Capítulo 26
Los periódicos llegaron con la bandeja del desayuno, como cada mañana de su vida, y la tercera mañana después de su regreso Isabella los leyó.
Su madre no tenía intención de que lo hiciera.
El primer día, lady Ashbourne había dado instrucciones de que los periódicos fueran directamente al despacho de lord Ashbourne y se quedaran allí, y la casa había obedecido, y durante dos mañanas Isabella había desayunado en una habitación luminosa, cuidadosa y sin periódicos, y se había dejado manejar.
El tercer día fue al despacho de su padre antes del desayuno, llamó una vez y se los pidió.
Lord Ashbourne la contempló desde el otro lado de su escritorio. Luego reunió tres días de prensa, igualó los bordes y se los entregó sin decir palabra.
Los leyó junto a la ventana de la salita de mañana mientras se le enfriaba el té.
Eran muy semejantes a lo que había esperado.
El primero, impreso la mañana de su regreso, todavía dudaba si era una fugitiva o una víctima, y había oscilado con considerable elegancia entre ambas.
El segundo había descubierto Blackridge, y la partida de lord Evermont con la marea de la mañana, y la había reinterpretado en consecuencia como algo trágico, admirable y pálido.
El tercero había ido más lejos. La describía, en un párrafo que leyó dos veces, como una heroína de rara fortaleza que había soportado su prueba con un valor que honraba a su familia, y que ahora, según se entendía, se recuperaba recluida bajo los tiernos cuidados de su madre, y que sin duda no se dejaría ver en sociedad durante algunas semanas.
Isabella dejó el periódico.
—Los has leído —dijo su madre desde la puerta.
—Sí.
—Te pedí que no lo hicieras.
—Lo sé, mamá. —Isabella no se apartó de la ventana—. Lo siento. Necesitaba saber qué habían decidido que era yo.
Lady Ashbourne entró en la habitación y se colocó a su lado. No tomó el periódico. No le hacía falta; lo había leído ella misma a las seis, sospechaba Isabella, y también cada uno de los días anteriores.
—Son amables —dijo lady Ashbourne—. Esta mañana. Están siendo amables.
—Sí —dijo Isabella—. Eso es lo que no puedo permitir.
Lady Pembroke vino de visita a las once.
Había escrito el día anterior, una nota breve en papel grueso, preguntando si lady Isabella se encontraría lo bastante bien para recibir a una vieja amiga de su madre durante un cuarto de hora, y lady Ashbourne se la había mostrado con la evidente expectativa de que la rechazaría.
Isabella no la había rechazado. Había contestado ella misma, con una letra casi firme, y había fijado la hora.
Julian llegó a las once menos cuarto.
Entró en la salita de mañana con la leve cautela de un hombre al que se había convocado por nota sin decirle por qué, y se detuvo justo al otro lado de la puerta, y ella lo vio hacer lo que había hecho cada vez que la había visto en los últimos tres días: el recuento rápido, completo y sin disimulo, rostro y manos y color, antes de permitir ninguna otra cosa.
—Me mandaste llamar —dijo.
—Te pedí que vinieras.
—Escribiste: «Ven a verme a las once menos cuarto, se trata de esta noche».
—Eso es pedir.
—Es una convocatoria, y lo sabes. —Pero se adentró más en la habitación—. Qué hay esta noche.
—La velada de los Pembroke.
Él guardó silencio. Sus ojos fueron a los periódicos, todavía doblados en el asiento de la ventana, y luego volvieron a ella.
—Tienes intención de ir.
—Tengo intención —dijo Isabella— de que me vean.
Él no discutió. Ella no había esperado que lo hiciera y, sin embargo, una parte de ella se había preparado para ello, y su ausencia se asentó en ella con un peso que no había previsto.
—Qué necesitas de mí —dijo él.
—Muy poco. —Le sostuvo la mirada—. Quédate a mi lado. No hables por mí. Y si te miro, entonces puedes decir lo que creas necesario, y no antes.
—¿Y si no me miras?
—Entonces me habré arreglado sin ti, y estarás insoportablemente orgulloso de mí toda la noche.
