La casa de las promesas perdidas (Los jardines de las promesas) Capítulo 23 Teresa
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Capítulo 23 Teresa

En septiembre, con el primer frío que baja por el valle sin anunciarse, llamó a la puerta una mujer de unos setenta años. Llevaba un abrigo verde oliva que le quedaba algo grande y una caja de cartón sujeta contra el costado, como si no quisiera soltarla en ningún tramo del camino.

—¿Elena Rivas?

—Sí.

—Soy Teresa. Teresa Mena. —Se sostuvo en el umbral un segundo más de lo estrictamente necesario, como quien tantea el suelo antes de poner el peso—. Conocí a tu abuela.

Elena apartó el pie de la puerta y la acompañó a la cocina.

Habían dejado la cafetera italiana apoyada en la encimera desde primera hora de la tarde; el metal retenía un calor tibio, inútil.

Teresa dejó la caja sobre la mesa de nogal y fue quitándose los guantes uno tras otro con una parsimonia que no tenía nada de afectada, más bien de costumbre larga.

Unos guantes de lana gastada, con un punto reparado.

Tenía las manos agrietadas, uñas cortas, las venas pronunciadas en el dorso. Las manos de alguien que ha sostenido peso y tierra y bolsas del mercado sin carrito.

—No vengo a molestar —dijo, sin despegar la espalda del respaldo—. Vengo a traerte unas cosas.

Levantó las solapas de la caja. Dentro, fotografías. Muchas. Sobres de papel manila etiquetados con años, sujetos con gomas. Elena sintió ese olor a cartón guardado y tinta que no se va del todo, incluso bien limpias, como si el tiempo dejara un barniz.

Teresa empezó a sacar los sobres y a esparcirlos con cuidado, de manera que no se amontonaran.

Clara joven, junto al río, con un pañuelo anudado en el pelo y un gesto que no conocía, como si acabara de decir una inconveniencia.

Clara en una boda, el vestido de flores empeñado en pelearse con su silueta, y la sonrisa de quien aguanta la respiración para no pinchar el globo de los demás.

Clara despeinada en el jardín, con ramitas pegadas al jersey.

Clara riéndose, de verdad riéndose, con la cabeza echada atrás y una mano al pecho, el cuello desnudo y un hoyuelo que Elena no había sabido que existía.

Y Clara con ella en brazos, recién nacida, mirando a la cámara con esa desconfianza de sus primeras fotos, como si ya desde allí pidiera explicaciones.

—Nunca había visto esta —dijo Elena, al pasar un dedo por el borde de una copia satinada, acto reflejo de tanta infancia enmarcada—.

—La hice yo.

—¿Eras amiga de mi abuela?

—Cuarenta años —contestó Teresa, sin pausa—. Menos cinco.

La frase quedó apoyada entre ambas, con el mismo peso que la caja.

—¿Qué pasó en esos cinco?

Teresa tardó un poco en responder. Se recogió una hebra de pelo blanco que se había soltado del moño y la fijó detrás de la oreja.

—Murió mi marido. Hace veinte años. Fue rápido y feo. —Tragó, pero no para vencer un nudo, más bien para colocar la voz en su sitio—. Tu abuela no vino al entierro.

Un músculo, en algún lugar entre el esternón y la lengua, se le contrajo a Elena.

—¿Por qué?

—No lo sé. Nunca me lo explicó bien. Decía que no soportaba los entierros, que se había prometido no ir a otro después del de Anselmo.

—El nombre dejó una estela de persona concreta, de un invierno distinto—.

Yo lo entendí mal. —Teresa alzó apenas un hombro—.

Lo entendí como que no me quería lo suficiente. Y no le hablé en cinco años.

En el patio interior, se oyó el cubo de Ramona al dejarse caer en el brocal, repetición que marcaba la hora mejor que el reloj del pasillo.

Elena sirvió café sin preguntar, por reflejo; Teresa lo aceptó con un gesto seco y le sopló antes de llevarse la taza a la boca, conducta de quien se ha quemado muchas veces.

—¿Cómo se arregló?

—Un día apareció en mi puerta con una bolsa de pan.

—Las comisuras de Teresa se movieron como ante un recuerdo que raspa y abriga a la vez—.

No dijo «lo siento». No dijo nada. Dijo: «He comprado demasiado».

Entró sin permiso y puso el pan en la encimera como si me lo fuera a dejar de todos modos.

Comimos pan con aceite en la cocina, sin hablar.

Fue lo más parecido a una disculpa que Clara supo hacer en su vida.

Elena acercó las manos a la taza. A través de la loza, el calor le recorrió los dedos. Intentó tragar el nudo con café, mala idea; se aclaró la garganta con un carraspeo pequeño.

—Yo tampoco fui al suyo —dijo, sin rodeos.

—Lo sé.

—¿Vino todo el pueblo?

—Todo. Llovía a mares. —Teresa dejó la mano abierta sobre la mesa, como si pesara la lluvia de aquella mañana—. Yo estuve delante, con una amiga a cada lado. Y no te voy a decir que no te echamos de menos. Te eché de menos yo, y Mateo, y el cura, que había preparado una frase para ti.

