Capítulo 25
La Fundación Aurora pidió una reunión de convivencia.
La solicitud llegó por vía oficial, firmada por el área jurídica de la Fundación y el enlace con patronato.
Decía que, ante “la gravedad de los acontecimientos recientes” y “la circulación de informaciones parciales que podían dañar la convivencia de la comunidad”, se proponía una reunión extraordinaria entre dirección, representantes de familias, asesoría legal, convivencia y alumnado afectado, con el objetivo de “ordenar relatos, proteger a menores y evitar nuevos señalamientos”.
Ordenar relatos.
Ahí estaba.
No buscar a Álvaro Mencía. No explicar por qué una tarjeta de patronato había aparecido en el registro de la galería antigua.
No decir cómo un usuario invitado había accedido a cámaras internas para difundir la bufanda de Iván y empujar la frase Alma lo metió en esto por grupos de alumnos. No. Ordenar relatos.
La Casa se había quitado los faroles, el humo y las puertas ocultas durante un momento, y aparecía con su ropa favorita: una reunión.
—No —dijo Nora cuando Salvat leyó la convocatoria en voz alta.
Estábamos en la sala de The Lookout, con la puerta abierta, dos policías en el pasillo y una sensación rara de legalidad incómoda flotando entre las mesas.
Falcón nos había permitido usar el espacio para ordenar cronología bajo supervisión de Salvat y copia para la investigación.
Eso significaba que no publicábamos, no difundíamos y no hacíamos nada que pudiera poner a Vega de mal humor, pero sí escribíamos.
Y escribir, después de Iván, se había vuelto otra cosa.
Menos impulso. Más cuidado. Más rabia con columnas.
—No —repitió Nora—. Me niego a convivir con una reunión que usa la palabra convivencia después de un asesinato. Me declaro objetora.
—No te han convocado a ti —dijo Celia, revisando la lista.
—Eso me ofende y me alivia.
—Han convocado a Falcón, Arriaga, Berta, Salvat, Elvira, representantes legales de Rodrigo Mencía y Tomás Cuervo, Clara Marín, inspectora Vega como observadora si acepta, y “alumnado directamente afectado por la escalada comunicativa”.
—¿Escalada comunicativa? —dije.
—Eso pone.
—Matar a Iván fue una escalada bastante física, pero entiendo que no cabía en la línea.
Martina, que estaba junto a la ventana, cerró los ojos un segundo.
—¿Quién es “alumnado directamente afectado”?
Celia leyó:
—Rodrigo Mencía, Darío Mencía, Hugo Ferrán del Valle, Nicolás Arriaga de la Serna, Alma Vera García y dos representantes de The Lookout.
—The Lookout está suspendido cuando conviene y convocado cuando estorba —dijo Amina—. Fascinante.
—Quieren sentar a Alma en una mesa con Rodrigo —dijo Bruno.
Estaba apoyado contra la pared, con la férula negra en la muñeca y la cara de quien llevaba una noche entera decidiendo si romper algo era jurídicamente útil. No lo era, por suerte o desgracia.
—No voy sola —dije.
—Eso ya lo sabemos.
—Lo digo antes de que pongas la mirada de perro pastor.
—No tengo mirada de perro pastor.
—Tienes una mirada de “no cruces ese campo que he detectado lobos”.
—Pues últimamente no me equivoco tanto.
No pude discutirlo.
Me molestó.
Salvat dobló la convocatoria y la dejó sobre la mesa.
—Falcón no ha aceptado las condiciones de la Fundación.
—¿Ha rechazado la reunión? —preguntó Celia.
—No.
—Entonces sí aceptó.
—Aceptó otra cosa —dijo Salvat—. La reunión se hará aquí, en el Instituto, bajo presencia de la inspectora Vega, con registro policial y sin participación directa de la Fundación más allá de su asesor jurídico.
Nada de sala de patronato. Nada de transmisión interna.
Nada de retirar alumnos del centro después.
—¿Querían retirar a Rodrigo? —preguntó Laura desde la puerta.
Naturalmente estaba allí. Laura tenía una capacidad casi sobrenatural para aparecer justo cuando una frase tenía apellido.
Salvat asintió.
—La Fundación propuso que Rodrigo Mencía fuera trasladado temporalmente con su familia “para preservar su bienestar ante señalamientos”.
—Traducido —dijo Nora—: sacar al niño correcto antes de que el barro llegue a los zapatos caros.
—Sí —dijo Salvat.
Nora la miró.
—Me gusta cuando traduce usted.
—Procuro no hacerlo demasiado.
Laura entró del todo. Tenía la cara pálida y el pelo recogido de prisa. Desde que había declarado lo de la llamada de Rodrigo a Álvaro, caminaba como alguien que ha dejado una puerta abierta detrás y todavía espera el golpe. No pedía protección. Tampoco fingía que no la necesitaba. Eso era nuevo.
—Rodrigo no va a hablar si cree que la Fundación puede sacarlo —dijo.
—¿Y si no puede? —pregunté.
Laura se apoyó en la mesa.
—Entonces quizá hable demasiado.
La reunión se fijó para las doce en el aula magna pequeña, no en la grande.
La grande era para discursos, premios, familias y fotografías donde el Aurora salía con demasiada dignidad.