Algo se movió en su rostro que no llegaba a ser una sonrisa. —Eso parece probable en cualquier caso.
Lady Pembroke era una mujer menuda y erguida de sesenta años, con el pelo plateado y los ojos muy vivos, que llevaba treinta años dando las veladas más importantes de Elaris y jamás había permitido que nadie la viera contar a los invitados.
Entró en la salita de mañana al dar las once, tomó las manos de lady Ashbourne, besó el aire junto a su mejilla y se volvió hacia Isabella con una expresión de calidez tan sincera y sencilla que Isabella estuvo a punto de creérsela.
—Mi querida niña —dijo—. Qué buen aspecto tiene.
—Parezco delgada y cansada, lady Pembroke. Pero gracias.
Los ojos de lady Pembroke se aguzaron, muy levemente, con interés.
—Así es —convino—. Me habían dicho que estaba usted postrada.
Me alegra mucho comprobar que el informe exageraba.
—Se sentó, arreglándose las faldas, aceptó el té y contempló a Julian junto a la chimenea con la franca valoración de una mujer que lo había observado en muchísimos salones de baile y estaba revisando su opinión sobre él allí mismo—. Excelencia.
—Lady Pembroke.
—Ha tenido usted una quincena agitada.
—Algo.
—Los periódicos dicen que cabalgó por tres condados.
—Cuatro.
—Qué minucioso. —Se volvió de nuevo hacia Isabella—.
Bien. No he venido a interesarme por su salud, aunque me alegro de ella.
He venido porque todas las anfitrionas de Elaris están ahora mismo redactando una carta a su madre para preguntar si se la podría persuadir de asistir a algo pequeño y tranquilo dentro de un mes o así, cuando esté del todo recuperada, y yo quería entregar la mía antes de que ninguna hubiera terminado la suya.
—Dejó la taza—. Esta noche doy una velada.
Usted lo sabe, por supuesto. No esperaba que viniera.
Solo quería que supiera que sería bienvenida, cuando estuviera preparada, y que lo consideraría un grandísimo honor.
—Me gustaría ir esta noche —dijo Isabella.
La habitación quedó en silencio.
Lady Ashbourne no se movió. Lady Pembroke no se movió. Junto a la chimenea, Julian tampoco se movió, pero Isabella sintió que su atención se posaba sobre ella como una mano en la espalda.
—Isabella —dijo su madre. Muy bajo.
—Lo sé, mamá.
—Llevas tres días en casa.
—Sí.
—El médico dijo reposo. Dijo una quincena como mínimo.
—El médico dijo que no estaba herida y que haría bien en comer más y dormir más, y estoy haciendo ambas cosas, y seguiré haciendo ambas cosas, y también iré esta noche a la velada de lady Pembroke.
—Isabella se volvió para mirar a su madre de frente—.
Mamá. Cada día que me quedo en esta casa, la ciudad escribe otra versión de mí.
La primera mañana era un misterio. La segunda, una tragedia.
Esta mañana soy una heroína que se recupera recluida.
Al final de la semana seré una inválida, y al final del mes seré una advertencia, y cada una de esas mujeres será alguien que se han inventado, y ninguna de ellas seré yo.
—Tomó aire—. He pasado diez días en una habitación donde un hombre intentaba decidir quién era yo.
No pienso volver a casa para dejar que una ciudad lo haga en su lugar.
Lady Ashbourne guardó silencio durante un rato, con los ojos en su hija.
Luego, muy despacio, giró la cabeza y miró a Julian.
—Excelencia —dijo—. Usted tiene una opinión.
—La tengo —dijo Julian.
—¿Y bien?
—Es decisión suya.
—Eso no es una opinión. Es una abdicación.
—Es ambas cosas —dijo Julian—, y lo mantengo.
Lady Ashbourne apretó los labios. Isabella, que la observaba, vio el momento preciso en que su madre comprendió que había perdido, y la vio decidir, con la disciplina de muchísimas Temporadas, perder con elegancia.
—El de marfil —dijo lady Ashbourne por fin—. No el azul. El azul te da aspecto de convaleciente.
—Sí, mamá.
