Capítulo 39 Vera
En abril, cinco años después, la niña de las botas amarillas volvió a la casa.
Elena estaba arrodillada entre tierra y rosas, las manos negras de suelo, cuando la vio entrar por el portón: alta para la memoria que tenía de ella, delgada, con una mochila colgando y un libro bajo el brazo. Le costó un segundo reconocer esos rasgos que el tiempo había estirado.
—¿Te acuerdas de mí? —preguntó la joven.
—Sí —contestó Elena sin levantarse.
—Yo también. Me acuerdo de todo.
Mateo apareció en la puerta del taller, secándose las manos con el borde del pantalón.
—Hola, Vera —dijo, sencillo.
—Hola —respondió ella. Tenía doce años; la cara le conservaba la ternura de antes, pero la manera en que miraba el jardín ya no era la de una niña clavada en un juego. Inspeccionó el banco de piedra, la franja de lavanda que Elena había plantado en el segundo año, el limonero cuajado de flor.
—¿Todavía está la caja? —preguntó.
—Sí —dijo Elena.
—¿Puedo verla?
—Puedes.
La caja seguía en el aparador, abierta. Vera se acercó con las manos atrás, replicando el gesto de la primera vez, y se quedó un rato observando el desorden ordenado: sobres, cuartillas arrugadas, papeles que guardaban cartas y pedazos de voz.
Elena la miró desde el umbral como si pudiera leer en su mirada la misma curiosidad que hace años.
—¿Las has leído todas? —preguntó ella.
—Todas las que eran mías —respondió Elena.
—¿Y son tristes?
Elena pensó un instante.
—Algunas.
—¿Y las otras?
—También.
Vera frunció el ceño con un gesto casi idéntico al de la niña que se había ido tiempo atrás.
—Eso no tiene sentido —dijo.
—La vida tampoco lo tiene siempre —replicó Elena.
La chica abrió el cuaderno. Era de tapas de tela, gastado en las esquinas. Lo sostenía con cierta gravedad.
—Estoy escribiendo una historia.
—¿De qué? —preguntó Mateo desde la puerta, con un comentario que buscaba sonar distraído.
Vera lo dejó pasar como si no oyera.
—De una casa —contestó—. La casa guarda las cosas que la gente olvida.
Un escalofrío le recorrió la nuca a Elena, pequeño y nítido.
—¿Qué cosas? —preguntó.
—Promesas —dijo Vera, con la voz clara.
Elena y Mateo se miraron. Ninguno añadió nada.
Vera sacó una hoja doblada en cuatro del cuaderno y la sostuvo con las dos manos como si fuera un objeto frágil.
Estaba escrita a mano, con una letra clara y urgente.
No hablaba de amores; hablaba de su madre: de una discusión antigua, de un viaje a la costa que habían soñado durante años y nunca hicieron, de una promesa hecha en una noche de tormenta.
Iremos cuando yo tenga doce años.
—Ya los tengo —murmuró Vera, como si se sorprendiera de que fuese verdad—. Y ella todavía no ha podido.
—¿Puedo guardarla? —preguntó más alto, con una mezcla de timidez y decisión.
—Claro —dijo Elena.
Vera colocó la hoja en la caja con cuidado, encima de las demás, como si pusiera un sello.
Después cerró el cuaderno y salió al jardín.
Se acercó al rosal, rozó una rosa con la yema de los dedos, y se sentó en el banco con el cuaderno sobre las rodillas.
Elena se quedó junto al aparador, la mano apoyada en el borde de la caja, contemplando aquella pila de papeles que ya no eran solo papeles.
—¿Qué? —preguntó Mateo, rompiendo la quietud.
—Nada —respondió ella.
—Estás llorando.
—Lo sé —confesó Elena sin apartar la vista de la hoja.
—¿Por qué?
Ella miró la letra redonda, la petición sencilla que sabía más de esperas que de reproches.
—Porque ahora entiendo lo que quería decir Clara —dijo. No añadió explicaciones.
—¿Qué quería decir? —insistió Mateo.
—Que una casa no necesita que vuelvas siendo la misma persona. Solo necesita que abras la puerta.
Mateo no replicó. Acercóse y puso un brazo en torno a sus hombros. Se quedaron así, mirando por la ventana cómo la chica de doce años escribía bajo el limonero, como quien anota algo para no perderlo y, al mismo tiempo, lo deja descansar en un lugar que sabrá esperar.
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