La Casa de los Ecos Capítulo 9 El encuentro #2
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Capítulo 9 El encuentro #2

—La conocía —confesó con un murmullo—. El retrato está en el inventario de la familia desde hace años.

Siempre me llamó la atención la precisión del dibujo; no es sólo belleza, es una identidad que mira hacia adentro.

Por eso mi padre y yo nos detuvimos en su caso.

Hay una suerte de obsesión profesional: las casas te cuentan más de lo que permiten oír.

Margaret registró el punto en que la conversación cambió de la documentación a la complicidad.

No era una amistad nueva; era una alianza en ciernes, nacida en la necesidad de trenzar datos que, hasta entonces, habían estado aislados por voluntades contradictorias.

Había, además, una resonancia física en la presencia de James: su cercanía le daba calor en una mañana que seguía fría; su tono medido era un contrapeso a su propio nerviosismo.

—¿Crees que alguien borró deliberadamente el nombre? —preguntó sin formular la acusación que le pululaba entre los dedos.

—No puedo decirlo con certeza —replicó James con firmeza—.

Hay indicios que permiten formular hipótesis.

Por ejemplo, en los contratos de término de obra firmados por miembros del condado hay una mano que, en ocasiones, borra o tacha sin que se haga constar la corrección.

Eso sugiere que alguien con acceso y con intención trató de limpiar lo que el registro tenía.

Pero puede haber otras explicaciones: muertes sin identificar, el uso de seudónimos, el simple desgaste de las hojas.

Hay que comprobar a partir de evidencias.

Margaret respiró. Se había prometido a sí misma que no se dejaría arrastrar por la narrativa romántica del misterio; sin embargo, estar ante las páginas la hacía más curiosa que temerosa.

Tenía ese instinto de restauradora que la llevaba a no contentarse con la superficie.

¿Cuál era el grado de manipulación? ¿Quiénes habían tenido interés en borrar nombres?

¿Qué implicaba eso para la mujer del retrato que le recordaba su propia cara?

Decidieron, sin grandes ceremonias, ir a los microfilmes.

James llamó al bibliotecario —una palabra que fue suficiente para que el hombre acariciara los botones de la máquina de microfilm— y trajeron una lata de rollo de película.

El cuarto de reprografía era pequeño y olía a aceite; una luz verde parpadeante iluminaba la mesa donde la pantalla presentaba columnas menudas de texto.

Malcolm Reid no formaba parte de aquello; el encargado de la finca tenía otras prioridades, pensó Margaret, pero la relación entre los archivos de la villa y la casa no quedaba reducida a él.

Mientras desplazaban la película, Margaret notó el movimiento tranquilo de las manos de James; sus dedos eran largos, las uñas cuidadas, la manera en que empujaba la palanca le sugirió la experiencia de quien ha pasado horas leyendo papeles antiguos.

No era un hombre que impusiera una masculinidad ruda; era, más bien, alguien con la paciencia de la restauración.

A Margaret aquello le resultó inesperadamente atractivo.

Hubo una página en la que la tipografía se abrió como una herida estrecha: una nota de obra, luego un salto y, acto seguido, un espacio en blanco que se tragaba la continuidad. James, con un gesto, detuvo la cinta y respiró.

—Aquí —dijo—. Fíjate en la separación. No es un doble espacio de impresión; es una zona que fue alterada. En el original debe haber habido material raspado.

Margaret miró con la lupa que el aparato ofrecía; el blanco tenía una textura distinta, una fibra del papel que parecía levantada.

Llevó la yema del dedo a la boca sin darse cuenta; el impulso de tocar lo que había sido tocado.

Algo en ese gesto la sorprendió: la combinación de tacto y la distancia técnica con que intentaba medir lo intangible.

—¿Se ven las huellas? —preguntó, siguiendo su método de probe—. Si raspas, queda una textura. A veces un borrado no es perfecto y deja una sombra.

—Sí —contestó él después de un instante—. Hay una sombra. En el margen hay un resto de tinta en la forma de una letra: una T quizás, o una parte de ella. Pero está incompleta. Alguien intentó borrarla y no lo logró por completo.

Margaret sintió un temblor que no era de miedo sino de confirmación.

No sabía por qué una T le resultaba significativa más allá de lo personal; sólo que el trazo incompleto parecía resonar con el nombre del hombre que había amado a la mujer del retrato.

Evitó decirlo en voz alta: la mente cómo buscaba coincidencias era un terreno resbaladizo.

En lugar de eso, preguntó por fechas, por notarías, por cualquier cosa que permitiera ligar el contrato con una persona.

—¿Hay testigos en las facturas? —inquirió—. Nombres de carpinteros, pagadores, proveedores.

James desplegó una lista y, con la frialdad de quien clasifica, fue marcando con el lápiz.