—Y te irás en cuanto estés cansada. No cuando convenga. En cuanto lo estés.
—Sí, mamá.
—Y te llevará él. —Una mirada a Julian—. No tu padre. Tu padre fulminará con la mirada a los lacayos de los Pembroke y asustará a las muchachas Dunsmore. Te llevará Su Excelencia.
—Sí —dijo Julian.
Lady Pembroke había seguido aquel intercambio con la atención embelesada y encantada de una mujer que asiste a la mejor clase de función. Ahora se inclinó hacia delante.
—Querida —dijo—. ¿Qué le digo a la gente?
—Nada —dijo Isabella.
Lady Pembroke arqueó las cejas.
—No les diga nada. No mencione que voy a ir.
No deje que se sepa que ha venido usted esta mañana.
Si alguien pregunta, ha tenido una semana tranquila y espera una noche tranquila.
—Isabella le sostuvo la mirada—. Han pasado una quincena decidiendo qué aspecto tendría yo cuando por fin volvieran a verme.
Preferiría que no tuvieran una tarde más para prepararse.
Lady Pembroke se la quedó mirando. Luego empezó, muy suavemente, a reírse.
—Oh —dijo—. Oh, querida. Su madre siempre decía que era usted lista, y yo siempre creí que solo estaba siendo una madre.
—Se levantó, sacudiéndose las faldas—. Nada.
Ni una palabra. Seré la mujer más aburrida de Elaris hasta las nueve de esta noche, y entonces tendré el placer de ver todas las caras de mis salones cuando usted cruce la puerta.
—Tomó las manos de Isabella—. ¿Y qué les dirá, cuando lo haga?
—Muy poco —dijo Isabella—. Una sola vez.
Cuando lady Pembroke se hubo marchado, y lady Ashbourne se hubo ido tras ella para ocuparse del vestido de marfil, Isabella se sentó en el asiento de la ventana junto a los periódicos y descubrió que, después de todo, sus manos no estaban del todo firmes.
Julian cruzó la habitación y se sentó a su lado. No le tomó las manos. Esperó.
—Lo decía en serio —dijo ella.
—Lo sé.
—También tengo —dijo ella— bastante miedo.
—Eso también lo sé.
Ella lo miró. —Se supone que tienes que decirme que no hay nada que temer.
—Hay muchísimo que temer —dijo Julian—. Una sala llena de gente que lleva una quincena hablando de ti, que ha decidido lo que eres, y a la que no le gustará que le digan que se equivoca. — Hizo una pausa—. Lo harás de todos modos. Esa es la parte que no han tenido en cuenta.
Ella soltó un suspiro que fue casi una risa.
—Arden mandó recado —dijo él al cabo de un momento—. El día que volvimos a casa. No te lo dije. No parecía el día adecuado.
—Qué dijo.
—Se ha ido. —La voz de Julian era serena—. Eso fue todo. Evermont zarpó con la marea de la mañana. Arden se quedó en el muelle hasta que el barco se perdió de vista.
Isabella no habló durante un rato.
—Creía que sentiría algo —dijo por fin—. Cuando lo supiera.
—Y no lo sientes.
—Siento —dijo despacio— como si se hubiera cerrado una puerta en una casa en la que ya no vivo. —Bajó la vista a los periódicos, al párrafo sobre la heroína de rara fortaleza—. Eso es todo. No es alivio. No es nada. Sencillamente, él ya no está.
—Sí —dijo Julian—. Esa era la intención.
Ella dio la vuelta a la mano sobre el asiento de la ventana, y él la tomó, y se quedaron sentados un rato a la luz pálida de la ventana mientras la casa seguía con sus asuntos a su alrededor.
Luego ella se levantó.
—Tengo que ver a Sophie —dijo—. Esta tarde. Antes de irme. No he ido a verla ni una vez desde que volví a casa, y se habrá enterado de que voy a salir, y se pondrá insoportable si no se lo digo yo misma.
—Se pondrá insoportable de todos modos.
—Sí —dijo Isabella, y en su rostro se relajó algo que no se había relajado desde el desayuno—. Con eso cuento, más o menos.