Capítulo 6 Preguntas
La mañana entró por la claraboya del ático como una incómoda verdad: no pedía permiso y no ofrecía consuelo.
La luz teñía las partículas de polvo que flotaban sobre el diario abierto en el regazo de Margaret; las sombras de las vigas alzaban franjas rectas sobre las páginas.
Permaneció un rato mirándolas, como quien calcula la dirección de una hélice, y solo cuando la muñeca le empezó a doler por la tensión de sostener el papel se permitió moverse.
Guardó el diario en su estuche con la misma delicadeza con la que alguien envuelve un hueso hermoso y frágil.
La casa seguía respirando a su alrededor: un suspiro de madera en el corredor, el roce de la brisa contra los postigos, el rumor de la lluvia antigua en las tejas.
No había prisa, excepto la que ella traía insertada en su cuerpo, esa que empuja a quien tiene preguntas a necesitarlas contestadas cuanto antes.
El teléfono no era una promesa literal de respuesta; era una herramienta, una extensión de la posibilidad.
Margaret lo tomó con movimientos lentos, como si fuera un objeto arqueológico que no conviene tocar sin un par de guantes.
Miró la hora en la pantalla; sabía que Singapur iba por delante.
Hacía semanas que había evitado llamar a su madre sin razón suficiente; la distancia había tendido su propio tipo de costra entre ellas.
Pero las cartas, la fotografía, la manera en que la casa parecía reconocerla—todo eso había levantado una serie de placas tectónicas debajo de su paciencia.
Necesitaba signos; necesitaba que alguien que había formado parte de su biografía explicara por qué esa biografía parecía tener, de golpe, un anexo imposible.
Marcó el número con la meticulosidad de quien contrasta un plano: una cifra, otra, un gesto que establece una conexión.
La llamada tardó en conectar y esa espera fue un campo de posibilidades: Catherine podría no coger, podría ser la hora equivocada, podría estar ocupada.
Cuando la voz respondió, lo hizo con un hilo de sorpresa que se volvió inmediato, como si la madre no hubiera esperado la comunicación o la hubiera esperado demasiado.
Margaret oyó, antes que la voz, un ruido doméstico: el tintineo de cubiertos o el golpe suave de una puerta cerrándose.
El fondo sonaba a vida cotidiana; la presencia de esa vida la golpeó con la brusquedad de lo no resuelto.
—Mamá —dijo Margaret, y su propia voz le pareció demasiado clara en el silencio de la habitación.
Catherine guardó silencio. No era la distancia horaria: era una evaluación. Margaret pensó en sus horarios exactos, en su manera de cerrar tratos, en las historias familiares llenas de huecos que durante años había confundido con prudencia.
—Hola, Margaret —dijo Catherine finalmente—. ¿Estás bien? ¿Es muy temprano aí...?
La voz tenía un matiz que no supo identificar al principio; había una aspereza apenas percibida, una fatiga que la palabra "bien" no contenía.
Margaret, por prudencia o por costumbre, colocó la mano sobre la alfombra del baúl para sentir su textura; era un gesto de anclaje.
Respiró y decidió ir al grano con el mismo cuidado con el que se abre una caja que podría contener un objeto cortante.
—He venido a Ashford —dijo. No lo presentó como una pregunta ni como una declaración dramática; lo dijo como quien enuncia una observación técnica—. Estoy en la casa. Encontré cosas, mamá. Fotos, cartas. Un diario. Necesito hablar contigo.
Hubo un temblor ahora en la voz de Catherine, pequeño, como si sus palabras pesaran más de lo habitual. Margaret reconoció el efecto: su madre aprisionaba noticias en el cuerpo hasta que la palabra las liberaba con una torpeza que a menudo castigaba a quien las recibía.
—Ashford —repitió Catherine—. ¿Estás sola?
—Sí. Dormí allí. Morag dejó té anoche y James se ofreció a...
—detuvo la frase; no era necesario explicar con lujo de detalles la presencia del vecindario—.
No vine sin pensar, mamá. Vine porque hay pistas.
Y porque... porque me pareció... —Las palabras le salían con la lentitud de quien hace un trazo correcto sobre un plano—.
Me parezco a ella, mamá. Al retrato. Es... es extraño.
Catherine aspiró y hubo un sonido como si sujetara el aire con un pliegue de garganta; la respiración le llegó con una tonalidad menos luminosa que de costumbre.
Margaret notó que la frase, en la boca de su madre, adquiría otro color.
No era la sorpresa de una mujer que reconocía una coincidencia.
Era la alarma de alguien que percibía que se había reabierto un sitio que había sido cerrado con intención.
—No deberías... —dijo Catherine—. Mira, Margaret, no quiero que hagas preguntas que no puedas controlar. Hay cosas en esa casa que son del pasado. Y no todos los pasados son buenos para remover.
No era una advertencia vaga. En la voz de Catherine había miedo, y ese miedo conocía la casa.
