Capítulo 38 El piano
A principios de octubre el piano dejó de hablar.
No fue un accidente dramático ni hubo una tormenta que lo explicara; una tarde alguien presionó una tecla y salió un chasquido seco, como si la madera contuviera una queja alojada hacía tiempo.
Desde entonces la tapa permaneció bajada, y el salón recuperó, durante unos días, el silencio de las cosas que han sido relegadas.
Había pertenecido a Clara, o mejor: fue de aquel tío que quiso una familia más formal. Durante años se respetó su presencia y nadie se atrevió a moverlo. Fue Elena quien decidió que había que arreglarlo.
No por nostalgia, se repitió cuando se lo dijo a sí misma. Porque una casa que recibe gente necesita música; porque la ausencia de sonido pesaba más que la evidencia de los años.
Contactó con un técnico de Burgos. Era un hombre delgado, con manos largas y callosas, que llegó con una caja de herramientas que parecía de costura.
Pasó una hora abriendo la tapa con destornilladores finos, midiendo, acariciando cuerdas como si hiciera un examen.
Encontró cuerdas partidas, fieltros carcomidos por la polilla y una capa de polvo en los interiores que a Elena le pareció casi arqueológica: pedazos de partituras arrugadas, una ficha amarillenta con un nombre, restos de migas.
—Se puede reparar —dijo sin levantar la vista de su trabajo—.
No va a quedar como nuevo. —No busco que quede como nuevo —respondió ella, y el técnico asintió con la gravedad de quien entiende el oficio. —Entonces perfecto.
Tardó tres semanas. En ese tiempo Elena aprendió a distinguir, a oído, una cuerda que pedía tensión de otra que ya no daba más; aprendió a reconocer el crujido de un fieltro desgastado.
Dejó tazas de té en la mesa, cubrió el suelo con una manta y se quedó a su lado mientras el hombre trabajaba, observando cómo sus dedos localizaban fallos que a ella le costaba ver.
No era curiosidad académica; era una espera.
Cuando terminó, limpió las teclas con un paño viejo y, con un gesto que tenía algo de ceremonia, pidió que fuera ella quien pulsara la primera nota.
Lo que salió fue un do desentonado, un sonido con un temblor que recordaba a una flauta rota. El eco no engañaba: todavía había que afinar, ajustar, ceder al instrumento su nueva habitualidad.
Mateo, apoyado en el marco de la puerta, soltó una risa que no era cruel sino incrédula.
—No sabes tocar —dijo. —Nunca he dicho que supiera —respondió Elena—.
—Entonces, ¿por qué lo querías arreglar?
—Porque ella quería que estuviera aquí —replicó Elena sin elevar la voz.
Mateo guardó silencio un segundo, y después: —Eso sí lo entiendo.
La frase quedó colgando entre las sombras del salón.
Esa misma noche llegó una huésped nueva: una pianista de Bilbao, de abrigo largo y maleta con ruedas, cuyo gesto al abrir la tapa tuvo la naturalidad de alguien que reconoce una máquina amiga.
Se sentó, ajustó el taburete con un movimiento breve y tocó.
La casa, que aún conservaba las luces colgadas en el limonero y el aroma lejano de la comida de Ramona, se contuvo.
Nadie habló. La melodía fue lenta al principio y fuesubiendo las escaleras, colándose por las rendijas de las puertas, filtrándose hasta el jardín; las notas marcaron un recorrido que bordaba los rincones del lugar.
Elena se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá, y dejó que la música le atravesara sin invocar recuerdos.
No pensó en la infancia de Clara ni en el tío; pensó en la idea de restaurar: no devolver algo a su estado original, como decían en los cursos, sino dar a lo viejo una posibilidad distinta.
El piano ya no sonaba como el de antes; tenía cicatrices, timbres nuevos, un temblor que lo hacía más humano. Sonaba. Eso bastó.
Cuando terminó la pieza, la pianista guardó las manos en el regazo y sonrió con la calma de quien ha recogido algo prestado.
Elena se levantó sin prisas. Afuera, la noche se pegaba a los cristales; adentro, el instrumento ocupaba su lugar de nuevo, no como reliquia sino como compañero en circunstancias cambiadas.
La restauración, pensó Elena, no era una restauración del pasado: era abrir otra vida posible para lo que quedaba.
Y la casa, que ya no temía a las notas, pareció asentir.
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