La casa de verano Capítulo 53
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Capítulo 53

La segunda venganza no tuvo lugar hasta bien entrado el verano.

Trudy no quería que nada se interpusiera en su plan para castigar a Camille Hamilton, así que lo urdió todo con minucioso detalle. Y mientras tramaba su plan, su odio hacia Camille no dejaba de crecer.

¿Cómo se atrevía aquella zorra a pensar que estaba bien tener una aventura con su padre? ¿Qué derecho creía tener para intentar separar a su familia?

Juliet Palmer podía albergar ciertas sospechas sobre la infidelidad de su marido, pero no tenía ni idea de la naturaleza de la relación entre Angus y Camille, de su obsesión por una mujer tantos años menor que él ni de los juegos repugnantes y pervertidos a los que les gustaba jugar.

Si su madre se enteraba, aquello la destrozaría, así que Trudy se guardó para sí lo que había visto.

Era una carga demasiado pesada para llevarla sola, y la rabia y la sensación de injusticia que le provocaba lo que había presenciado se retorcían y se enroscaban en su interior hasta convertirse en lo único en lo que podía pensar.

Había perdido todo el respeto por su padre y empezó a rebelarse. Beber alcohol, acostarse con chicos, fumar. Todas las cosas que sabía que a él le disgustarían.

En cuanto a Camille, lo único en lo que podía pensar era en vengarse, y nada iba a interponerse en su camino.

Por supuesto, no había planeado matar a la chica. La idea era asustarla y humillarla, darle una lección.

George había cumplido su parte, consiguiendo las llaves de su tío y haciendo una copia de la de la casa de verano. Atraerían a Camille hasta allí y, una vez que la hubieran atado a la silla, Trudy se descubriría y se aseguraría de que no volviera a acercarse a Angus.

Trudy había imitado la letra de su padre al escribir la primera nota.

«Espérame en la casa de verano. A medianoche.

Lleva tu vestido rojo. Y no te pongas ropa interior.

G xxx»

La petición del vestido rojo y de que no llevara ropa interior había sido un capricho. Había visto cómo era Camille con Angus y le pareció el tipo de petición que él haría. Además, resultaba apropiado que Camille recibiera su castigo vestida como una zorra.

También había una segunda nota, con instrucciones sobre lo que Camille debía hacer al llegar a la casa de verano. Dejarían aquella en la silla.

Pero la primera nota… ¿Cómo iba a introducirla en Mead House y esconderla detrás del cuadro?

Al final, quien la ayudó fue el mago ficticio Harry Potter, además de una llamada telefónica a Kitty Hamilton para preguntarle si podía pedirle prestados los libros.

Como Trudy sospechaba, la mujer se mostró encantada de ayudarla y la invitó a pasar a recogerlos.

El plan estaba en marcha y por fin llegó el día del ajuste de cuentas.

Angus iba a pescar. Solía hacerlo una vez al mes y Trudy estaba segura de que Camille no lo sabía. No era muy probable que hablaran de sus horarios mientras estaban follando como posesos.

Trudy se colgó la mochila a la espalda y fue en bicicleta hasta Mead House. Aceptó el vaso de limonada que le ofreció Kitty y después se disculpó diciendo que necesitaba usar el baño.

Camille había salido con Sebastian y, a través de la ventana, Trudy podía ver a Lana y Ollie jugando en la piscina con Xavier Landry.

Kitty la había invitado a unirse a ellos, pero había rechazado la invitación.

Para empezar, no llevaba bañador; además, sabía que tenía que dejar la nota en su sitio.

Una parte de ella deseaba estar fuera con Xavier y odiaba saber que Lana lo tenía para ella sola, pero no era momento de entretenerse con aquello.

Le sudaban las palmas de las manos mientras tiraba del marco hacia delante y deslizaba el papel detrás.

Al volver a colocar el cuadro, retrocedió un paso.

La mujer mayor del retrato tenía los labios finos y unos ojos oscuros que parecían seguir cada uno de sus movimientos, lo que le encogió el estómago.

Estaba bien. Solo era un cuadro, se recordó. Nadie sabía lo que acababa de hacer.

—Esa era mi suegra.

Trudy dio un respingo al oír la voz y se dio cuenta de que Kitty la observaba desde el pasillo.

¿La había visto?

No. Si lo hubiera hecho, Kitty lo diría. Siempre había sido bastante directa.

—Era una mujer muy guapa —mintió Trudy, lo que hizo sonreír a Kitty. No había nada hermoso en la mujer del retrato.

—¿Qué te parece si vamos a por esos libros? —sugirió Kitty, alejándola del cuadro y conduciéndola a la sala de juegos.

Mientras se alejaba de la casa en bicicleta, Trudy sintió una extraña sensación de satisfacción, junto con el pesado lastre de saber que el plan ya estaba en marcha. Era demasiado tarde para echarse atrás.

Bueno, por supuesto que podía limitarse a no presentarse. Camille iría a la casa de verano vacía y seguramente preguntaría dónde estaba Angus. Se darían cuenta de que alguien conocía su secreto, aunque no pudieran demostrar quién. Y quizá aquello bastaría para que pusieran fin a su relación.

