Capítulo 15
Queridísimo y gentil elariano:
Siempre es un consuelo que una velada de suficiente importancia concluya con todas las apariencias de decoro intactas.
De hecho, casi podría concluirse, tras el reciente baile en la Casa Harrington, que la Temporada por fin ha recordado las virtudes de la disciplina.
Ninguna voz alzada.
Ninguna impropiedad visible.
Ningún incidente que requiera corrección inmediata.
Qué sumamente tranquilizador.
Y sin embargo, hace tiempo que esta publicación observa que las veladas más peligrosas rara vez son aquellas en las que se exhibe el sentimiento.
Son aquellas en las que el sentimiento se contiene.
Pues la contención nunca ha sido una condición permanente, sino apenas un intervalo.
Y allí donde la atención ya se ha posado, y el interés ya ha echado raíces, la sociedad necesita asombrosamente poco aliento para que la mesura empiece a parecer menos un dominio y más una demora.
Nos queda, por tanto, solo la más pequeña de las preguntas.
No si algo ocurrirá.
Sino si quienes están más decididos a conservar la compostura comprenden cuán poco tiempo suele concedérsele a la compostura una vez que la sala ha empezado a mirar.
—Ecos de Sociedad de Elaris
* * *
La mañana llegó con una claridad que parecía casi deliberada, y el aire traía una fresca agudeza que no sugería descanso sino disposición, como si el día se hubiera levantado con propósito más que con ocio y esperara lo mismo de quienes se movían en él.
Julian permanecía de pie con la firmeza de un hombre que no necesitaba ni recuperación ni reflexión antes de actuar, la postura alineada con la disciplina del campo, la atención fija no en la conversación que aún no había empezado sino en la amplia extensión de cielo que tenía delante.
A poca distancia, Thomas esperaba preparado, ni intrusivo ni ocioso, sosteniendo el mecanismo con familiaridad experta antes de soltar el plato de arcilla al aire con un movimiento suave que lo hizo subir limpiamente en arco, con una trayectoria breve, visible y previsible.
Julian se movió sin vacilar. El disparo resonó en el terreno abierto y se disolvió con la misma rapidez, y el plato estalló en el aire con decisiva precisión, y sus fragmentos se dispersaron en un dibujo que no hablaba de azar sino de dominio.
—Eficaz —observó Marrowind a poca distancia tras él, con la nota de aprobación que no sugería sorpresa sino la satisfacción de una expectativa cumplida, mientras avanzaba con sosegada soltura, con la mirada puesta en el breve arco quebrado de la arcilla hecha añicos—.
Aunque confieso que esperaba algo un poco más dramático, dadas las circunstancias.
Julian no se volvió de inmediato. Se demoró solo lo suficiente para confirmar el resultado y luego devolvió la escopeta con la misma indiferencia serena con que la había tomado.
—Aspiro a ser preciso, no entretenido.
—Sí —respondió Marrowind con ligereza, acercándose ya, las manos enlazadas con soltura a la espalda—, uno no puede evitar pensar que la situación actual se beneficiaría de cierto grado de espectáculo, aunque solo fuera para recordar a quienes la observan que la contención no es la única opción disponible.
La expresión de Julian no cambió.
—No dirijo mis asuntos en beneficio de quienes observan.
—No —dijo Marrowind, con la boca levemente curvada mientras observaba a Thomas preparar otro lanzamiento—, los diriges de tal manera que la observación se vuelve inevitable, lo cual, te lo aseguro, resulta mucho más molesto para todos los implicados.
Siguió un silencio, aunque no vacío. Ninguno de los dos había venido allí solo por deporte, y ambos comprendían que la mañana, pese a su sencillez aparente, llevaba un propósito que ninguno tenía intención de eludir.
—Lo has leído —dijo Julian por fin, con tono sereno.
—Lo he leído —respondió Marrowind, desviando un instante la mirada hacia él antes de devolverla al campo—.
Y debo felicitar al autor por su contención, pues no todos los días se encuentra uno con una insinuación formulada con tanta paciencia, ni con tanta confianza en la disposición de los demás a completarla.
La mirada de Julian se movió levemente, aunque no su postura.
—Están esperando.
—Sí —dijo Marrowind, con un tono que se afiló en un grado tan leve que podría haber pasado inadvertido a alguien menos atento—, lo cual sugiere que lo que creen saber todavía no es suficiente, o que lo que pretenden insinuar requiere más confirmación, o quizá, de manera más útil, aliento.
Julian no ofreció respuesta, y el silencio respondió por él.
Marrowind lo estudió un momento más, con una atención que se estrechaba no por incertidumbre sino por cálculo.
—Evermont —dijo.
—Sí.
—Y Vivienne.
Siguió una pausa más callada, ahora más intencionada.
—Sí.
Marrowind exhaló suavemente, no con frustración, sino con un reconocimiento que ya había empezado a tomar forma de estrategia.
—Dos problemas distintos —dijo—, que, por desgracia, parecen estar actuando de manera complementaria, aunque sospecho que no del todo por casualidad.
—No seguirán haciéndolo —respondió Julian, con una certeza en la voz que no era enérgica ni alzada, sino presente de un modo que no requería refuerzo.
Marrowind arqueó levemente una ceja.
—No —dijo—. No imaginaba que fueran a hacerlo.
