Capítulo 15 #3
Alonso tardó un segundo.
—Sí.
Clara asintió despacio.
—Héctor decía que un Arriaga le preguntó si estaba dispuesto a arruinar su vida por una puerta que nadie iba a admitir que existía.
La sala se quedó sin aire.
Nicolás, desde el pasillo, debió de oírlo, porque vi su sombra moverse detrás del cristal.
Alonso no se defendió enseguida. Eso le dio un punto que no quería darle.
—No sé quién dijo eso —respondió—. Pero voy a averiguarlo.
—Más le vale —dijo Clara.
No gritó.
No hizo falta.
Después de la reunión, Falcón suspendió formalmente cualquier actividad vinculada a la Vigilia durante el resto del curso, no solo hasta nueva orden.
Los faroles serían retirados. Las rutas cerradas.
Los accesos técnicos bloqueados por seguridad externa.
The Lookout seguiría suspendido, pero Salvat consiguió autorización para que guardáramos un archivo de pruebas bajo supervisión adulta.
No era libertad. Era una rendija. A veces, en el Aurora, una rendija era suficiente para meter el pie.
Tomás seguía en convivencia.
No habían podido probar que manipulara la estructura.
Sí que estaba cerca. Sí que había rozado a Iván el día anterior.
Sí que había mentido sobre su presencia junto a la zona de vestuarios.
Sí que había recibido dos mensajes de una cuenta interna no identificada antes de cada incidente.
Él decía que no los abrió. Gómez Rivas decía que sí se abrieron desde su dispositivo.
Tomás decía que alguien pudo usar su tablet.
Qué ironía. De pronto la suplantación, que cuando nos pasaba a nosotras parecía paranoia, empezaba a parecerles posible a otros.
A las nueve de la noche, Rodrigo Mencía pidió hablar con dirección.
A las nueve y veinte, Tomás Cuervo fue señalado extraoficialmente como responsable probable de la manipulación de la estructura.
A las nueve y treinta, Darío Mencía dejó de sentarse con él.
Así de rápido.
El culpable cómodo empezaba a estar listo para ser entregado.
Lo vimos desde la galería de Bruma, porque Laura nos avisó.
Tomás salió de convivencia con dos prefectos, llorando de rabia o miedo, no lo sé.
Rodrigo estaba al fondo del pasillo, hablando con Falcón y Arriaga.
Darío, apoyado en una columna, lo observaba con una expresión rara.
No satisfacción. No culpa. Algo más sucio: alivio.
—Lo van a cargar a él —dijo Laura.
—¿Es inocente? —preguntó Nora.
Laura tardó.
—No.
—¿De todo?
—Tampoco.
Ahí estaba el problema.
Tomás era culpable de pequeñas crueldades útiles. Lo bastante culpable para que diera asco defenderlo. Lo bastante pequeño para que fuera cómodo sacrificarlo. Lo bastante cercano a Rodrigo y Darío para absorber barro sin manchar la alfombra principal.
—Tenemos que hablar con él —dije.
Martina ni siquiera suspiró. Ya me conocía demasiado.
—No sola.
—No sola.
Bruno, a mi lado, dijo:
—Y no ahora.
—No ahora —acepté.
Nora me miró.
—Me asusta tu cooperación.
—A mí también.
Pero no era cooperación. Era otra cosa. Era cansancio, sí.
Era miedo. Era Iván sentado junto a su madre.
Era Héctor Luján repitiendo durante años que el farol no era suyo.
Era Nicolás convertido en usuario de una impresora.
Era Hugo herido por detener un carro. Era Tomás llorando en un pasillo y Darío aliviado en una columna.
Y era, sobre todo, una certeza nueva.
La Casa de los Intocables no protegía a todos los privilegiados por igual.
También tenía escalones.
Arriba estaban los que decidían.
Debajo, los que obedecían.
Y más abajo, los que podían ser entregados cuando el edificio necesitaba seguir limpio.
Tomás Cuervo acababa de descubrir que estar cerca de los intocables no era lo mismo que ser uno.
A las once, cuando por fin volví a la habitación, encontré un sobre encima de mi cama.
No bajo la puerta. No en el pasillo. Sobre mi cama.
Martina se quedó inmóvil detrás de mí.
—No lo toques.
—No pensaba.
Mentira. Pero bonita.
Llamamos a Salvat. Luego a Elvira. Luego a Amina, porque a esas alturas la cadena natural de custodia incluía a una alumna con rodilla vendada y mejor criterio que medio comité. El sobre era blanco, sin sello, sin nombre. Dentro había una copia de una foto antigua.
La misma Ruta C/03.
Pero esta vez no estaban tachados los nombres.
Cinco alumnos.
Héctor Luján.
Tomás Cuervo mayor —probablemente hermano o primo del actual Tomás—.
Álvaro Mencía.
Claudia Arriaga.
Maël Ferrán del Valle.
La sangre se me heló al leer el último.
Ferrán del Valle.
Hugo.
O, mejor dicho, su familia.
Martina me miró.
Yo miré la foto.
En el reverso, una frase escrita a mano:
Todos los intocables empiezan creyendo que la casa también los protege a ellos.
No dormimos.
Claro.
Porque ya no estábamos buscando solo quién había limpiado a Héctor Luján.
Estábamos viendo, por primera vez, la arquitectura completa de la casa.
Y en esa casa, incluso algunos apellidos grandes podían ser usados como paredes falsas.
Solo había que esperar a que alguien necesitara derribarlas.