Capítulo 24 La séptima carta
La última pista estaba en la séptima casilla del tablero, escrita a lápiz en un papel de cuadro pequeño, con la letra apretada de quien ahorra centímetros: Debajo de lo que plantasteis juntas.
—¿Juntas quiénes? —preguntó Elena, con el dedo aún sobre la palabra.
—Tú y tu abuela. O tu madre y tu abuela. —Mateo se rascó la cabeza, como si el gesto pudiera ampliar la pista—. O las tres.
Se miraron a la vez, con la respuesta donde siempre: el jardín.
—El rosal.
Salieron con una pala y una linterna que a esa hora casi no hacía falta.
El sol, muy bajo entre los almendros, desmenuzaba el aire en un polvo dorado que se pegaba a las mangas.
El rosal seguía encorvado junto a la tapia, con dos rosas tardías de un rojo oscuro y un puñado de hojas manchadas que resistían por testarudez.
A su alrededor, la tierra conservaba el frescor de las últimas lluvias.
—Aquí —dijo Elena, señalando a un palmo de la base, donde recordaba haber dejado el pie la tarde en que trajeron el esqueje.
Mateo hundió la pala con cuidado para no desgarrar las raíces. La hoja entró con un ruido apagado, húmedo. La sacó cargada y, al tercer intento, algo distinto —un golpe seco, asociado a la cocina y a las tapas de las latas— frenó el movimiento.
—Hay metal —dijo, un poco incrédulo, como si estuviera oyendo un eco antiguo.
Quitó la tierra con las manos. Asomó una esquina sin brillo.
Era una caja de latón de las del té, con el relieve gastado.
La envolvía un plástico grueso que había amarilleado, pero no cedido, en treinta años.
Elena sostuvo el paquete mientras él cortaba con la navaja el borde del envoltorio.
Al abrir, el plástico crujió como una hoja seca.
Dentro, con el papel intacto, había un sobre. Y sobre el sobre, una hoja breve, doblada en dos, escrita con prisa:
Última. No me hagas esperar más.
Elena se sentó en el banco de madera, la caja sobre las rodillas.
Notó en los dedos el dibujo frío del latón.
Se limpió el polvo en la falda por reflejo.
Mateo, de pie a su lado, se sacudió la tierra de las manos y dejó la pala apoyada contra la tapia.
El olor de tierra removida y de rosa subía de la zanja.
—Léela tú —dijo él.
—Es para los dos.
—Es para ti.
—Ella no dice eso.
—Léela.
Elena despegó la solapa con cuidado, como si no quisiera despertar a nadie, y sacó un pliego de papel de un blanco más limpio que los otros.
La letra no era la de los cuentos en las servilletas ni la de las notas en la nevera, sino la seca y firme, la que Clara usaba para los papeles de notaría y para las listas de la compra cuando había que ir deprisa y no olvidar nada importante.
INSTRUCCIONES PARA LA CASA
1 La casa no debe convertirse en un museo.
2 El jardín no debe ser una tumba.
3 No conservéis mis cosas por respeto. Conservad las que se usen.
4 Si algo se rompe, no lo tiréis todavía. Miradlo. A veces sirve para otra cosa.
5 La casa necesita voces nuevas: niños, libros, comidas, música, gente que llegue sin saber quién fui.
6 No os quedéis dentro de mis recuerdos. Hace mucho frío y hay mala luz.
7 Si os peleáis, comed primero.
8 Si os vais, volved. Si volvéis, entrad con la cabeza alta. Nadie os va a pedir cuentas.
9 No os he dejado una casa. Os he dejado un lugar para empezar.
10 La promesa más importante no está escrita. Ya sabéis cuál es.
Clara.
Elena la leyó despacio, una vez, y luego otra, como si en la segunda fueran a aparecer palabras nuevas.
Después dejó el papel sobre las rodillas, con las dos manos encima, por si a aquella hora exacta le daba por echar a volar.
El jardín parecía contener la respiración.
Al fondo, las ventanas de la casa se habían encendido de naranja por el reflejo del atardecer, como si hubiera lámparas encendidas aunque dentro no quedara nadie.
—La novena —dijo Mateo, sin moverse.
—Sí.
—¿Qué crees que quiere decir con «la promesa más importante»?
—No lo sé. —Alzó la vista hacia la fachada. Las persianas dejaban rendijas donde se metía la luz—. Creo que quiere que no lo sepamos todavía.
—Es capaz.
—Es muy capaz.
Se quedaron allí un rato, como se quedan los que han llegado al final de un juego que no termina del todo.
Una golondrina de las últimas cruzó el jardín a ras del suelo y rozó con una ala la sombra del banco.
Desde la acequia llegó el golpeteo mínimo del agua contra la piedra.
Elena pensó que había pasado casi un año entero siguiendo siete cartas, y que en realidad eran siete maneras distintas de decir lo mismo sin repetirlo.
Que la última era la única que no hablaba de Clara como si se despidiera de sí misma, sino de lo que vendría cuando ya no estuviera.
Que la casa no cerraba ninguna historia: abría una conversación que iba a exigirles paciencia y manos.
—¿Sabes qué? —dijo, todavía con los dedos sobre el borde de la hoja.
—¿Qué?
—Que voy a abrirla.
—¿La caja?
—La casa.
Mateo no contestó. Bajó al hoyo con un pie, acomodó las raíces sueltas del rosal con los nudillos como quien recoloca el pelo de un niño y empezó a cubrir la oquedad, primero con paladas pequeñas, luego apretando la tierra con la bota para que el arbusto volviera a sentirse sujeto en la oscuridad.
Elena guardó el papel en el sobre y lo deslizó de nuevo en la caja, como si por ahora tuviera que dormir otra vez bajo sus instrucciones.
La linterna, encendida sin necesidad, dejaba un círculo claro sobre la tapia.
Cuando Mateo terminó, sacudió la pala y la apoyó, y el jardín, con su polvo dorado ya casi gris, recuperó su forma de siempre, como si todo aquel trabajo hubiera sido simplemente una manera correcta de volver a poner cada cosa en su sitio.
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