La casa de los intocables (Instituto Aurora nº 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

Hay muchas formas de invadir una habitación.

Una puede abrir la puerta de golpe, revolver cajones, dejar barro en el suelo, mover cosas de sitio.

Eso sería lo sencillo. Lo casi honrado, dentro de lo horrible.

Pero entrar en una habitación del Aurora y dejar un sobre blanco encima de una cama perfectamente estirada era otra clase de violencia.

Más limpia. Más íntima. Más de este colegio, para qué mentir.

Alguien no quería que pensáramos solo en la información.

Quería que pensáramos en la mano que había podido entrar, en la llave que había funcionado, en el registro que quizá no existiría, en el colchón donde yo tendría que acostarme después sabiendo que una persona había estado allí, junto a mis mantas, junto a mi almohada, junto a la camiseta vieja que usaba para dormir y que ya no me parecía tan mía.

Todos los intocables empiezan creyendo que la casa también los protege a ellos.

Y en el anverso, los cinco nombres ya no estaban tachados.

Héctor Luján.

Tomás Cuervo.

Álvaro Mencía.

Claudia Arriaga.

Maël Ferrán del Valle.

La habitación 214 se había convertido en una sala de interrogatorios improvisada, con menos sillas y más plantas.

Martina estaba de pie junto a la puerta, sin apartar la vista del pasillo, aunque Elvira acababa de colocar una prefecta en la escalera y Salvat había pedido revisar los accesos de Bruma.

Celia fotografiaba el sobre, la cama, el ángulo, el borde de la colcha, la distancia al escritorio, todo.

Amina, con la rodilla vendada, estaba agachada junto a la puerta examinando el suelo como si pudiera obligarlo a declarar.

Nora se había sentado en mi cama, luego recordó que alguien había dejado allí el sobre y se levantó de un salto con una cara de asco tan sincera que casi me hizo gracia.

Casi. Bruno estaba junto al armario, más callado que de costumbre, mirando el nombre de Maël Ferrán del Valle como si el papel tuviera peso físico.

Hugo no había dicho nada.

Eso era lo que más ruido hacía.

Había llegado cinco minutos después que Salvat, avisado por Martina.

Entró, vio nuestras caras, vio la foto dentro de la funda transparente y preguntó qué pasaba.

Nadie respondió. No hizo falta. Celia giró la foto hacia él.

Hugo leyó primero los nombres de arriba, supongo.

Héctor Luján. Tomás Cuervo. Álvaro Mencía.

Claudia Arriaga. Y entonces llegó al último.

Maël Ferrán del Valle.

Maël.

No un primo lejano. No un apellido casual en una familia con demasiadas ramas.

Maël Ferrán del Valle, el mayor de los dos hermanos de Hugo.

El mismo que había sido mentor de rutas.

El mismo que le había dicho por teléfono que dejara de preguntar.

El mismo que, desde el principio, había hablado de la Vigilia como alguien que sabía demasiado, pero siempre desde fuera.

Desde el cómodo lugar de quien cuenta una leyenda antigua sin aclarar que aparece en la foto.

Hugo miró el nombre durante tanto tiempo que pensé que iba a romper la funda con los ojos.

—No —dijo al final.

Una palabra pequeña. Casi infantil. Me dolió escucharla en su boca.

—Hugo —dijo Martina.

Él levantó la vista.

—No.

No era negación de la foto. No exactamente.

Era otra cosa. Era un intento desesperado de decir que su hermano no podía haber sido parte de eso, que su familia no podía estar tan dentro, que todas las conversaciones de los últimos días no podían haber ocurrido mientras Maël le escondía el dato más importante de todos.

Salvat tomó la foto con cuidado.

—¿Reconoces la imagen?

Hugo la miró como si le hubieran pedido reconocer un cadáver familiar.

—Sí. Es él.

—¿Maël?

—Sí.

—¿Edad aproximada en 2014?

—Dieciséis. O diecisiete. No sé. Yo era pequeño.

La frase lo dejó expuesto. Yo era pequeño.

Como si el hecho de haber sido niño entonces pudiera salvarlo ahora de la herencia.

O como si quisiera recordarnos que él no había estado allí, que no había elegido nada, que no había puesto ningún farol en ninguna ruta.

Y era verdad. Pero en el Aurora, por desgracia, una podía no haber elegido una historia y aun así despertarse con el apellido escrito dentro.

—¿Te dijo alguna vez que estuvo en Ruta C? —preguntó Celia.

Hugo negó. Muy rápido.

—No.

—¿Nunca?

—No.

—¿Estás seguro?

—Celia —dije.

Ella cerró la boca. No porque la pregunta fuera injusta en términos de investigación. Porque Hugo estaba mirándola como si cada “nunca” le arrancara algo.

—Mi hermano hablaba de la Vigilia —dijo Hugo—. De los faroles. De las rutas antiguas. Decía que se habían suspendido porque alguien hizo algo estúpido y el colegio lo tapó mal. Pero nunca dijo que él estuviera ahí.

—Quizá no quería implicarte —dijo Martina.

Hugo soltó una risa sin humor.

—O quizá no quería implicarse.

Nadie dijo nada.

Elvira entró entonces con una tablet y cara de muy malas noticias envueltas en protocolo.

—No hay registro de entrada en la habitación desde las veintiuna treinta —dijo.

—Eso es imposible —respondió Martina—. Nosotras no dejamos ese sobre.

—Lo sé.

—Entonces alguien entró sin registro —dijo Amina.

