La casa de verano Capítulo 26
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Capítulo 26

El diario había desaparecido.

Lana abrió el cajón superior de la mesilla de noche, donde sabía que lo había dejado, y, al no verlo allí, empezó a dudar de sí misma. Comprobó los dos cajones inferiores y miró debajo de la cama.

Recordaba haberlo visto aquella mañana.

Entonces, ¿dónde estaba?

Ollie.

Había hablado con él del diario antes y se había negado a creer que alguien que no fuera Sebastian Landry hubiera matado a Camille. Debía de habérselo llevado para echarle un vistazo.

Aunque le molestaba que hubiera estado revolviendo entre sus cosas sin pedir permiso, el peso de la preocupación se aligeró mientras iba a buscarlo, y albergó la esperanza de que, si lo estaba leyendo, quizá ahora estuviera dispuesto a escucharla.

Lo encontró en la cocina, sazonando una sartén de ingredientes que borboteaban a fuego lento. La escena todavía la obligó a parpadear dos veces, aunque era la tercera comida que preparaba en los últimos días. Ollie era el rey de la comida a domicilio. ¿Desde cuándo se había vuelto tan hogareño?

—Si querías echarle un vistazo al diario de Camille, podrías habérmelo pedido primero.

Él no la había oído acercarse por culpa de la música alta que sonaba —una especie de gangsta rap que Lana no reconocía— y dio un respingo al oírla, dejando caer la espátula al suelo.

—Jesús, Lana. No hagas eso.

Le gritó a Alexa que bajara el volumen, recogió la espátula y se acercó al fregadero para enjuagarla.

—¿Qué estás preparando?

—Un jalfrezi. ¿Tienes hambre? —preguntó mientras regresaba a la sartén, que ya volvía a chisporrotear—. Este es el plato estrella de Ollie Hamilton. Con mi toque personal.

No había tenido hambre; la conversación con Xav le había quitado prácticamente el apetito, pero ahora estaba allí y olía las cebollas y los tomates cocinados, además de las especias que hubiera utilizado, y el estómago empezó a rugirle.

—Sí, un poco. ¿Desde cuándo se te da tan bien la cocina?

—Siempre he sabido cocinar.

—Pero la mayor parte del tiempo pides comida a domicilio.

Ollie se encogió de hombros.

—A veces es más fácil. —Miró a Lana por encima del hombro—. En fin, ¿qué decías cuando has entrado?

—El diario de Camille. ¿Dónde está?

Él la miró sin expresión.

—¿Por qué iba a saberlo?

—Porque no está donde lo dejé.

—Vale. Bueno, yo no lo he tocado.

—¿Estás seguro?

—Claro que estoy seguro. Creo que recordaría habérmelo llevado.

¿Le estaba diciendo la verdad?

Estudió sus oscuros ojos, idénticos a los de ella, y vio cómo se entrecerraban ligeramente cuando frunció el ceño, irritado.

—Lana, deja de mirarme como si estuviera mintiendo. No lo tengo. Creo que antes dejé bastante claro que no me interesa leerlo.

Lana le creyó. Pero eso no explicaba dónde estaba el diario.

—No entiendo dónde puede haberse metido.

—Quizá lo hayas dejado en otro sitio.

—No. Recuerdo que… —Se quedó callada al comprenderlo.

Elise.

—¿Dónde está?

—¿Quién?

—Tu prometida. —Escupió la palabra, y la expresión de Ollie pasó de la irritación a la preocupación. Mientras Lana salía furiosa de la cocina en busca de Elise, oyó el estrépito de las sartenes y los utensilios antes de que los pasos de su hermano la alcanzaran.

—No empieces a acusarla. No sabes si lo ha cogido.

—Solo estamos los tres en esta casa, Ollie, así que ¿quién demonios iba a ser?

Elise no había salido y tampoco estaba en el salón ni en la galería del jardín. Al recordar que había oído una ducha cuando bajaba a la cocina, Lana se dirigió hacia las escaleras.

—¿Por qué iba a querer el diario de Camille? —intentó razonar Ollie mientras la seguía—. Ni siquiera la conocía, joder.

Lana ni se molestó en responder. Tenía una visión de túnel y solo se concentraba en encontrar a Elise y recuperar el diario.

La puerta de su antiguo dormitorio estaba cerrada, pero no llamó antes de entrar.

Elise la recibió con los ojos muy abiertos, cubierta únicamente por una toalla enrollada alrededor de la cabeza.

—¿Qué coño haces? ¡Sal de aquí!

Sin hacerle caso, Lana recorrió la habitación hecha una furia.

—¿Dónde está?

—¿Dónde está qué? —Elise cogió su bata, se la puso deprisa y se la ató a la cintura—. ¡Nolly! ¿Qué demonios está pasando?

Ollie levantó las manos, intentando hacer de pacificador mientras Lana abría cajones y apartaba la ropa amontonada hacia un lado.

—¿Podéis parar un momento? —exigió, alzando la voz.

Lana interrumpió la búsqueda y clavó los ojos en Elise.

—Te llevaste un diario de mi habitación. Quiero que me lo devuelvas.

Durante un instante, Elise pareció atónita.

—Yo no lo hice. No he entrado en tu habitación.

—Mientes. Ha desaparecido y tú eres la única que podría habérselo llevado.

—No estoy mintiendo. —El tono de Elise era frío y su expresión se endureció—. Y no tienes ningún derecho a irrumpir aquí y acusarme de esta manera, psicópata de mierda.

—Jesús, ya basta. —Ollie se interpuso entre ellas mientras Lana apretaba los puños. No era una persona violenta, pero Elise estaba colmando su paciencia—. Las dos tenéis que calmaros de una puta vez. Lana, no puedes ir lanzando acusaciones sin ninguna prueba.