Pero eso significaría que Camille se libraría del castigo, y Trudy no podía soportar la idea. No, quería que Camille pagara.

El sol caía sobre ella, el día era cálido y, en lugar de dirigirse a casa, Trudy decidió bajar en bicicleta hasta la playa. Antes, sin embargo, pararía en el pueblo para comprar un par de latas de Coca-Cola y llevárselas.

Al salir de la tienda vio a Camille con Sebastian Landry.

Los dos estaban discutiendo, y la pelea era acalorada.

Tal vez Sebastian por fin había descubierto la verdad sobre su novia, aquella zorra.

Un pequeño grupo se había congregado mientras ambos alzaban la voz.

Entonces Camille se arrancó el colgante del cuello, se lo lanzó a Sebastian y se marchó hecha una furia.

Trudy lo vio guardárselo en el bolsillo.

Cuando él desapareció de nuevo en su coche, los curiosos se dispersaron y ella agarró su bicicleta, con el corazón palpitándole, emocionada por lo que acababa de presenciar.

Resultaba satisfactorio comprobar que la vida de Camille no era perfecta.

Fue en bicicleta hasta Salthouse y se sorprendió al ver el coche de Sebastian. Estaba vacío, y lo divisó en la playa, mirando hacia el mar. Cuando lo vio lanzar el colgante, supo que tenía que hacerse con él.

Más tarde, aquella noche, se reunió con George.

Ambos vestían de negro y se habían disfrazado lo mejor posible, por si acaso alguien los veía.

Trudy llevaba el pelo oculto bajo una gorra y la chaqueta oscura que vestía resultaba demasiado calurosa para aquella noche de verano, pero le daba más volumen.

Con su estatura, estaba segura de que cualquiera que la viera desde lejos pensaría que era un hombre.

Incluso se había puesto un poco de la loción para después del afeitado de su padre antes de salir de casa, convencida de que engañaría a Camille.

Mandó a George a la casa de verano para que abriera la puerta y lo dejara todo preparado.

—¿Está hecho? —preguntó con ansiedad cuando él regresó junto a ella, entre los arbustos situados a un lado de la casa—. ¿Has dejado la nota en la silla y encendido la lámpara? ¿Y te has acordado de la bufanda?

George asintió con cierta inquietud, y Trudy intentó sofocar los nervios que sentía en el estómago mientras ambos se acomodaban para esperar.

A pesar de todos sus esfuerzos, Trudy no sabía con qué frecuencia miraba Camille detrás del retrato y no podía estar segura de que el plan fuera a funcionar.

Por eso, cuando poco antes de medianoche Camille salió de la casa, sintió que la sangre le ardía de emoción.

Una oleada de expectación la recorrió al darse cuenta de que la chica descalza llevaba el vestido rojo, tal como le había indicado.

Fue entonces cuando George estuvo a punto de echarse atrás.

—¿Y si sale mal? ¿Y si se da cuenta de que somos nosotros antes de que consigamos atarla?

—No lo hará —siseó Trudy, molesta por el pánico que percibía en su tono..

—Pero ¿y si le cuenta a la gente lo que hemos hecho? Tendremos problemas.

—No se lo contará a nadie. Grabaremos vídeos y haremos que admita lo que ha hecho. No querrá que nadie sepa lo que ha estado haciendo ni lo que ocurrirá aquí esta noche. Te lo prometo.

Como George seguía pareciendo inseguro, le recordó el trato que habían hecho.

—Yo te ayudé, ¿recuerdas? Me acosté con tu hermanastro, que es más feo que un cerdo, para conseguir que te dejara en paz.

Lo que te estoy pidiendo no es nada comparado con eso.

Cuando la hayamos atado a la silla, puedes esperar fuera si quieres.

Vigilar. Pero vas a hacerlo, George. Me debes una.

Y no querrás que le dé ese vídeo que tenemos a Derek, ¿verdad?

Por la expresión alarmada de George, Trudy comprendió que no quería, y sus propias preocupaciones se calmaron un poco. Estaba muy cerca de ajustar cuentas con Camille. Ahora nada iba a interponerse en su camino.

Miró el reloj y vio que habían pasado unos diez minutos desde que Camille había salido de la casa.

—Vamos. —Le dio un pequeño empujón a George—. Es la hora.

La emoción y los nervios le revoloteaban en el estómago mientras atravesaban el césped y se internaban en el huerto de frutales.

Más adelante, Trudy distinguió el resplandor anaranjado en la ventana de la casa de verano, exactamente igual que la última vez que había estado allí.

Pero aquella vez Angus estaba fuera y Camille no tenía ni idea de que su noche estaba a punto de empeorar.

—Espera aquí —susurró Trudy. Se quitó la mochila y sacó los trozos de cuerda que había llevado consigo. Tenía las manos acaloradas dentro de los guantes de látex que llevaban tanto ella como George, y le temblaban los dedos, expectantes, ansiosos por castigar.