—O alguien alteró el registro después —añadió Bruno.

Elvira miró la puerta. Luego la tarjeta gris que yo llevaba colgada todavía, como si mi vida se hubiera convertido en una exposición permanente de acceso condicionado.

—Las habitaciones de Bruma no pueden abrirse sin credencial autorizada o llave maestra residencial.

—¿Quién tiene llave maestra? —pregunté.

—Prefectura, residencia, mantenimiento autorizado y dirección.

—Pocos sospechosos. Qué alivio.

Elvira no me corrigió. Mala señal.

Salvat se acercó a mi cama y observó la funda.

—El sobre no estaba bajo la puerta. Estaba sobre la cama.

—Gracias por recordarlo —dije—. Estaba intentando no imaginarlo.

—Hay que decirlo porque cambia la gravedad.

—Sí. Alguien entró en mi habitación.

—Y quiso que lo supieras.

Esa frase me dio más frío que el sobre.

Porque sí. Si el objetivo hubiera sido entregar la foto, la puerta bastaba. El escritorio bastaba. The Lookout bastaba. Pero la cama era otra cosa. La cama decía: llego hasta donde duermes. La cama decía: no solo controlo rutas antiguas, también tu cuarto. La cama decía: la casa tiene llaves.

Bruno dio un paso hacia la puerta.

—Alma no duerme aquí esta noche.

Martina se volvió hacia él.

—Eso no lo decides tú.

—No es seguro.

—Lo sé. Pero no lo decides tú.

Por un segundo pensé que iban a discutir, y me descubrí cansadísima. No de ellos. De ser el objeto alrededor del cual la gente tenía que negociar seguridad, autonomía, miedo, cuidado y todas esas cosas adultas que una preferiría aprender en cuotas más pequeñas.

—No quiero dormir aquí —dije.

Todos me miraron.

—¿Ves? —dijo Bruno.

—No lo estropees.

Cerró la boca.

—No quiero dormir aquí —repetí—. No porque Bruno lo diga, que conste y que alguien lo grabe para que no se emocione. No quiero porque alguien entró y dejó un sobre en mi cama, y me parece una señal bastante convincente de que mi cama y yo necesitamos un descanso.

Martina asintió.

—Puedes dormir en mi cama y yo en la de Nora.

—Perdón —dijo Nora—, ¿por qué mi cama entra en la negociación sin representación sindical?

—Porque tu habitación está al lado de la de Celia y tiene mejor ángulo de pasillo —respondió Martina.

Nora abrió la boca, la cerró.

—Odio cuando tenéis motivos buenos para invadir mi vida.

Salvat intervino:

—Dormiréis juntas en una habitación supervisada. No se decide ahora exactamente cuál. Y Alma no se moverá sin acompañamiento esta noche.

—Estoy aquí —dije.

—Lo sé.

—Lo digo porque habláis de mí como si fuera un jarrón con amenaza.

Salvat me miró por encima de las gafas.

—Los jarrones no suelen contestar.

—No me provoque, que estoy muy sensible con los objetos.

Hugo seguía mirando la foto.

No participaba en nada de eso. Ni habitación, ni llaves, ni registros. Su mundo se había reducido a un nombre.

—Tengo que llamarlo —dijo.

—No solo —contestó Martina.

—Es mi hermano.

—Precisamente.

Hugo la miró, y ahí apareció por fin la rabia.

—No necesito permiso para hablar con mi hermano.

—No he dicho permiso. He dicho que no lo hagas solo.

—¿Porque creéis que me va a manipular?

Nadie respondió lo bastante rápido.

Eso lo hirió.

—Genial —dijo—. Perfecto. Ahora también soy posible canal contaminado.

—Hugo —empecé.

—No. Tiene sentido, ¿no? Maël en la foto, mi familia en el programa, yo preguntando por rutas, yo empujando el carro del gimnasio, yo apareciendo en una lista falsa de intocables. A lo mejor todo esto funciona mejor si empezáis a mirarme también como sospechoso.

—No seas idiota —dijo Nora.

Todos la miramos.

Nora se encogió de hombros.

—Perdón, pero alguien tenía que decirlo con cariño.

—No tienes por qué defenderme —dijo Hugo.

—No te defiendo. Me molesta que te pongas dramático cuando podrías ser útil.

—Nora —dijo Celia.

—¿Qué? Es verdad. Hugo no es culpable de que su hermano salga en una foto igual que Iván no es culpable de que su padre sea H-03 y Nicolás no es culpable de que su apellido esté pegado a una firma sospechosa.

Si empezamos a aceptar que los apellidos son delitos, les estamos haciendo el trabajo.

Si empezamos a fingir que los apellidos no importan, también.

Así que, Hugo, deja de convertirte en estatua familiar y llama a tu hermano, pero con gente delante porque todos estamos hasta el cuello y ninguno tiene derecho a hundirse solo. Ya está. ¿Hay chocolate?

Hubo un silencio larguísimo.

Hugo la miraba como si no supiera si agradecerle o sentirse atropellado.

—Eso ha sido sorprendentemente sensato —dijo al fin.

—Lo sé. Estoy disgustada.

—Y violento.

—También.

Hugo respiró hondo. Luego sacó su tablet.

No llamó desde la red del colegio. Salvat le ofreció el mismo teléfono arcaico con el que Iván había llamado a su madre. Hugo marcó de memoria. Eso también dolió. Los números que una sabe de memoria pertenecen a gente que, para bien o para mal, ha estado demasiado dentro.

Maël respondió al cuarto tono.