Capítulo 27 La caída
Tres días después, la madre de Mateo se cayó.
Fue por la mañana, cuando el patio todavía guardaba la humedad de la helada y la cuerda del tendedero pesaba de ropa tibia.
Pilar salió con la bata bien cerrada y el bastón tanteando el primer escalón.
La goma resbaló en una veta de agua. El ruido que oyó Elena, desde la cocina, no fue un grito, sino el choque sordo de una cadera contra la losa y el bastón rebotando contra el marco de la puerta.
Para cuando llegó, Pilar ya estaba en el suelo, la muñeca en un ángulo que no debería, la boca terca.
—No llames a nadie —dijo ella, en el tono de siempre, como si pudiera negociar con el dolor—. Un segundo. Ahora me levanto.
No se levantó. Trajeron una manta, un cojín, una paciencia sin heroicidades. El médico de Aranda fue rápido y pulcro: una muñeca rota, un golpe en la cadera que se iba a quejar durante un mes, y reposo. No fue grave, dijo. Bastó para que a Mateo se le vaciara el color de la cara durante dos días.
Elena lo vio ir y venir entre el centro de salud, la casa de su madre y el jardín de Clara, con la furgoneta cargada de mantas, pastillas clasificadas en cajas de plástico y zumos individuales que nadie quería pero tranquilizaban.
Lo oyó abrir y cerrar portones, menear cajones en busca de pinzas, discutir con una señora del mostrador por una crema antiinflamatoria que “la de antes era mejor”.
Por la noche, se quedó en el sofá de Pilar, con una chaqueta echada por encima y la cabeza torcida hacia la pared, como si dormir recto fuera una concesión que no podía permitirse.
Comió lo que Elena le puso delante sin preguntar de dónde había salido ni cuándo se había cocinado.
Elena no volvió a Madrid en toda la semana.
No avisó a Lidia el primer día ni el segundo.
Al tercero, se obligó a marcar el número.
Lidia escuchó la explicación entera y, al final, hubo un silencio breve, como cuando se guarda una copa en el armario con el cuidado justo para que no suene. Después, el tono cortés de siempre.
—Entiendo. Posponemos el viaje.
Elena entendió también. Había sido la primera vez.
En la casa, Pilar probaba posturas en el sillón con la torpeza que impone el yeso recién seco. Tenía el humor recio, la boca afilada por la incomodidad.
—Este té es agua sucia —dictó sentencia, la muñeca entablillada descansando sobre un cojín floreado—. Y ese médico… Un crío. A tu edad no me mandaban reposo, me mandaban a segar.
—Si quiere, mañana cambiamos el té por aceitunas —dijo Elena, porque era más fácil mover el mundo un centímetro que un carácter entero.
—Pues eso. ¿Dónde están las aceitunas de verdad en este pueblo?
Quiso ayudar. Él se resistió.
—Puedo hacerlo.
—No te he preguntado si puedes.
—Entonces ¿qué haces?
—Estar aquí.
La frase se quedó entre los dos como una silla nueva que aún no sabe nadie si estorbará.
Mateo no contestó. Tenía las manos sueltas, sin tarea, y no sabía dónde ponerlas.
Esa noche cenaron tarde, de pie los primeros diez minutos porque Pilar se había dormido en el sillón y daba pena hacer ruido con las sillas.
Luego, en la cocina, con la lámpara baja, se repartieron una tortilla demasiado cuajada y pan blando.
Elena llevó los platos al fregadero. Abrió el grifo. El agua tardó en calentarse.
—¿Tienes miedo? —preguntó, sin darse la vuelta.
Mateo requirió tanto para responder que ella estuvo a punto de retirar la pregunta al cubo de la basura.
—Sí.
—Yo también.
—No quiero volver a… —Se le quedó la frase a medio camino. Tomó aire—. No quiero perder a nadie más. Ya perdí a Clara. A mi padre. Y a ti, en cierta forma.
Elena cerró el grifo. Se secó con el paño de cuadros. No le dijo que ella también tenía una lista, ni que había aprendido a llevársela plegada en el bolsillo de dentro.
—No tienes que ser fuerte conmigo.
Él alzó la cabeza hacia ella como si le hubieran hablado desde una ventana a su espalda.
—Eso es nuevo.
—¿El qué?
—Que alguien me lo diga y no me den ganas de esconderme.
Elena se acercó. No encontraron frases que sirvieran de llave.
No hacía falta. El abrazo salió raro, como todas las cosas importantes la primera vez: el mentón de él en el hueco del hombro de ella, el yeso de Pilar marcando su territorio desde el cuarto contiguo, un hilo de olor a jabón de hospital que se mezclaba con la cebolla aún tibia.
El reloj de la cocina contaba como una gotera.
Mientras lo sostenía, Elena pensó en una de las cartas del archivo de Clara, la que hablaba de una mujer que se había caído en aquella misma cocina —otra baldosa, otro tiempo— y se había levantado sola.
Había una sombra de eso en esa noche, en todas las caídas de todas las mujeres del pueblo: la obstinación de decir “ya me apaño” antes de que duela menos.
Y también, esta vez, alguien para levantar.
Al día siguiente, Pilar estaba mejor. Había decidido que la escayola estaba mal hecha —“me pica donde no llega ni Cristo”—, que el té debía ser sustituido por algo “con decencia” y que el médico, además de crío, no sabía de aceitunas.
Elena, obediente a lo esencial, bajó a por un tarro de las que a Pilar le gustaban, con hueso y fuerte de sal.
Volvió con aceitunas y con un pan de miga apretada.
Pilar chasqueó la lengua, satisfecha a su manera.
No hablaron de futuro. No lo colocaron en ninguna estantería.
Mateo cambió la bombilla del pasillo sin que nadie se lo pidiera.
Elena lavó la sábana de estampado imposible y la tendió con pinzas firmes, aunque el patio tardara aún en secar.
Entre gesto y gesto, los dos comprendieron sin declararlo que lo que había por delante no venía con garantía.
No lo sintieron como un aviso. Lo tomaron como un permiso para estar, sin más.
✦