La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

—Hace dos años hubo una reunión familiar en la Fundación.

Rodrigo estaba allí, aunque no debía participar.

Álvaro mencionó que algún día “habría que cerrar del todo lo de la Ruta C” porque siempre quedaban papeles sueltos.

Rodrigo preguntó qué era. Álvaro le dijo que era una historia vieja de alumnos que no supieron aguantar una broma. Rodrigo se rio.

Darío, que no estaba en la sala, habría sabido qué hacer con esa risa. Yo la imaginé igual.

—¿Rodrigo sabía de Héctor Luján? —preguntó Clara.

Claudia tardó.

—Sabía el apellido.

—¿Y de Iván?

—No lo sé.

—Pero Iván Luján entra becado después.

—Sí.

—Y Rodrigo estaba en el colegio.

—Sí.

Clara volvió a sentarse.

No porque se calmara.

Porque si seguía de pie, quizá el cuerpo no le respondería.

Vega miró a Maël.

—¿Usted informó a alguien del centro este año sobre la participación de su hermano Hugo en los hechos actuales?

Maël frunció el ceño.

—No.

—¿Habló con Hugo?

—Sí.

—¿Le ocultó su presencia en Ruta C?

—Sí.

—¿Por qué?

Maël miró a Hugo por la pantalla.

—Porque no quería que me mirara como me está mirando ahora.

Hugo no se movió.

—Eso no es un motivo —dijo.

Maël cerró los ojos.

—No.

—Es otra forma de seguir mirándote a ti.

La frase dejó a Maël sin respuesta.

Hugo no necesitó más.

Vega preguntó entonces por Tomás Cuervo mayor.

Maël dijo que se fue al extranjero años después, que la familia seguía vinculada al patronato menor.

Claudia dijo que no tenía contacto. Ambos confirmaron que Tomás fue quien sostuvo la versión de que Héctor estaba junto al farol antes de la caída.

Ambos confirmaron que Álvaro Mencía se benefició de la limpieza.

Ambos confirmaron que la frase “Casa de los Intocables” circulaba, que no era oficial pero sí conocida, y que “Casa limpia” sí era una fórmula interna de cierre.

Casa de los Intocables.

Casa limpia.

La diferencia era brutal.

Una era la broma que decía la verdad.

La otra era el procedimiento que la enterraba.

Al final, Vega preguntó lo que todos sabíamos que iba a preguntar:

—¿Quién creen que pudo querer repetir Ruta C ahora?

Claudia no respondió.

Maël miró a Hugo, luego a Clara, luego a Vega.

—Álvaro Mencía.

—¿Por qué?

—Porque si los documentos salían, él era el más expuesto de los que seguían vinculados al sistema actual.

Arturo Arriaga está fuera. Claudia fuera del patronato.

Yo fuera. Tomás mayor lejos. Pero Álvaro Mencía seguía teniendo acceso, influencia, sobrinos dentro, relaciones con Fundación.

Si alguien encontraba H-03, encontraba a Héctor.

Si encontraba a Héctor, encontraba 2014.

Si encontraba 2014, encontraba su farol.

—¿Y matar a Iván? —preguntó Clara, con una calma terrible.

Maël se quedó sin voz.

Claudia contestó, casi inaudible:

—Sería una forma de advertir.

—No —dijo Clara.

Claudia la miró.

—¿Perdón?

—No diga advertir. Diga matar.

Claudia bajó la mirada.

—Matar.

La palabra no reparó nada.

Pero al menos no escondió.

La llamada terminó con citaciones formales, solicitud de documentación y advertencias legales. Claudia se desconectó primero. Maël se quedó unos segundos más en pantalla, mirando a Hugo.

—Hugo —dijo.

Hugo levantó la vista.

—No me pidas perdón ahora.

Maël cerró la boca.

—Hazlo ante la policía —añadió Hugo—. Todo. Sin dejar huecos para quedar mejor.

Maël asintió.

—Sí.

—Y después veremos si esa palabra sirve de algo.

La pantalla se apagó.

Durante unos segundos, nadie se movió.

La sala de prensa parecía más pequeña. O nosotros más grandes de golpe. No grandes en el buen sentido. Grandes de información. Grandes de horror. Grandes de algo que ya no se podía devolver al archivo sin que oliera.

Clara Marín se levantó.

—Héctor decía la verdad —dijo.

No a nadie en concreto.

A la sala.

A los años.

Al Aurora.

—Sí —respondió Vega.

Clara cerró los ojos.

—Y nadie volvió.

No había forma de contestar eso.

Porque también era verdad.

Nadie volvió por Héctor.

No en 2014. No meses después. No cuando dejó de estudiar. No cuando vio un farol y se le cerró el cuerpo. No cuando murió cuatro años atrás con una historia mal enterrada. No hasta que su hijo entró por la misma puerta creyendo que una beca podía ser reparación.

