La casa de las promesas perdidas (Los jardines de las promesas) Capítulo 26 San Martín
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Capítulo 26 San Martín

El once de noviembre Valdemora empujaba las mesas hasta la plaza como quien saca los muebles al sol después de un invierno largo.

San Martín olía a humo dulce y a vino con canela; había barriles cortados a la mitad haciendo de braseros, castañas explotando con un chasquido alegre y una tarima de tablones que temblaba con la zambomba del bajo.

Cuatro músicos, más valientes que precisos, iban encadenando pasodobles, jotas y alguna canción que todos creían recordar a medias.

Los niños corrían con farolillos de papel que les dejaban la cara naranja.

Los mayores, instalados en sillas de tijera, comparaban aquel frío con el de otros años como si hablaran de una vieja conocida que a ratos es amable y a ratos no.

Elena llegó con Inés y con los tres huéspedes, abrigados los cuatro con lo primero que encontraron en el perchero.

Antes de salir había dejado un cazo de sopa al mínimo en la cocina, como una cuerda atada a la cintura por si la fiesta, que a esas horas tenía ya un brillo decidido, se alargaba más de la cuenta.

A la tercera copa dejó de calcular la hora de vuelta y, sin darse cuenta, empezó a andar al ritmo de lo que sonaba.

—No sé bailar esto —dijo cuando el acordeón tomó la delantera y el tamborín marcó un paso que parecía de toda la vida y de ninguna.

—Nadie sabe —soltó Inés, ya de medio lado, con ese pequeño empuje de muñeca que usa para convencer—. Tú déjate llevar.

—Tú sí sabes.

—Llevo veinte años practicando en bodas ajenas. Y en algún entierro, si me apuras. Ven.

Elena acabó dentro del corro, botas pesadas, flequillo pegado a la frente por el calor de la plaza y esa risa ajena y contagiosa que se pega como el olor a castaña.

Inés le trazaba un camino con la palma en la espalda.

Cada vez que entraban mal en el compás, alguien de al lado les marcaba con un tacón o con un golpe de palma, y aquello, lejos de molestar, afinaba el ánimo.

Apareció Mateo entre las mesas con dos vasos de vino caliente. Tenía las mejillas encendidas y una astilla suelta en el jersey, como prueba de que había estado peleándose con tablones.

—¿Interrumpo? —preguntó, ofreciendo uno de los vasos a la altura exacta de su sed.

—Sí —dijo Inés, cogiendo aire, divertida—. Pero puedes quedarte. Así haces bulto.

Elena acercó el vaso a la cara para que el vapor le quitara un poco el frío de la nariz.

—¿Dónde estabas?

—Ayudando a poner las mesas.

—No sabía que sabías hacer eso.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí.

—Eso suena a amenaza.

—A promesa.

La banda cambió de compás como quien dobla una esquina. Mateo, con una formalidad un punto teatral que no le salía mal, ofreció la mano.

—¿Bailas?

Elena escaneó sin disimulo la plaza. Media Valdemora se había instalado esa tarde a discutir si la uva había salido más dulce o más cabezona. Media Valdemora miraba, como mira un pueblo: a todo y a nada.

—Todo el pueblo está mirando.

—El pueblo siempre mira.

—Cierto.

Se lanzaron. No fue elegante. Él le pisó con la bota; ella esperó tres pasos, calculó el momento y se lo devolvió.

Los dos soltaron una carcajada de esas que aflojan los hombros.

Alguien les aplaudió al pasar; otro les señaló un giro con el dedo índice, dándoles permiso para equivocarse de nuevo.

Terminaron con las manos aún unidas, sin prisa inmediata por separarlas, el pulso en la garganta acompasado a un tambor lejano.

—¿Sabes qué me gusta? —dijo Elena, todavía con el calor del vino en la boca.

—No.

—Que ahora podamos hacer el ridículo juntos.

—Eso ya es una relación seria.

—No corras.

—Si corro, me tropiezo.

Volvieron a la tarima una vez más, ya con la tranquilidad de quien ha aceptado que el compás existe y que, si no te obedece, al menos te tolera.

Cuando por fin se apartaron, se sentaron en el borde de la fuente, con los vasos apoyados entre las rodillas.

La piedra devolvía un frío honesto que agradecía el resto del cuerpo.

Entonces la vio. Una mujer pequeña, chal granate sobre los hombros, avanzaba con un bastón de madera clara y ese balanceo prudente de quien arrastra un poco la pierna izquierda y ya ha aprendido a ir a su ritmo.

