Epílogo. El sello
Clara no se quedó a vivir en Robledal, pero tampoco se fue del todo. Conservó la casa de la puerta verde, con la persiana de Lucía para siempre subida. Y bajaba de vez en cuando a ver a su padre, que se apagaba despacio, sobrio y triste, en el pueblo donde había callado toda su vida.
Volvió a su trabajo en la ciudad, a su piso, a la apariencia de su vida de antes. Pero ya no era la misma. Ya nadie que ha removido algo así vuelve a ser el mismo.
Una tarde, meses después del juicio, ordenando la carpeta donde había guardado todos los papeles del caso, las copias de las cartas, las fotos, los informes que el juzgado le había permitido conservar, Clara se detuvo en el informe forense de los restos de Lucía.
Lo había leído mil veces. Pero esa tarde, no sabría decir por qué, se fijó por primera vez en el membrete del laboratorio privado que había hecho el cotejo de ADN, el subcontratado por el instituto forense para aquel caso con tantas víctimas y tan pocos medios locales.
Un logotipo azul. Un nombre. Y, debajo, una dirección.
El laboratorio no estaba en la capital de su provincia.
Estaba en otra ciudad, a cierta distancia, en una comarca distinta.
Y el nombre de la empresa, ahora que se fijaba, le sonaba.
No de aquel caso. De otro sitio. De algún recorte, de alguna noticia que había leído mientras se documentaba sobre desapariciones, en aquellas noches de insomnio en que había empezado a darle vueltas a lo que Laura le decía del mapa.
Clara cogió el teléfono y, casi sin pensarlo, buscó el nombre del laboratorio en internet, junto a la palabra «desaparecidos».
Y lo que encontró le heló la sangre de una manera nueva, una manera que ya no era solo sobre Lucía, ni sobre Robledal.
Aquel mismo laboratorio, aquel logotipo azul, había aparecido años atrás vinculado a otro caso, en otro pueblo, en otra comarca.
Un caso de registros, de identidades, de niños.
Algo de adopciones irregulares que en su momento no había llegado a nada y que la prensa apenas había recogido.
El mismo laboratorio. En dos casos de niños desaparecidos, a kilómetros y a años de distancia.
Podía ser casualidad. Probablemente era casualidad. Había pocos laboratorios privados de ese tipo y era normal que el mismo apareciera en varios casos. Eso se dijo Clara, mientras miraba la pantalla. Eso intentó decirse.
Pero pensó en Laura. En el coche viejo y la libreta gastada.
En «una pieza de algo más grande». En las familias venidas de otros pueblos a la sala del juicio.
Pensó en su hermana, que a los catorce años había atado un cabo que nadie quería que atara, y que por eso había muerto.
Y pensó que ella, ahora, acababa de atar otro.
Abrió el cajón. Sacó la tarjeta que llevaba meses guardada: un nombre, un número, el logotipo modesto de una periodista freelance. Laura.
La miró un largo rato. Afuera, en la ciudad, anochecía, y las luces se encendían en mil ventanas tras las que vivían mil familias con sus mil silencios.
En algún pueblo, a aquella hora, una madre guardaría una caja de cartas en un cajón.
En algún archivo, alguien ordenaría unos expedientes que no cuadraban.
En alguna casa cerrada, una persiana llevaría veinte años bajada.
Clara cogió el teléfono y marcó el número de la tarjeta.
—¿Laura? —dijo, cuando descolgaron—. Soy Clara Heras.
La de Robledal. —Respiró hondo, mirando el membrete azul del informe forense sobre la mesa—.
Ya puedo. Quiero ver el mapa entero. Y creo...
creo que tengo una pieza nueva que enseñarte.
Un laboratorio. Un sello azul. Que aparece donde no debería. —Hizo una pausa—. ¿Cuándo nos vemos?
Al otro lado de la línea, en otra ciudad, una periodista que llevaba años dibujando un mapa imposible cerró los ojos y sonrió. Y supo que acababa de encontrar, por fin, a la persona que la ayudaría a completar la siguiente esquina.
Pero esa, la del sello azul, la de los nombres falsos y los niños que no constaban, era ya otra historia. Era la historia de otro pueblo que callaba.
FIN