Y entonces ya era tarde.

Clara salió con Berta.

Nicolás se quedó sentado, mirando el lugar donde había estado Claudia en la pantalla.

—Mi familia no solo limpió —dijo.

Arriaga, desde la pared, respondió:

—No.

—Mi familia enseñó a limpiar.

La frase hizo que Alonso cerrara los ojos.

—Sí.

Nicolás se levantó.

—No sé qué hacer con eso.

Arriaga lo miró con una tristeza difícil de aceptar.

—Yo tampoco.

—Pues aprenda más rápido. Nosotros no tenemos años para esperar a que ustedes entiendan lo que heredaron.

Nicolás salió.

Hugo salió detrás.

La sala se vació poco a poco. Vega se quedó con Falcón y el subinspector, revisando notas.

Salvat recogió los documentos impresos. Arriaga permaneció junto a la pared, solo por primera vez desde que lo conocía.

No me dio pena. Todavía no. O no de una forma útil.

Pero lo vi menos como una figura y más como alguien que acababa de descubrir que su apellido no era solo peso: era herramienta.

Yo salí al pasillo.

Bruno estaba allí.

Siempre allí últimamente, cosa que una parte de mí agradecía y otra parte no sabía dónde poner. Se levantó al verme.

—¿Qué dijeron?

Le conté lo mínimo. Álvaro Mencía puso el farol. Héctor no. Claudia cayó. Maël miró. Arturo Arriaga limpió. Casa limpia era fórmula real. Iván fue beca de continuidad familiar. Rodrigo sabía más de lo que decía.

Bruno escuchó sin interrumpir.

Luego apoyó la cabeza contra la pared.

—Joder.

—Sí.

—No tengo otra cosa.

—Es suficiente.

Nos quedamos un momento así, en el pasillo donde el Aurora ya no parecía colegio ni cárcel ni casa. Parecía un edificio lleno de frases que por fin empezaban a pudrirse al aire.

Al fondo, la inspectora Vega salió del aula con Falcón.

—Vamos a solicitar orden para localizar a Álvaro Mencía y asegurar documentación del área de enlace con patronato —dijo.

—¿Y Rodrigo? —pregunté.

Vega me miró.

—Rodrigo Mencía queda bajo custodia de sus tutores legales dentro del centro hasta nueva orden. No puede comunicarse con Álvaro ni con otros investigados sin registro.

—¿Eso lo detendrá?

—No lo sé.

Me gustaba demasiado esa mujer para lo poco que prometía.

Falcón añadió:

—La Fundación ha intentado retirar a Rodrigo del centro.

—Qué sorpresa.

—No lo autoricé.

Eso sí fue sorpresa.

Falcón sostuvo mi mirada.

—Iván no sale de aquí como expediente cerrado. Rodrigo tampoco sale como apellido protegido.

No supe qué decir.

Así que dije la verdad más pequeña:

—Bien.

Esa tarde, por primera vez desde la muerte de Iván, The Lookout abrió su sala.

No al público.

No para publicar.

Para escribir.

Falcón lo autorizó bajo supervisión de Salvat y con copia para la policía. Entramos como quien entra en una casa incendiada. El tablón seguía con marcas de chinchetas. Los ordenadores estaban apagados. El aire olía a polvo y papel. Nora tocó la mesa central con la palma abierta.

—Hola, vieja imprudente —murmuró.

Celia colocó una hoja en blanco en el centro.

Arriba escribió:

Iván Luján.

Debajo:

Héctor Luján.

Luego, una línea.

No un título.

Una promesa de método.

No convertir nombres en códigos. No convertir crímenes en incidencias. No convertir silencios en prudencia.

Amina añadió:

—No convertir privilegio en clima.

Martina:

—No convertir cuidado en aislamiento.

Irene, después de mucho rato:

—No convertir miedo en culpa.

Nora:

—No convertir hambre en metáfora, salvo emergencia.

Celia la miró.

—Nora.

—Vale. Quita lo de hambre.

—Lo dejo en acta interna.

Yo cogí el lápiz.

Pensé en Iván. En su lista. En Clara. En Héctor diciendo que el farol no era suyo. En Maël mirando. En Claudia cayendo. En Álvaro Mencía poniendo el farol. En Rodrigo diciendo que la casa no caía porque una becada aprendiera a leer paredes.

Y escribí:

—No dejar que la casa escriba el final.

Celia miró la frase.

Asintió.

No publicamos nada.

Todavía.

Pero, por primera vez desde la galería antigua, sentí que escribir no era mover una culpa de sitio.

Era impedir que la movieran otros.

Y fuera, en los pasillos, la Casa de los Intocables seguía en pie.

Sí.

Pero ya no estaba limpia.