo.
Ella no parecía convencida, pero él vio la determinación en sus ojos cuando Lana alzó la mirada hacia él, y comprendió que aquel momento también era importante para ella.
No iba a ser fácil y quizá encontraran algunos obstáculos en el camino, pero los afrontarían juntos.
Lana apretó la mano de Xav y dio el primer paso hacia la playa.