—¿Qué frase?

—No me la dijo. La guardó.

La cocina parecía más grande con las fotos extendidas. Afuera, el viento de septiembre traía olor a hoja mojada, aunque no hubiera llovido allí. La claridad de la tarde se instalaba oblicua sobre la mesa de nogal y resaltaba el grano de la madera.

—Tu abuela sabía que no vendrías —dijo Teresa, la voz un grado más baja—.

Me lo comentó hacia el final. Estábamos en su cocina, aquella mañana que se enfadó porque el horno hacía humo sólo por llevarle la contraria, y me dijo: «Si Elena no viene a mi entierro, no será porque no me quiera. Será porque tiene miedo de la casa».

Y añadió: «Quiero que sepa que no me importa».

—¿Eso dijo?

—Casi con esas palabras. —Teresa aguantó la mirada de Elena sin invadirla—. Aunque no sé si era del todo verdad. Clara mentía bien cuando quería que alguien se sintiera mejor. Y cuando quería salirse con la suya.

Una risa breve, más húmeda de lo que a Elena le habría gustado, se le escapó sin permiso.

—Nunca la había oído hablar de ella misma así.

—Tu abuela no era una santa. —Teresa recogió los guantes con los dedos, los encajó uno dentro del otro, los volvió a sacar, como si le costara dar por terminada la visita—.

Y no lo digo por hacer daño. Lo digo porque he visto a demasiadas mujeres deslomarse intentando parecerse a alguien que no existió.

Clara hacía mucho bien. También hacía daño sin querer y a veces queriendo. Tenía días.

—Ya lo sé.

—Bien. —Se levantó despacio, con una rigidez que no tenía que ver con la edad, sino con la determinación de quien se ha prometido no llorar en casa ajena—. Las fotos son tuyas. No hace falta que hagas nada con ellas todavía.

En la puerta, Teresa la abrazó con una energía que no había parecido posible en su cuerpo menudo. Un abrazo corto, firme, como los nudos marineros buenos. Y, al oído, con la misma sequedad cálida con que había dicho lo de la bolsa de pan:

—Ven a verme alguna vez. No tengo pan, pero tengo café.

Se fue sin mirar atrás, paso de mujer que conoce las aceras, y el abrigo verde le hizo un quiebro a la altura del codo cuando bajó el escalón del porche.

Elena llevó la caja a la biblioteca y fue sacando las fotografías sobre la mesa larga hasta que cada sobre encontró su sitio.

La casa entera parecía volverse hacia allí, como cuando alguien enciende una radio bajita en una habitación y el resto de estancias la escuchan.

Mientras clasificaba por años, reconocía letras de su abuela en los reversos, apodos que no habría sabido descifrar sin los sobres: «Inés con el sombrero ridículo», «Ibáñez, día de la barbacoa», «Ramona y la niña de las botas», y una flecha torpe señalando a Vera, muy pequeña,

con unas botas amarillas que le subían casi hasta la rodilla.

Mateo pasó por la puerta con una caja de herramientas, dispuesto a arreglar la bisagra terca del armario del fondo, y se detuvo delante de una imagen donde Clara estaba sentada en el jardín, joven todavía, el pelo alborotado y un limonero finísimo que aún parecía un experimento detrás de ella.

—Nunca la había visto así —dijo desde el quicio, más que a Elena, a la fotografía.

—Yo tampoco.

—Parece otra persona.

—Quizá siempre lo fue.

Él dejó la caja junto a la silla y se acercó un poco más. No dijo nada más. Se quedó un rato, el suficiente, y luego se volvió al armario. Elena apartó la foto del limonero, como si el resto pudieran ir encontrando su lugar sin esa que reclamaba un sitio propio, y la guardó aparte.

Esa noche, después de la cena, buscó en el taller de la planta baja un listón de nogal sin vetas demasiado alborotadas.

Lijó los cantos con el cuidado con el que se alisa una prenda antes de doblarla y, cuando tuvo el marco montado, apoyó la fotografía sobre el cristal.

La imagen encajó con una naturalidad que le soltó un músculo en los hombros.

No la colgó en el salón, donde los retratos ajenos corrían el riesgo de confundirse con las expectativas.

La llevó al pasillo del archivo, ese corredor que a determinadas horas parece un muelle.

La fijó a la pared en la zona de los cuadernos.

Desde allí se veía la puerta azul que descansaba en la penumbra del cuarto nuevo.

Elena tocó el listón una vez, sólo para comprobar que no bailaba, y estuvo un momento de pie, con los brazos en los bolsillos de la rebeca, escuchando el goteo regular del radiador viejo y el golpeteo leve del estanque, donde los peces seguían dibujando pequeñas uves aunque nadie les echara pan.

Quería que esa fuera la primera imagen de Clara que vieran los que llegaran con un cuaderno bajo el brazo: no la abuela que había rellenado silencios con recetas y refranes, sino la mujer que, en aquel trozo de papel, aún no sabía qué iba a hacer con su vida y parecía, por una vez,

contenta de estar a punto de averiguarlo.

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