Siguió otra pausa, más larga y más meditada, mientras Thomas lanzaba otro plato al aire, cuyo movimiento atrapó brevemente la luz antes de desaparecer en el vuelo.
—La contención —prosiguió Marrowind— sigue siendo posible, aunque no indefinidamente, y desde luego no sin cierto grado de intervención que puede requerir bastante más visibilidad de la que hasta ahora has preferido permitir.
La mirada de Julian permaneció firme.
—No me dejaré manipular.
La expresión de Marrowind cambió, sutilmente, aunque no sin interés.
—Pero sí pueden interpretarte —dijo.
—Ya me están interpretando.
—Sí —convino Marrowind—, aunque por ahora conservas la ventaja de la ambigüedad, que es un lujo que rara vez sobrevive a una atención prolongada, sobre todo cuando otros están tan claramente empeñados en arrebatártelo.
Julian se volvió ligeramente entonces, no del todo hacia él, pero lo suficiente para marcar el cambio.
—No me dejaré atrapar en una decisión que no se ha tomado.
La boca de Marrowind se curvó, aunque ahora no había burla en el gesto, solo reconocimiento.
—El matrimonio —dijo, pensativo—. Qué inesperadamente eficaz por su parte.
—No lo conseguirán.
—No —dijo Marrowind—, no si tú lo rechazas.
Siguió una pausa, ahora más ligera, aunque no menos intencionada.
—Aunque debo admitir —añadió— que simplificaría considerablemente las cosas que eligieras una esposa y volvieras todo lo demás… irrelevante.
La expresión de Julian no cambió.
—Yo no elijo soluciones.
—Te resistes a ellas.
—Las descarto.
Marrowind sonrió levemente.
—Sí —dijo—. Eso es bastante más exacto.
El silencio volvió, no ocioso sino en movimiento, lleno de pensamiento más que de ausencia, hasta que, sin aviso y sin énfasis:
—Y Isabella —dijo Marrowind.
El nombre entró sin peso, y por eso mismo con precisión.
Julian no respondió de inmediato, lo cual, en sí mismo, era respuesta suficiente. El interés de Marrowind se agudizó.
—Vaya —dijo, al cabo de un momento—, eso es revelador.
La mirada de Julian siguió al frente.
—Para alguien que, no hace mucho, era fuente de considerable irritación —dijo por fin, con tono sereno, casi reflexivo—, ha demostrado una inesperada capacidad para ahondar esa posición.
Marrowind arqueó levemente las cejas.
—Inesperada.
—Sí.
—Y ahora.
La boca de Julian se curvó levemente.
—Tiene mi atención.
La confesión fue contenida, y por eso mucho más significativa de lo que habría sido cualquier declaración.
Marrowind exhaló, y algo entre la diversión y la aprobación tomó forma.
—Vaya —dijo—, eso es desafortunado.
Julian lo miró de reojo.
—¿Lo es?
—Sí —respondió Marrowind con naturalidad—. Porque la atención, en tu caso, tiende a volverse bastante molesta para todos los implicados.
Julian no lo negó, y de nuevo el silencio respondió por él. Marrowind lo estudió un momento más.
Entonces:
—Y Sophie —dijo Julian, con un cambio que no fue brusco sino intencionado, el nombre introducido por elección.
La expresión de Marrowind cambió, no de manera dramática, pero sí con la claridad suficiente para que el cambio fuera imposible de pasar por alto, y su atención se agudizó de un modo que sugería que el asunto ya había sido considerado, y no a la ligera.
—Mi prometida —respondió, sin vacilar.
La mirada de Julian permaneció firme.
—Pareces notablemente dueño de ti mismo para ser un hombre que acaba de hacer semejante declaración.
La boca de Marrowind se curvó, esta vez más despacio.
—Soy dueño de mí mismo —dijo.
—Sí.
—Y estoy comprometido.
Julian inclinó levemente la cabeza.
—Eso era evidente.
Siguió una pausa, ahora más larga, más meditada.
—Ella es —dijo Marrowind por fin, eligiendo la palabra con cuidado— exacta.
Julian arqueó una ceja.
—Otra vez eso.
—Sigue siendo exacto —respondió Marrowind—. No alienta donde no tiene intención de continuar, y no se retira donde ya ha permitido la atención, lo cual, me parece, elimina una serie de complicaciones innecesarias.
Julian lo consideró, con la expresión inalterada, aunque no sin reconocimiento.
—Grandes elogios.
—Lo son —dijo Marrowind—. Y más de lo que esperaba ofrecer a nadie esta Temporada, a la que hasta ahora había tenido intención de sobrevivir con la mínima implicación personal.
Otro plato se elevó en el aire, lanzado por Thomas con soltura experta, y su arco atrapó la luz un instante fugaz antes de empezar a descender. Julian volvió a alzar la escopeta, con movimientos sin prisa.
—Bien —dijo Marrowind con ligereza, aunque el filo bajo sus palabras seguía allí—, al parecer ambos, cada uno a su manera y de un modo del todo desaconsejable, ya no actuamos con completo desapego.
Julian no lo miró.
—No —dijo.
—Lo cual —continuó Marrowind, con un tono que se volvió casi reflexivo— hace la situación actual considerablemente más interesante y considerablemente más peligrosa.
Julian disparó. El plato estalló limpiamente en el aire, partiéndose con decisiva precisión.
Y una vez más no falló.