Capítulo 32 El viaje de Mateo
La mañana en que llegó el correo era de junio y el taller olía a polvo fino y barniz fresco.
Mateo lijaba el borde de una repisa cuando Consuelo asomó la cabeza entre los estantes con la bandeja de cartas.
Se quedó un rato sin hablar; abrió la mano y le puso el móvil en la palma.
Se lo mostró a Elena sin añadir nada, con la pantalla a la altura de sus ojos.
Ella leyó y notó cómo su presencia se volvía figura en el gesto de él: manos clavadas al torno, el cuello tenso, la barba sin afeitar.
Era una fundación de Valencia. Buscaban a alguien con experiencia en jardinería histórica para dirigir la recuperación de cuatro jardines en cuatro ciudades: Valencia, Córdoba, Aranjuez y Santiago.
Cuatro meses. Alojamiento incluido, un sueldo decente y una carta de recomendación firmada por un profesor al que Mateo no veía desde hacía veinte años y que, por algún milagro burocrático, se había acordado de él.
—Valencia —dijo Elena, con el nombre como si fuera a encajar una pieza en un puzzle—. El jardín botánico.
—Es otro proyecto —replicó Mateo—. Solo parecido.
—Es el mismo sitio, Mateo.
Se rascó la barba de dos días, como si buscar en ella la respuesta fuera menos incómodo que decirla.
—Puedo decir que no.
—Puedes —contestó ella—. Y puedes no hacerlo.
La conversación tenía la densidad de lo cotidiano: la idea de la madre de Mateo todavía con el bastón, la residencia a medio arreglar, el invernadero sin terminar. Él dejó caer argumentos que sabían a obligación; ella le devolvía certezas que no exigían dramatismo.
—Mi madre todavía anda con el bastón. La casa tiene la residencia, y el invernadero a medias, y tú…
—Yo estoy aquí —dijo Elena—. Y voy a seguir estando.
—Es fácil decirlo.
—No lo será. Y no tiene que dolerte para que sea importante.
Se quedaron un tiempo inmersos en el olor a serrín. Consuelo, al fondo, tecleaba en el portátil sin levantar la vista. Mateo tomó el móvil otra vez y leyó el correo con más calma, los labios moviéndose apenas.
—¿Cuándo aprendiste a decir esas cosas? —preguntó ella.
—En los últimos veinte años —dijo él—. Casi todo a golpes.
La decisión se cerró un lunes de julio. Subió al tren de las cuatro y diez sin ruido.
Elena no hizo interrogatorios sobre horarios; se limitó a enfundarse un abrigo ligero, colgar la mochila de él en el hombro como si fuera una pieza ajena y portar la bolsa con los bocadillos que Ramona había preparado con insistencia maternal: «no vas a comer en esos trenes, que son una vergüenza».
El andén estaba casi vacío. Un perro dormía bajo un banco. Mateo dejó la mochila en el suelo y miró las vías con las manos en los bolsillos, como se mira algo que ya no es de uno o todavía no lo es.
—La última vez que estuve aquí fue el día que te fuiste —dijo—. O mejor dicho, el día que no vine.
—Lo sé.
—Fui al río.
—Clara me lo contó.
—Qué manía tenía de contar cosas.
—Por eso escribió las cartas.
Se rieron, esa risa un poco ronca de quien sabe que hay historias que no merecen melodrama.
Cuando el pitido se acercó y el rumor metálico llenó el andén, Elena sintió un latigazo en la nuca.
Él la agarró con torpeza por la cara y la besó: corto, práctico, de los que se permiten cuando todo lo demás está dicho.
Subió con la mochila sin volverse. Ella permaneció hasta que el tren se hizo una línea gris sobre el campo y luego caminó de regreso a casa despacio, con la sensación de haber cerrado una puerta sin haberla empujado del todo.
Los primeros días en la casa fueron domésticos y torpes a un tiempo.
Ella se sorprendía poniendo la mesa para dos, dejando la taza de café a medio terminar en la ventana, escuchando por costumbre el ruido de la furgoneta que ya no llegaba.
