Capítulo 10 La verdad de Eleanor
La noche se deslizó sobre Ashford Manor con la lentitud de una cortina pesada.
Eleanor permaneció junto al ventanal del salón de estar, la tela de su vestido recogida en los dedos como si temiera que el gesto la delatara.
Afuera, el jardín se deshacía en sombras; el estuario reflejaba un papel oscuro, con pequeñas arrugas que eran las olas, y más allá la línea del horizonte parecía un cuchillo.
Dentro, la casa conservaba un calor discreto en los rincones donde la leña había hecho su trabajo; olía a humo, a cera y a nogal.
La luz de las velas tallaba el rostro de Eleanor en un relieve que le resultaba extraño: un perfil que le pertenecía y, al mismo tiempo, le parecía prestado por las generaciones que la habían precedido.
Pensó en la fragilidad del silencio: cómo, en esa casa, los silencios tenían volumen, ocupaban formas como muebles.
Había aprendido a escucharlos desde niña, a distinguir entre el silencio de la noche y el silencio de la espera.
Esta vez el silencio era una tensión que se alimentaba de palabras que aún no había pronunciado.
El peso en su vientre, apenas una decisión de carne, la obligaba a medir cada sílaba.
No era sólo su cuerpo; era la conciencia de que dentro de ese secreto, en la sombra del misterio social, se jugaban reputaciones y destinos.
Había una puerta entreabierta que dejaba ver la silueta de unas escaleras gastadas; la escalera que siempre había parecido a Eleanor la columna vertebral de la casa, un eje donde se sostenían historias.
Pensó en la ironía de su situación: una mujer que había pasado la vida adiestrándose en el decoro ahora tenía frente a sí una verdad que desbordaba toda la educación posible.
Era evidente que su mundo estaba cifrado por costumbres: las cosas que se podían decir en voz alta y las que debían murmurar los dobladillos.
La criatura—la palabra que usaba en su diario mental cuando no quería nombrarla—estaba colgando de ese filo.
Cuando Thomas entró, lo hizo sin la grandilocuencia de un intruso; entró como alguien que había sido marcado por la casa tanto como ella misma.
Sus botas estaban polvorientas, la chaqueta con olor a trabajo y a aceite, y en la mandíbula el atisbo de una barba que no se dejaba domesticar del todo.
Traía en la mano un sobre pequeño y doblado, y en la mirada una concentración que ella conocía: la de quien se ha hecho a sí mismo con la práctica del hacer.
Ella lo miró con una mezcla de alivio y temblor.
Cada vez que estaba cerca de él experimentaba esa sensación de orden que precede a una posibilidad peligrosa: la convicción de que las cosas podían reacomodarse si se aplicaba el trabajo suficiente.
Thomas, que era en el fondo un constructor más que un orador, tenía la fe en el trabajo manual que a Eleanor le parecía una forma de moral.
Para él los planes eran planos que se podían trazar y seguir.
Para ella, los planes eran mapas sobre los que se deslizaban emociones.
—Llegué antes de lo pensado —dijo Thomas, depositando el sobre sobre la mesa con la suavidad que se da a un objeto frágil—. Fui al muelle.
Eleanor dejó que la frase hiciera su trabajo sobre ella. El muelle evocaba distancias y salidas; evocaba la idea de un lugar donde el agua podía tragarse las cosas y devolverlas distintas. Ella sostuvo su respiración sin darse cuenta, midiendo la entonación del hombre frente a ella.
—¿Y has hablado con quien debías? —preguntó, manteniendo la voz baja.
Thomas se sentó en el sillón frente al fuego. La llama le proyectaba sombras en la frente, como si estuviera leyendo algo en la piel. Sus dedos buscaron la cera de la vela y la apretaron un segundo, como para cerciorarse de que lo que decía era real.
—Sí —contestó—. Hay un señor en la ciudad que conoce gente que se embarca sin hacer muchas preguntas.
No es Inglaterra profunda; es un lugar donde nadie pregunta por linajes.
Cobran un coste, pero podría conseguir pasaje para ti y para la criatura.
Si queremos que se pierda la huella, ese hombre sabe traerla.
Eleanor cerró los ojos con un movimiento breve.
Imaginó su propio rostro en un barco, el vestido envuelto, la melena suelta al viento, el bebé durmiendo contra su pecho.
La imagen le produjo tanto consuelo como vértigo.
Los barcos le parecían un remedio y una condena a la vez: remedio porque alejarían la posibilidad de escándalo; condena porque arrancarían de raíz todo lo que conocía, incluida la certeza de que el viejo mundo, aunque opresivo, era al menos predecible.
—¿Y Thomas? —interrogó con una contracción en la voz que quiso disimular—. ¿Vendrías con nosotras?