—Sí, pedazo de chiflada —la provocó Elise por encima de su hombro, antes de que Ollie volviera la atención hacia ella.

—Y tú deja de insultarla. Es mi hermana.

La intervención hizo que Elise frunciera los labios, con los ojos muy abiertos por la sorpresa de que él no se hubiera puesto automáticamente de su parte, mientras Lana se preguntaba cuándo había adquirido su hermano algo de carácter.

La sorprendió aún más cuando interrogó a Elise.

—¿Juras que no cogiste el diario?

—¡No! Claro que no, joder. —Su bonito rostro estaba rojo de rabia—. Ya te lo he dicho.

Ollie se volvió hacia Lana y se encogió de hombros, incómodo por encontrarse en medio de las dos.

—Dice que no lo ha cogido.

Lana fulminó con la mirada a Elise, que seguía lanzándole dagas con los ojos. ¿Era posible que estuviera diciendo la verdad?

Pero si no había cogido el diario, ¿adónde había ido a parar? Alguien lo tenía.

—No puede tratarme así, Nolly. Me da igual que sea tu hermana. O se va ella o me voy yo. —El tono de Elise era altivo y la sangre volvió a hervirle a Lana.

—Vete, por favor. La última vez que lo comprobé, esta casa no era tuya y no has hecho una mierda desde que llegaste.

—¡Lana! —Ollie sonó exasperado. Le agarró el brazo y la arrastró hacia la puerta—. Mira —suplicó—. Dice que no tiene el diario y no tenemos ninguna prueba de que mienta. ¿Quieres salir de la habitación para que pueda intentar calmarla?

No le dio tiempo a responder. La empujó suavemente fuera de la habitación y cerró la puerta enseguida.

El giro de la llave en la cerradura le indicó que no iba a poder volver a entrar, lo que quizá fuera lo mejor.

Necesitaba deshacerse de aquella rabia. No servía de nada y la tensión solo empeoraba el dolor de sus huesos.

Para quedarse tranquila, volvió al dormitorio de Camille y emprendió otra búsqueda minuciosa del diario.

¿Estaba exagerando? ¿Lo había dejado simplemente en otro sitio?

Estar de vuelta en aquella casa, pasar tanto tiempo en la habitación de su hermana muerta, no era fácil.

Había demasiados recuerdos, buenos y malos.

Quizá estaba perdiendo el contacto con la realidad.

Cuestionar lo que había visto la noche del asesinato, acusar a alguien de haber robado el diario… No era sano.

Pero no, concluyó, el diario no estaba allí y ella no lo había extraviado.

En cuanto a lo que había leído y lo que había visto, sabía que hacía bien en cuestionarlo todo.

Pero ¿cómo se suponía que iba a acudir ahora a la policía?

Por supuesto, podía informarles de la existencia del diario.

Ollie la respaldaría, y George también, ya que ambos lo habían visto.

Sin embargo, Lana era la única que había leído las palabras de su hermana.

Podía contarle a la policía lo de su amante misterioso, al que solo se refería por la inicial G, explicar la naturaleza sórdida de su relación y que solían verse a altas horas de la noche en la casa de verano, pero ¿de verdad la creerían o podrían hacer algo sin pruebas físicas?

Se había devanado los sesos intentando averiguar quién podía ser G, incluso había llegado a considerar a George.

Solo el recuerdo de lo que Ollie había dicho, que de niño había sido un renacuajo y había sufrido un acoso brutal, hizo que lo descartara.

Camille había hablado de un amante dominante y experimentado. Ese no era George.

Y si les decía a los policías que quizá se equivocaba, que tal vez no había visto a Sebastian Landry aquella noche después de todo, ¿cómo reaccionarían? ¿Podría meterse en problemas?

El diario era la clave. Sin él, no tenía nada.

Estuvo dándole vueltas durante el resto de la tarde y, más tarde, cuando se metió en la cama, con la ventana abierta y una ligera brisa que mecía las cortinas, repasó mentalmente el día y cómo había conseguido estropearlo todo por completo.

Si hubiera tenido la oportunidad de hacerlo todo de nuevo, no habría apartado el diario de su lado ni un instante.

En cuanto a Xav, seguía sin saber si había hecho bien al contarle lo de G.

Él tenía derecho a saberlo, pero ¿a qué precio?

Lo único que había hecho Lana era abrir viejas heridas.

Y ahora él había vuelto a dejar de hablarle. Había juzgado muy mal la situación.

Cuando sus ojos empezaron a cerrarse, los recuerdos la llevaron de vuelta a aquel verano de hacía diecisiete años y a las voces que había oído fuera de la ventana. ¿Con quién había estado Camille la noche de su asesinato?

***

El pitido de su teléfono la despertó poco después. Frunciendo el ceño, alargó la mano para cogerlo y vio que tenía un mensaje de un número desconocido.

Pasaban de las once y media. ¿Quién demonios le escribía a esas horas?

Abrió el mensaje.

Lana. Soy Xav.

¿Cómo había conseguido su número? Intrigada, siguió leyendo.

¿Podemos vernos? Mañana, si estás libre. Quiero ver el diario.

Volvió a leer el mensaje y dudó si responder, pero decidió que era mejor esperar hasta la mañana. Al menos así tendría tiempo de pensar qué demonios iba a decirle.

¿Cómo reaccionaría cuando descubriera que ya no lo tenía?

Dejó el teléfono otra vez y cerró los ojos, intentando volver a dormirse.

En lugar de eso, estuvo inquieta, dando vueltas en la cama y maldiciendo a Xav por haberle escrito tan tarde. Iba a ser una noche muy larga.