—Sí. Hay obreros, proveedores de piedra, un par de carpinteros de la zona.

En una o dos facturas aparece un nombre repetido: un Thomas, firmado de puño y letra.

Luego, en otra hoja del mismo cuaderno, hay un interlineado donde esa firma no aparece.

Es casi como si alguien hubiera decidido que ese puño de letra no debía figurar en el libro oficial.

Hablaron en voz baja, como si la tinta pudiera oírles.

Margaret se mostró prudente: cada afirmación era una pieza que, si se colocaba incorrectamente, podía convertir conjetura en acusación.

Pero la tela de silencio que cubría al individuo Thomas se rompía en pequeños jirones bajo la lupa del archivo.

Después de una hora, los restos de niebla habían entrado por los ventanales y un olor a pan caliente de una panadería cercana comenzó a competir con el olor a papel.

Margaret sintió que su cuerpo se relajaba un poco; la tensión no disminuía, pero se transformaba en una energía de trabajo.

Le gustaba esa sensación: la sensación, por contradictoria que fuera, de que la investigación era una serie de reparaciones que podía emprender con sus manos.

—Hay algo más —dijo James en un momento—.

En los libros parroquiales hay una anotación que no cuadra con el registro civil.

Es un apunte a lápiz, de alguien que pasó después por los libros y escribió una corrección: "E.

Sinclair—detalle". No está claro a qué se refiere.

Algunos párrocos tomaban notas personales sobre familias "de interés", por así decir.

Pero que alguien hubiera escrito "detalle" sugiere que había algo que merecía una observación.

Margaret recordó entonces las cartas sin enviar y el diario cifrado que había hallado en el ático.

Había, en esos papeles, algo más que una cronología: había una vida contenida.

Era la primera vez que la combinación de los documentos públicos y los personales le ofrecía una dirección coherente.

No obstante, la atención debía seguir siendo técnica: tenía que documentar la anomalía, conseguir copias y, si era posible, encontrar quién había tenido acceso a borrar.

—¿Podemos obtener copias de todo esto? —preguntó—. Necesito llevarlo a la casa, cotejarlo con lo que encontré en los cajones del estudio de Eleanor.

James la miró con un destello de complicidad.

—Haré copias. No todas hoy, porque algunas están en manos de mi padre y él no firma a la tarea sin revisar qué se solicita. Pero puedo llevarte al despacho de los fondos históricos. Mi padre nos ayudará si le expones de forma ordenada lo que tienes.

Aquel ofrecimiento era más que un trámite; era una puerta que se abría.

Margaret tuvo la sensación de que el club de los curiosos, del que ahora formaba parte, tenía sus propias reglas: discreción, paciencia, respeto por las formas de los materiales.

De algún modo le dio confianza que James negara el salto a suposiciones.

Quería que su investigación no se confundiera con una persecución.

Cuando salieron de la biblioteca, la niebla se había espesado; el pueblo parecía una maqueta a la que alguien le había echado talco.

Margaret y James caminaron juntos sin hablar en el primer trecho.

Margaret notó la manera en que su aliento condensaba delante del rostro y cómo James, a su lado, acortaba el paso para ajustarse al suyo.

Había en esa proximidad una cualidad a la vez práctica y peligrosa: lo habitual de compartir camino con un aliado que también podía convertirse en un confidente.

—¿Vas a quedarte en la casa mucho tiempo? —preguntó James de pronto, rompiendo la distancia.

—No sé —respondió ella con sinceridad—. Tengo que decidir si me instalo para liderar la restauración o si termino en Edimburgo con contratos que me esperan. Lo que sé es que no soy capaz de dejar las preguntas sin atender.

James la miró de lado, evaluando algo que no nombró.

—Sea cual sea tu decisión —dijo—, si necesitas alguien con quien cotejar notas, aquí estoy. Y si las cosas se ponen feas, sé defender bibliotecas y archivos. No con violencia, sino a golpe de prueba.

Margaret no supo si aquello era humor o aviso; en todo caso le agradó. La forma en que James transformaba el pragmatismo en un ofrecimiento concreto le parecía, sin darse cuenta, íntima. Había una delicadeza en su compañía que contravenía los silencios de la casa y aliviaba su aislamiento.

Caminando de regreso, pasaron por la plaza donde la estatua de un benefactor local miraba con la nobleza excesiva de bronce hacia el mercado; los niños jugaban cerca de los puestos y, por un instante, la escena le pareció un eslabón que separaba los tiempos: la cotidianidad simple y la complejidad de las historias que se arrastraban detrás de las fachadas.

Margaret sintió una mezcla de culpa y alivio al observar la simplicidad de la vida del pueblo; la suya se complicaba con documentos viejos y retratos que le devolvían imágenes de una mujer que podría ser su antepasada.