Capítulo 6 Preguntas #2
—No —contestó ella—. Quería hablar contigo. Encontré cartas, una foto... estoy en la casa, David. Llamé a mamá. No quiso hablar y colgó.
El silencio de David tuvo la eficacia de una brújula que vacila. Su voz se volvió práctica.
—Está bien —dijo—. Respira. ¿Estás sola?
—Sí. Morag y James me ofrecieron quedarse cerca, pero anoche me quedé sola. Hoy pensé en subir y ordenar lo que encontré.
—No vuelvas a quedarte sola si no te sientes cómoda —contestó él—. Puedo... puedo pedir unos días. Mi jefe no sería fácil, pero puedo intentar arreglar algo. ¿Quieres que vaya?
El ofrecimiento fue tan directo como el que había esperado; le dio a Margaret una sensación de anclaje.
Sabía que David, a su manera, protegería con la eficacia de quien organiza una mudanza.
Pero también conocía los límites de su hermano: la distancia que le imponía su propia vida en Londres, el trabajo que a menudo le reclamaba atención.
Aun así, la idea de verlo le ofreció una posibilidad de negociación con la familia que no exigía la confesión de su madre.
—No —dijo Margaret, con una certeza que la sorprendió a sí misma—. No creo que ahora. Quiero ver más. Quiero ordenar esto. Si veo algo que confirme que hay algo grave, te llamaré.
—¿Por qué no se lo pides directamente a mamá? —inquirió David—. A veces guarda demasiado. No sé por qué. Pero si ella sabe algo, podría decírtelo.
—Lo intenté —repuso Margaret con una línea de voz que pretendía ser simple y que no ocultara la emoción—. Cortó. Dijo que estaba cansada.
David guardó silencio y luego dijo, con una mezcla de enojo contenido y preocupación:
—Si mi madre está enferma, tienes que decírmelo. No me hagas buscarla en correos y conversaciones. Si hay algo que afecte a la familia, lo solucionamos en familia.
La mención de enfermedad le salió a David con la energía de quien considera que la verdad es un mandato práctico.
Margaret supo, entonces, que su hermano no había sido informado de nada más que la posibilidad del cansancio.
Era un alivio a medias: que la información no circulara no significaba que no existiera; significaba que estaba contenida por un tejido de omisiones.
—Lo haré si lo veo —replicó ella—. Por ahora necesito comprobar las cartas y el diario. Algo en el diario está codificado. No quiero tocarlo demasiado sin registrar.
David aceptó el plan; en su voz había la promesa de una asistencia contingente.
Se despidieron con rapidez; la llamada dejó un rastro más práctico que la anterior.
Margaret dejó el teléfono y se levantó del baúl.
La casa operaba a su alrededor como si quisiera ayudarla a ordenar pensamientos: la luz cambió de ángulo y, por un instante, iluminó la portada del retrato grande en el vestíbulo; las gárgolas en el exterior mostraron las marcas de la lluvia de la madrugada.
Abrió una de las cajas que había cerrado con celo durante la noche y dejó sobre la mesa las fotografías que había elegido.
Tenía la imagen de la mujer de perfil y el hombre de camisa arremangada.
La miró como quien estudia una obra a restaurar: con atención a la fibra, al clavo, a la huella de un dedo.
Cada fotografía arrojaba preguntas. La inicial "T" en los sobres pesaba en su mente como una letra que no quería pronunciarse.
Margaret sintió, de pronto, la necesidad de saber si la casa guardaba correspondencia con su propia historia.
¿Hasta qué punto la línea que le era familiar había sido tejida por rutas que ella desconocía?
¿Cuántos nombres faltaban en el texto que le había formado?
Fue una sensación que no tenía nada de novelística: era, más bien, la conciencia de que la narrativa de tu vida puede contener cláusulas escritas por otras manos.
Salió al corredor y bajó al salón con las fotografías en la mano.
En la cocina, la tetera todavía conservaba calor en su base; Morag, como había prometido, había dejado un tarro de té y un bollo envuelto.
Morag la miró con una compasión que no era condescendiente; era el cuidado de quien conoce la geografía de los lugares y las personas.
—No te lo tomes a mal —dijo Morag—, pero la gente del pueblo suele mirar esas casas como si llevaran dentro un armario de secretos. A veces es verdad. A veces es sólo la gente con imaginación.
La frase sonó más a sociología que a consuelo. Margaret le mostró la foto del hombre con la camisa arremangada. Morag la observó con ojos prácticos, como quien sabe hallar detalles y no historias.
—Parece alguien del oficio —dijo—. Un albañil o algo así. Aquí en el norte, la cara de la gente del trabajo dice mucho. Si te pareces a ella, debes preguntar, pero despacio.
La sugerencia fue un refrendo de la sensación que la impulsaba: preguntar, sí, pero con cautela.
Margaret agradeció el té con un gesto seco y tomó asiento junto a la ventana.
Afuera, la niebla aún no había cedido del todo; el jardín parecía un cuadro sin pincel más que por su textura gris.
Sintió el peso de la soledad y al mismo tiempo una determinación que se volvía más nítida por la obra de pequeñas certezas: la foto, el diario, la voz de su madre cortada.
Ordenó las imágenes, las cartas y el diario en una secuencia que tenía tanto de método profesional como de ceremonia personal.
Hizo un inventario en su cuaderno: "Cartas: 17.
Fotos: 12. Diario: cubierta con símbolos y entradas tachadas.
Retrato etiquetado 'Eleanor Sinclair, 1920'.
" La escritura le proporcionó otra forma de respirar.
Ponía un orden provisional entre el misterio y la posibilidad de resolverlo.
Cada número le daba una salida: si había diecisiete cartas, habría diecisiete textos que podrían desatar un nombre o una fecha.
Si había una fotografía repetida de un hombre, quizá alguien podía identificarlo.