—¿Por qué no me lo dices entonces? —preguntó Margaret, con una precisión que no admitía evasivas.
Hubo otro silencio más largo, en el que Margaret percibió el roce de la casa, como si la madera escuchara junto a ellos. Catherine, al final, exhaló con una velocidad que denotaba contención.
—No es que no quiera decirte —contestó—. Es que hay nombres que una vez nombrados abren puertas que no se pueden volver a cerrar. Y yo no quiero que lo que has heredado se convierta en una escalada de... de confusiones. Por favor, confía en mí. Regresa a Edimburgo si no te sientes segura.
La petición vino con la forma de un mandamiento envuelto en cuidado.
Margaret sintió cómo una parte de su cuerpo se resistía; otra, sin embargo, reconocía la voz de su madre como la que alguna vez le había dicho que no se despeinara antes de una reunión importante.
La ironía de sentir que la mujer que le había impuesto disciplina ahora le pedía moderación la golpeó.
Quiso replicar, citar las fotografías, sacar del bolsillo la carta con la inicial T, describir el diario y los símbolos.
Pero antes de que pudiera formar la siguiente pregunta, Catherine añadió, con una voz que ya no pudo disimular:
—Estoy cansada, Maggie. He tenido una semana difícil. No quiero... no quiero que vengas con ideas que solo te dañen. Por favor.
La palabra «cansada» no sonó a excusa. Sonó a fractura. Margaret sintió un nudo, aunque se negó a decidir si su madre pedía ayuda o levantaba otra barrera.
—Mamá —dijo, y eligió una voz que procuraba ser suave sin perder firmeza—.
No quiero dañarme. Quiero entender. Si sabes algo que pueda ayudar a situar estas cartas y ese retrato, necesito que me lo digas.
No estoy pidiendo ni historias ni entierros; solo datos.
Fechas, nombres. Algo que me permita avanzar con cuidado.
Catherine reaccionó con la inmediatez de quien se protege. No respondió con información; respondió con alarma.
—No es asunto tuyo —dijo con brusquedad, como si la frase fuera un cajón que se cierra—. No todo lo que nos toca es para ser tocado. Hay familias que sanan en la ignorancia. No quiero que seas tú la que rompa eso.
No hubo matices. Margaret sostuvo la respiración y entendió, con una claridad fría, que su familia seguía protegiéndose mediante el silencio.
—¿Estás enferma? —preguntó al final, porque la voz de su madre le sonó como la de alguien tocado por la enfermedad.
Catherine hizo un intento de negar con palabras que traicionó al mismo tiempo.
—No es nada serio; estoy bien —dijo—. Tengo trabajo pendiente. Descansa tú. Lee con cuidado y, si te parece, habla con James. Él sabrá cómo mirar sin excavar.
Que Catherine nombrara a James fue peor que una evasiva. Confirmaba que había una red de personas unidas por la casa y por lo que habían decidido no decir.
—No —dijo Margaret con serenidad forzada—. No voy a hablar con otra persona antes de hablar contigo.
La respuesta la dejó más expuesta de lo que quería admitir.
Había llamado para obtener datos; acababa de descubrir que necesitaba algo menos ordenado y más difícil: que su madre reconociera que el miedo tenía un nombre, un origen y un lugar en la historia de ambas, que ninguna supiera nombrar todavía del todo.
Catherine se rió, un sonido breve, amargo.
—Esa es una terquedad que sólo tú heredas de tu padre —dijo—. Está bien. Llama a David si te hace sentir mejor. Solo... por favor, no te metas en cosas que pueden volverse problemáticas.
Antes de que Margaret pudiera responder, la línea se cortó. No hubo despedida ni promesa. Quedó un corte seco, como un papel rasgado.
El teléfono quedó un rato mortal en su mano.
Margaret miró la pantalla y luego, sin buscar disculpas, puso el teléfono sobre el baúl.
La casa se colmó de una serie de sonidos que eran, a la vez, materia del lugar y metáforas personales: el crujir de la escalera, el lejano rumor de automóviles por la carretera, el sonido de una persiana que se asentaba.
Hizo un ejercicio que conocía por obligación: inspiró cuatro tiempos, retuvo dos, exhaló seis.
La técnica, que tantas veces le había calzado como férula, comenzó a trabajar; el pulso volvió a bajar.
Sintió, sin embargo, el pequeño incendio en su interior: la certeza de que su madre sabía algo que no dijo.
David contestó al segundo intento, con el sonido de la Oficina al fondo: conversaciones de voz apagada, el tecleo intermitente de alguien que no puede abandonar la tarea.
Siempre había sido el hermano pragmático, el que respondía con soluciones inmediatas.
Al oír su voz, Margaret sintió un alivio diferente, menos enraizado en la ternura que en la expectativa de que su hermano pondría algún orden en la logia de confusiones.
—¿Qué pasa? —preguntó David—. ¿Has visto las noticias? ¿Estás en Ashford? Morag nos dijo algo anoche.