El pelo, blanco de verdad, trenzado en una cuerda fina que le caía sobre el abrigo.

Elena creyó que iba a pasar de largo, pero los ojos de la mujer la buscaron a propósito, como si la conocieran de antes.

—Mamá —dijo Mateo poniéndose en pie con naturalidad de hijo—. ¿Qué haces aquí sola?

—Me ha traído Ramona —contestó ella, quitándole importancia con un gesto. No recogió el reproche; examinó a Elena con un interés vivo, sin maldad—. Tú eres la nieta de Clara.

—Elena —dijo ella, ofreciéndose.

—Yo soy Pilar. —La mano de Pilar era seca, cálida, firme. La apretó sin apuro—. Eres igual que tu madre cuando tenía tu edad. Pero menos amable.

—Mamá —repitió Mateo, esta vez en ese tono medio que intenta ser tope y acaba quedándose en adorno.

—Es un cumplido —dijo Pilar, sin mirarlo—. Tu madre era demasiado amable. Se le pasó con los años, según me dicen.

A Elena le salió la risa por el sitio exacto donde guardaba a Marta Ortega cuando no sabía qué hacer con ella.

—La llamé hace poco —dijo, y se escuchó desde fuera, como si contara un secreto ajeno—. Me contó que os escribíais.

—Hasta los treinta. —Pilar apoyó un poco más el peso en el bastón, como si cambiara de página—. Luego dejó de contestar. Yo seguí escribiendo un año más. Después, me dio vergüenza.

—A ella también —dijo Elena, porque lo sabía sin necesidad de pruebas.

—Ya me lo imaginaba. —Pilar dejó pasar un acorde lento y buscó a Mateo, y luego a las mesas con manteles de papel y manchas de vino. Volvió a Elena con una seriedad tranquila—. Dile que sigo esperando su carta. No la de perdón. La de qué tal estás.

—Se lo diré.

—No se lo digas por teléfono. Que la escriba.

Elena inclinó la cabeza en señal de acuerdo. Notó, como una hebra, la promesa entre los dedos. No la había pedido, pero ahí estaba, y dudó que pudiera librarse de ella con una excusa cualquiera.

Mateo acompañó a su madre hasta donde Ramona y Rebeca habían hecho base con una mesa pequeña junto a la panadería.

Ramona chasqueó la lengua al ver a Pilar sola y le colocó el chal mejor, con ese modo suyo de arreglar lo que pilla sin hacer discurso.

Consiguieron un taxi de los que solo aparecen los días de fiesta y, mientras tanto, Elena se quedó en el banco de la fuente, cuidando dos vasos, el propio y el de Mateo, como si fueran plantas.

La banda se atrevió con una jota lenta. Un niño cruzaba la plaza con un farolillo pegado a la cara, vigilándolo con devoción por miedo a que la vela se apagara.

Alguien trajo más leña; el humo cambió de dirección y dejó a un grupo tosiendo y riéndose sin pensar en irse.

Las ventanas de las casas, encendidas a diferentes alturas, parecían respiraciones de un mismo cuerpo.

Valdemora, de noche, no ocupaba más metros, pero a Elena se le abrió por dentro una extensión que no exigía credenciales.

Como si cupiera una vida entera sin apreturas.

Mateo volvió con las manos frías. Se sentó sin ceremonias, compartiendo el borde de piedra.

—Te ha calado —dijo, acercándole el vaso que había rescatado.

—Tu madre o el vino.

—Las dos.

—Me ha encargado una carta —dijo Elena, y el encargo ya tenía dentro el nombre—. De Marta.

—Lo sé. —Mateo sopló sobre el vino sin necesidad—. Ella no pierde costumbre.

—Mejor.

Se quedaron escuchando la música hasta que la banda pidió un respiro y alguien, desde una casa, sacó un altavoz de plástico que sonó peor y un poco más alto.

Un hombre mayor señaló el cielo: “Mañana hiela”.

Una mujer joven preguntó si alguien había visto su bufanda.

Un perro, con un pañuelo rojo al cuello, dio tres vueltas sobre sí mismo antes de tumbarse exactamente en el sitio donde estorbaba menos.

A la hora en que las brasas empiezan a volverse memoria, Elena se levantó.

Miró la plaza no con prisa por irse, sino con esa manera de revisar mentalmente lo que hay que recoger antes de cerrar una puerta que se va a volver a abrir.

La sopa esperaría en casa, quizá un poco más espesa.

La promesa también. Y, por una vez, las dos le parecieron de la misma familia.

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