Hubo un silencio. Thomas dejó la taza de té que no había terminado y pasó la mano por el dorso de su cuello, un gesto de cansancio que tenía más que ver con el pensar que con el cuerpo.
—No puedo dejar la obra en cualquier momento —dijo con la honestidad de quien no promete lo que no puede cumplir—.
Hay materiales que deben llegar, obreros que dependen de los contratos.
Pero puedo organizarlo de modo que te asegures un pasaje y que alguien cercano cuide de que no falte nada.
No quiero que la criatura vaya a la deriva, Eleanor.
Si pudiera, me iría contigo, pero sabemos que huir no es sólo tomar una barca: es dejar un oficio, es renunciar a los únicos medios que me permiten sostenerte luego.
Ella sintió la familiar punzada de desilusión, esa pérdida pequeña y recurrente que venía con las conversaciones prácticas.
Thomas no era un héroe literario; era un hombre real, con límites y obligaciones.
Esa constatación, en cierto sentido, le dio confianza: el hombre no ofrecía promesas desmedidas.
Sus manos, rudas por la sierra y el martillo, se cerraron en un punto que parecía contener dolor y firmeza a la vez.
—Podríamos casarnos —sugirió ella en un hilo de voz, sin saber si la proposición brotaba de la cabeza o del corazón—. Dejaría de ser un escándalo si nos casamos.
Thomas inclinó la cabeza en una expresión que mezclaba ternura y frustración.
Para él la palabra "casamiento" implicaba pedir permiso, escribir nombres ante rectorados que, probablmente, leerían con la severidad de siempre.
Sabía, además, que la posición social de Eleanor haría del matrimonio una operación en la que no bastaba el deseo de dos personas, sino la conformidad de familias y redes.
—Lo sé —repuso—. Pero no creo que tu padre lo permita. Incluso si accediera, las habladurías no cesarían. Y si tu familia se opone, el matrimonio sería un golpe que podrías pagar en reputación. Me preocupa que te condene a una vida de ostracismo. No quiero eso para ti ni para la criatura.
Ella observó su mano sobre la mesa, la palma untada de aceite, con marcas de clavos como mapas de recorridos.
Le parecía que sus manos contaban una historia que la boca no podía sostener: la de un hombre que había construido puentes y paredes y que ahora quería tender uno que no podía sostener con el propio nombre.
El amor que sentía por él era, en la intimidad, una decisión que había tomado muchas veces: preferir la compañía a la seguridad social.
Pero la seguridad—esa palabra—tenía un peso que no podía disolver con mera voluntad.
—Si no podemos casarnos —dijo al fin—, podríamos fingir que parto para un convento por unos meses. ¿O que viajo a ver a una tía? Hay mil pequeñas verdades que se pueden usar. La sociedad escucha mejor a las excusas que a los hechos.
Thomas sonrió con una tristeza que le intensificó las arrugas alrededor de los ojos. Conocía las astucias de las mujeres que se movían entre deber y deseo; conocía también la eficacia cruel de la moral pública que nunca deja de morder.
—Eleanor, ninguna de esas soluciones es segura —replicó—. La gente no olvida. Y los chismes vuelan más rápido que el viento. Si quieres que el linaje de la criatura quede limpio, hay que pensar en algo más radical.
Ella dejó escapar una risa breve que sonó como una cuerda tensándose.
"Radical" era una palabra que los dos comprendían de maneras distintas.
Para él, la radicalidad era salir de la comarca y no regresar.
Para ella, radicalidad era la renuncia a la familia y al apellido que la conformaba.
Pensó en su madre, en la manera en que las cosas se decían en voz baja cuando se consideraban graves: "proteger la reputación", "no dar discurso", "un parentesco que no se declara".
La reputación, entendió con claridad, era algo que se heredaba con más fuerza que cualquier bien.
—Y si la criatura fuera entregada —murmuró, sorprendida por la dureza que percibió en su propia voz—. Si la entregáramos en adopción, con un nombre nuevo; si alguien se hiciera cargo sin preguntar.
Thomas la miró con una incredulidad que no era de reproche sino de dolor compartido.
La idea de entregar a la criatura, aunque planteable, le resultaba brutal en su simplicidad.
Para él era renunciar a un vínculo que ya había empezado a formarse en el vientre de ella.
No era un pensamiento que pudiera aceptar sin que algo en su pecho se cerrara.
—No—dijo con decisión humilde—. No puedo permitirlo. Si es mi sangre, será cuidada por mí en algún modo. Si no puedo estar presente, haré lo posible por que tenga una vida segura, aunque eso signifique trabajo sin descanso. No permitiré que se la lleven a manos extrañas sin tener alguna garantía.