No lloró; trabajó. Cenó con Inés; acabó dos sillas para el mercadillo de septiembre.
Las llamadas con Mateo, cada noche a las diez, fueron volviéndose menos graves: él hablaba de cipreses centenarios que había que salvar, de un jardinero de Córdoba que tocaba el laúd; ella le contaba del caballete roto y de la gotera que volvía a reclamar atención.
Las conversaciones se hilvanaban con una voz distinta: menos urgencia, más espacio.
A finales de julio subió al piso de Pilar con un sobre entre las manos.
Lo había traído Marta, que tardó seis semanas en escribirlo.
Pilar, sentada en la mecedora del patio con la escayola ya retirada y una manta ligera sobre las rodillas, tomó el sobre con la mano sana y lo miró de frente.
No lo abrió de inmediato; dio la vuelta al papel y su cara, por un segundo, adoptó una expresión compleja.
—Cuarenta años —murmuró.
—Treinta y cinco —corrigió Elena.
—Los cuarenta se me han pasado sin darme cuenta —dijo Pilar—. ¿Qué pone?
—No lo sé —respondió Elena—. No me ha dejado leerlo.
Pilar rompió el sello con cuidado y sacó el pliego de papel. Leyó en voz baja, moviendo los labios, como si la letra fuera un objeto frágil que hubiera que temer. Lo leyó entero una vez y después otra. Cuando terminó, dobló la hoja con los pliegues precisos de quien guarda algo valioso.
—Tarde y mal escrita —dijo—. Perfecta.
—¿Qué dice? —Elena tenía el corazón encogido en el patio, la voz larga como un hilo.
—Que qué tal estoy —Pilar soltó una risa breve, aguda—. Y que le da mucha vergüenza. Y que tiene tres nietos que no me ha presentado. Y que si me acuerdo de la vez que su madre nos pilló fumando detrás del gallinero.
—¿Y se acuerda?
—Me acuerdo de todo. Diles a los dos que tienen que venir a comer antes de que nos muramos.
Elena volvió a la huerta con el sobre en el bolsillo y llamó a su madre desde el banco del jardín. La conversación fue un silencio húmedo al principio.
—Ha dicho que tarde y mal escrita, pero perfecta —anunció Elena.
—¿De verdad? —preguntó Marta.
—De verdad.
—Bueno —rasgó Marta la emoción con una voz quebrada—. Es un principio.
La carta de Mateo llegó a principios de septiembre, escrita a mano en un sobre de papel reciclado con un sello del jardín botánico.
Elena la abrió en la cocina, la puerta entreabierta, con el olor a tomillo colándose desde el jardín.
La letra de él no era la de su abuela, y él mismo lo confesaba en el primer renglón.
Elena:
No sé escribir como tu abuela. Tampoco quiero. Pero llevo tres semanas intentándolo y esta es la versión menos mala.
Estoy en Valencia, en el jardín. Hay un cactus enorme junto a la entrada que llevo veinte años queriendo ver de cerca. Es mucho más feo de lo que imaginaba y mucho más bonito. Me quedé un rato delante, y pensé: me habría gustado verlo a los veintitrés. Y luego pensé: pero ahora sé por qué lo miro.
Cuando te fuiste, creí que perderte era lo peor que podía pasarme. Con los años entendí que no. Lo peor habría sido que te quedaras sin querer.
Cuando volviste, tuve miedo de que la historia se repitiera. Ahora creo que no estamos repitiendo nada. Estamos haciendo otra cosa, y no sé cómo se llama.
No quiero ponerle fecha. Solo sé que cuando pienso en la casa, pienso en tu voz. Cuando pienso en el jardín, pienso en tus manos. Y cuando pienso en mañana, ya no me da miedo.
Vuelvo en noviembre. Guárdame sopa.
Mateo.
Ella dobló la carta con cuidado y la dejó apoyada contra la ventana de la cocina, donde la luz cálida de la tarde la iluminaba como si fuera un objeto cotidiano al que había que devolver su lugar.
No la guardó en la caja de correspondencia.
La dejó ahí, visible, como quien deja a la vista una promesa que no pesa, sino que hace compañía.
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