Capítulo 10 La verdad de Eleanor #2
Eleanor sintió entonces la tensión de los tiempos: la insistencia del sentido práctico y la insistencia de la pasión.
Se asomó al fuego con el rostro blanqueado por la vela y se dijo con honestidad que su deseo de conservar al niño no era sólo por egoísmo maternal; era por una verdad íntima que la definía.
El pensamiento la asustó: que su identidad, escondida tras mesas y recetas literarias de buen nombre, se arruinara si renunciaba a retener a la criatura.
La idea de ser la dueña de su propia decisión la iluminó con una claridad nueva: ella quería la criatura, no quería delegarla como quien quita un mueble que molesta.
—¿Qué haremos entonces? —preguntó, y la pregunta quedó como una piedra que se lanzaba al estanque del diálogo.
Thomas se acercó y tomó la mano de Eleanor, con la brusquedad de quien trabaja con herramientas, con la ternura que no sabía pronunciar en palabras pomposas. Sus dedos eran fuertes y cálidos; ella percibió el latido contenido de su pulso, un ritmo que le habló de vida laboriosa.
—Hagamos lo que podamos para sostenerte aquí —propuso—.
Pediré a dos hombres de confianza que te acompañen cuando vayas al mercado, que digan que estamos comprometidos en secreto si alguien pregunta.
Prepararé el cuarto de costura para que parezca que te ocupas de labores y no de otros asuntos.
Pondré dinero a nombre de un contratista para que parezca una deuda o una obra, de modo que tengamos fondos.
No será fácil, pero podemos construir un frente de normalidad.
Y si llegada la hora la situación se torna insostenible, aún tendremos la opción de partir.
No quiero promesas vacías, quiero pasos claros.
Eleanor dejó que la propuesta se desplegara en su imaginación como un plano: pequeñas soluciones prácticas apiladas hasta formar una estructura.
Le gustó la sensación de que Thomas trazara una ruta compuesta de obras y nombres.
Le recordó por qué se había enamorado: por su capacidad de hacer del mundo un objeto que se puede intervenir.
La idea de que su vida pudiera ser obra, que pudiera ser enmendada con medidas concretas, le dio alivio.
Sintió, por un momento, que la tensión se aflojaba.
—¿Y tu trabajo? —repitió ella, pensando en sus manos, en el martillo y el andamio—. ¿No se resentirá todo esto?
Thomas sonrió con esa mezcla de orgullo y pesadumbre que venía con su oficio.
—Mi trabajo siempre se resentirá —dijo—. He pagado martillos rotos con noches de insomnio. Pero una obra se puede aplazar; no así una vida que crece en ti. Este es un tiempo que no habrá manera de devolver. Me las ingeniaré.
Hablaron de cosas menores. Hicieron pequeños pactos: nombres que no dirían, testigos que simularían escenas, cuentas que harían parecer legítimas.
Planearon el reparto de las cartas para que ninguna mano malintencionada pudiera leer la correspondencia.
Thomas, con una calma que era casi ternura, le explicó cómo escondería la documentación en huecos de la casa: en las vigas del tejado donde nadie miraba y en los libros gastados de la biblioteca, detrás de un papel que ya nadie abría.
Ella pensó en la ironía de ocultar verdades entre las páginas que habían de servir para explicar el mundo.
Luego hubo un espacio en la conversación que se abrió como una puerta hacia lo íntimo.
Se miraron sin prisa, como dos artesanos que miden una pieza antes de unirla.
La proximidad de sus cuerpos era una promesa y, a la vez, una falta de certeza.
Eleanor sintió su respiración acompasarse con la de Thomas.
El latido de su corazón se acompañó del crujir de la casa, del viento que golpeaba los postigos, del rumor lejano de la marea.
Hizo el gesto de apoyarse en él y él la sostuvo con la naturalidad de quien acepta una carga sin más explicación.
—Te amo —susurró sin adornos, porque las palabras más sencillas a menudo eran las que más pesaban.
Thomas la besó de una manera que no era teatral sino rigurosa: los labios presionaron y se soltaron, como si quien besa supiera que cada contacto debía ser medido para no romper la serenidad de lo construido.
La boca de Thomas tenía en ella el sabor del trabajo y de la tierra: sal y barro, una mezcla que a Eleanor le devolvía la idea de pertenencia.
No fue un beso de alardes; fue un compromiso en miniatura, uno que contenía la promesa de presentes arduos y noches en vela.
Cuando se separaron, las palabras volvieron de nuevo, inevitables.
—Si algo pasa —dijo Eleanor, con una voz que ya no podía esconder su miedo—, prométeme que nunca te arrepentirás. Prométeme que, aunque te veas obligado a elegir, pensarás en nosotros.
Thomas la miró con ojos enrojecidos, no por la emoción sino por la fatiga de la constante vigilancia que la vida le imponía. Tomó su mano otra vez y la apretó con fuerza.
—Te lo prometo —contestó—. Lo que decida lo haré con la honestidad de quien ha sabido medir sus actos. No te dejaré sola si puedo evitarlo. Y si debo alejarme, volveré. Es una palabra que doy con la única garantía que tengo: mis manos.
Eleanor aceptó esa promesa con el temple de quien sabe que en esos tiempos las garantías son contratos de palabra que se sostienen en la buena fe.
Lo que en la modernidad del presente podía sonar ingenuo allí se presentaba como una lifeline: una cuerda lanzada para sostener otra vida.
No había espacio para juramentos espectaculares; sólo existían pequeñas fidelidades cotidianas que podrían convertirse, con el tiempo, en un tejido capaz de envolver y proteger.
Los dos se sentaron durante un tiempo sin hablar, escuchando la casa.
La noche afuera seguía desplegando su voz: una rama golpeando la pared, el batir de una gaviota que se atrevía a pasar sobre el agua.
Dentro, los relojes de pared marcaban la hora con una precisión que parecía indiferente a la condición humana.
Eleanor, apoyada en el hombro de Thomas, dejó que la cabeza hiciera el peso de la acumulación de meses, de días en que había guardado la noticia en la boca, de noches en que no se había atrevido a tocar la almohada sin pensar en el futuro.
Recordó, entonces, una tarde de verano no tan lejana en la que había mirado una plancha de arroz en la cocina mientras su madre hablaba por debajo de su voz sobre la "importancia de un buen apellido".
Sintió cómo ese latigazo de memoria la obligaba a encontrar sentido a su elección.
No podía simplemente dejarse llevar por la pasión.
Había que hacer de su amor una estructura viable, y eso significaba medir recursos, trazar planes, aceptar que el amor se conformaba en la práctica tanto como en el deseo.
—Mañana —dijo de pronto, rompiendo la quietud—.
Iré al taller temprano y hablaré con Macgregor.
Le diré que necesito que me cubran durante unos días.
No sé si aceptará, pero lo intentaré. Y también hablaré con el señor del muelle.
Si conseguimos un pasaje, lo pagaremos con lo que tenemos en secreto en la caja del contratista.
No será mucho, pero bastará para empezar.