El juicio
Él no la miró a ella. En dos años de cárcel preventiva, el hombre que caía bien a todo el mundo se había apagado.
Seguía teniendo la sonrisa a mano, pero ya no funcionaba, ya nadie se la compraba.
Su defensa intentó lo previsible: que no había pruebas directas de que él hubiera matado a nadie, que el acceso a la cantera lo tenía medio pueblo, que las niñas podían haberse ahogado en accidentes a lo largo de los años, que la declaración de Marta era el testimonio interesado de una mujer ya fallecida y frágil por la enfermedad.
Pero el caso era de hierro, y lo era por todo lo que Clara y Marta habían ido juntando, pieza a pieza: la declaración firmada de Marta ante el juez, ratificada en vida; lo que Nando y Marcos sabían de los últimos días de Lucía; las cartas peritadas, copiadas del diario y franqueadas en las rutas de Tomás; la ropa con el barro, el pendiente en la orilla, los restos con fracturas no accidentales; y la libreta negra de favores hallada en su despacho, un mapa de a quién tenía atrapado y por qué.
El fiscal lo resumió en una frase que los periódicos recogieron al día siguiente: «No juzgamos a un hombre. Juzgamos un método.»
Condenaron a Tomás por el asesinato de Lucía Heras y de Sara Vidal, los dos casos en que las pruebas eran concluyentes, y dejaron abiertas las investigaciones por los otros restos.
La pena fue la máxima. Cuando el presidente del tribunal leyó el fallo, Clara no sintió la euforia que había imaginado durante años.
Sintió un cansancio inmenso, un vacío, y una pena antigua que ninguna sentencia podía llenar.
Lucía no volvía. Marta no volvía. Treinta años de niñas no volvían. La justicia llegaba, al final, pero llegaba como llega siempre: tarde, sobre las tumbas.
Lo único que se parecía a un consuelo fue ver, en la sala, a las otras familias.
Las de los otros restos. Madres y padres y hermanos de niñas de otros años, de otras décadas, que habían vivido también con su caja de cartas falsas y su persiana bajada.
Y que ahora, gracias a que una mujer enferma se había atrevido a hablar y a que su hija había hurgado hasta el fondo, tenían por fin un nombre que llorar y un culpable a quien señalar.
Algunas de esas familias no eran siquiera de Robledal. Eran de pueblos cercanos. Y ese detalle, ese goteo de familias venidas de otros pueblos de la comarca, fue lo que terminó de convencer a Clara de que Laura, la periodista del coche viejo, tenía razón.
Aquello era más grande que Robledal.
A la salida del juicio, entre el revuelo de cámaras, Laura la estaba esperando, apoyada en su coche, con la libreta de siempre. No le puso un micrófono delante. Solo la miró, y Clara le devolvió la mirada, y entre las dos se cruzó algo que no necesitó palabras. Clara se acercó.
—Tenías razón —dijo Clara—. Hay más pueblos. Lo he visto ahí dentro. Familias de otros sitios.
Laura asintió despacio.
—Lo de Robledal es una esquina de un mapa muy grande, Clara —dijo—.
Llevo años intentando dibujarlo. Pueblos que callan.
Niñas que «se van». Familias que prosperan.
Y, debajo de todo, siempre, gente respetable, de la que nadie sospecha.
—Hizo una pausa—. No te lo cuento para meterte en esto.
Ya has hecho más que nadie. Te lo cuento porque creo que tienes derecho a saber que lo de tu hermana no fue mala suerte de un pueblo aislado.
Fue una pieza de algo. Y yo sigo dibujando el mapa.
Por si algún día quieres ver el dibujo entero.
Clara miró a la periodista. Miró su coche viejo, su libreta gastada, sus ojos cansados e insistentes. Y supo que algún día querría ver el dibujo entero. Pero todavía no. Todavía tenía que enterrar a sus muertos del todo, dentro de sí, antes de poder ir a buscar los de otros.
—Algún día —dijo Clara—. Te llamaré algún día. Cuando pueda. Guárdame un sitio en ese mapa.
—Te lo guardo —dijo Laura.
Y las dos mujeres se separaron en la escalinata de la Audiencia, bajo el ruido de las cámaras. Clara guardó otra vez la tarjeta. No la llamaría ese día, ni el siguiente. Pero ya no la tiraría nunca.