La pequeña tenía menos mármol, menos altura y peores ángulos para parecer histórico.
Aun así, cuando entramos, la Fundación ya había intentado convertirla en escenario.
Habían colocado jarras de agua, carpetas, tarjetas con nombres, sillas enfrentadas y una pantalla al fondo con el logo institucional apagado. Falcón mandó retirarlo.
—No habrá logo —dijo.
El asesor jurídico de la Fundación, un hombre de unos cincuenta años llamado Eloy Sainz, levantó la vista con una sonrisa educada.
—Directora, es material corporativo ordinario.
—No estamos en una presentación corporativa.
—Represento a la Fundación Aurora.
—Y la inspectora Vega representa una investigación por homicidio. Elija usted qué estética prefiere que conste.
El logo desapareció.
Nora no estaba dentro para verlo, pero lo habría apreciado mucho.
Entramos en grupos. No todos juntos, porque Vega había ordenado evitar conversaciones cruzadas antes de la reunión.
A mí me acompañaron Martina y Celia como representantes de The Lookout.
Bruno no estaba convocado, pero Falcón permitió que esperara en el pasillo con Hugo y Nicolás hasta que se tratara su parte.
Bruno lo aceptó con cara de no aceptarlo. Yo lo miré antes de entrar.
—Estoy con Martina y Celia —dije.
—Lo sé.
—Y con una inspectora.
—También.
—Y no voy a tirarle una jarra a Rodrigo.
—No estaba pensando en eso.
—Yo sí.
Su boca hizo algo que casi fue una sonrisa.
—Entonces no lo hagas.
—Tu confianza me conmueve.
—Mi miedo también.
La frase me dejó un segundo sin aire. Bruno no la adornó. No la retiró. Solo se quedó allí, en el pasillo, como si de pronto hubiéramos aceptado que el miedo también podía decirse sin convertirse en jaula.
Entré.
Clara Marín ya estaba sentada al fondo, con Berta a su lado.
No se había puesto de negro. No sé por qué me fijé en eso.
Llevaba un jersey azul oscuro, el pelo recogido y la carpeta de Iván sobre las rodillas.
En la mesa, delante de ella, había una botella de agua sin abrir.
No miraba a nadie hasta que entré. Entonces levantó la vista y asintió una vez.
Yo le devolví el gesto. No era alianza. No era consuelo.
Era algo más simple y más serio: estamos aquí.
Rodrigo Mencía entró con su abogado y con una mujer que supuse que era su madre o una representante familiar.
Se parecía a él en la forma de no pedir permiso al espacio.
Alta, elegante, pálida, con un abrigo caro y una cara de preocupación perfectamente administrada.
Rodrigo no miró a Clara. Eso ya decía mucho.
Miró a Falcón, a Vega, a mí y luego a la mesa.
En ese orden. Como si intentara reconocer dónde estaba el peligro principal y no le gustara que hubiera demasiados candidatos.
Darío entró después, acompañado por un prefecto y sin abogado propio visible. Se sentó lejos de Rodrigo. Ese detalle fue casi un documento. Rodrigo lo vio. Darío no lo miró.
Tomás Cuervo apareció con sus padres y un abogado.
Tenía los ojos rojos y la expresión de quien llevaba horas descubriendo que ser el culpable cómodo no venía con manual de salida.
Sus padres, en cambio, parecían furiosos de una forma muy selectiva: contra el centro, contra Rodrigo, contra “las malas compañías”, contra la palabra homicidio circulando cerca del apellido Cuervo; no tanto contra la idea de que su hijo hubiera empujado, molestado y participado en “tensiones controladas” contra otro alumno.
Qué bonito era el amor familiar cuando llegaba con filtros.
Falcón abrió la reunión.
No con discurso.
Con una frase.
—Iván Luján fue asesinado dentro de este centro.
El asesor de la Fundación movió la mano.
—Directora, jurídicamente quizá convenga…
La inspectora Vega lo interrumpió:
—La muerte se investiga como homicidio. La directora puede usar la palabra asesinato en términos no procesales dentro de esta reunión. Si necesita matiz técnico, lo pondré yo.
Eloy Sainz cerró la boca.
Mi amor por Vega, ya bastante alto, subió un punto.
Falcón continuó:
—Esta reunión no servirá para cerrar relatos, desplazar responsabilidad ni proteger reputaciones.
Se celebra porque la Fundación la solicitó, porque las familias implicadas tienen derecho a ser oídas y porque la policía considera útil registrar determinadas afirmaciones en presencia de las partes.
No se tomarán decisiones de traslado sin autorización policial.
No se sancionará a alumnado durante esta reunión.
No se hablará de The Lookout como origen de los hechos. Y no se referirá a Iván como H-03.
Clara bajó la cabeza.
No sé si para respirar o para no romperse.
Eloy Sainz cruzó las manos sobre la mesa.
—La Fundación comparte plenamente el dolor por el fallecimiento de Iván Luján y desea colaborar con toda transparencia.
Precisamente por eso nos preocupa la proliferación de interpretaciones no verificadas que conectan hechos de 2014, dinámicas estudiantiles recientes y decisiones institucionales actuales de manera potencialmente perjudicial para menores vivos.
Menores vivos.
La frase fue un golpe bajo con zapatos limpios.