La casa de las promesas perdidas (Los jardines de las promesas) Capítulo 21 El cuaderno de 1971
51%

Capítulo 21 El cuaderno de 1971

La noche después de la sopa fría, cuando ya no hizo falta decir mañana, Elena recordó el calor de julio como si lo tuviera otra vez pegado a la piel.

Entonces había subido al desván con una lámpara frontal y un pañuelo atado a la frente para buscar mantas para unos huéspedes que todavía eran una posibilidad.

A los diez minutos, entre el olor a polvo viejo y alcanfor, había decidido que las mantas podían esperar hasta noviembre.

En aquel horno de tablas crujientes y telarañas tensas como cuerdas de violín, se abrió paso entre cajas de vajilla desparejada y sillas con una pata coja.

Bajo una ventana que no daba a ninguna parte —un rectángulo ciego tapado por tablas—, detrás de un baúl lleno de ropa de niño y una maleta sin asas con dos etiquetas que ya no decían nada, encontró una libreta de tapas de hule negro.

No era como las del archivo: más pequeña, gastada por las manos.

En la primera página, con tinta azul y una letra más redonda de lo que Elena creía recordar de su abuela, se leía: Invierno de 1971.

Se sentó en el suelo, el pantalón empapado en el hueco de las rodillas, y empezó a leer olvidándose del calor.

Clara tenía treinta y tres años. Elena hizo la cuenta sobre los dedos, dos veces.

Le costaba verla así. Aún no era la mujer que corregía a policías de novela ni la que dejaba tarros de mermelada en los felpudos de los vecinos cuando se constipaban.

Era una mujer con dos hijos pequeños —Marta, su madre, de once años, y un niño que murió pronto y del que en casa casi no se hablaba— que acababa de mudarse a una casa que todavía no sabía habitar.

Entre las páginas había fotografías pegadas con un pegamento que había virado a amarillo.

Clara con un hombre delgado, de cejas espesas y una diversión contenida en la mirada: Anselmo, el abuelo que Elena no conoció.

Los dos delante de la fachada recién encalada, el jardín todavía convertido en un rectángulo de barro con dos ladrillos haciendo de escalón.

Bajo la foto, de su puño y letra: “Todavía no sabemos qué vamos a hacer aquí”.

Había listas, muchas. “Comprar ventanas.”

“Arreglar el tejado.” “Plantar rosales.”

“Conseguir una mesa que no cojee.” “Aprender a vivir con menos.”

En una hoja, subrayado dos veces, una frase que se clavó: “No quiero que esta casa sea una prueba de que fuimos felices. Quiero que sea un sitio donde podamos serlo incluso cuando no lo estemos”.

Elena dejó unos segundos el cuaderno sobre el muslo. Aquello no era una carta para nadie. No había destinatario, ni sello, ni gesto público. Era una conversación con sí misma. Sintió que estaba oyendo a Clara en una voz que no había prestado a los demás.

El invierno de aquel cuaderno hablaba de dinero contado con el dedo, de discusiones pequeñas que se atragantan y de otras grandes que vacían una tarde entera, de un frío que obligaba a dormir con el abrigo por falta de leña,

de enfermedades que no salían en las novelas y de reconciliaciones cocinadas a fuego lento.

Nada tenía la altura pulida que Elena había puesto, por costumbre, en la figura de su abuela.

Había cuentas mal sumadas, una nota agria sobre la suegra, una tarde de octubre en la que Clara solo escribió: “Hoy he odiado a todo el mundo. Menos al gato”.

En febrero, con letra apretada y el trazo un poco torcido, Clara contó que había hecho una maleta: “Anselmo me ha dicho que puedo irme. Lo ha dicho sin gritar, sentado en la cocina, con las manos sobre la mesa. Me he quedado tan parada que se me ha caído la sartén. Me ha dicho: puedes irte, Clara,

pero no lo hagas para demostrar que no estás atada a mí. Vete si quieres irte. Quédate si quieres quedarte. Lo demás es una discusión que no vale la pena ganar”.

La entrada siguiente, dos días después, era una sola línea, como si no quisiera adornar nada: “He vuelto. No porque él me esperara. Lo he mirado desde la puerta y me he dado cuenta de que quería estar aquí”.

La primera vez que cerró el cuaderno, allá arriba, Elena lo apretó contra las rodillas sudadas y escuchó un ruido de paloma arrastrando las patas por las tejas.

Pensó en esa diferencia fina entre quedarse por miedo y volver por elección.

Eso que se parece a la misma palabra y, sin embargo, no pesa igual en el pecho.

No dijo nada entonces. Bajó el cuaderno y lo guardó en una caja de madera, con la vaga idea de enseñarlo cuando no escociera. El verano siguió, pasó la ausencia larga de Mateo y, aquella noche de noviembre en la que ni la sopa ni el tiempo daban prisa, lo sacó por fin.

Se lo extendió en el banco del jardín. La luz del porche atraía a tres polillas obstinadas que parecían haber pactado chocar siempre contra la misma esquina del cristal. El limonero, con sus tres limones, parecía seguir su cuenta aparte.

Mateo lo leyó despacio. No iba pasando las páginas con las puntas de los dedos, como si temiera romper algo, sino con el dorso, dejándolas caer hacia la mano. A Elena le gustó ese cuidado.

—¿Nunca te contó nada de esto? —preguntó él sin levantar la vista todavía.

—No.

—Igual pensaba que todavía no era tu historia.

—¿Y ahora?

—Ahora sí. —Cerró el cuaderno con una palma suave—. ¿Qué te preocupa?

—Que me parezco demasiado a ella.

—Eso no es una preocupación.

—¿No?

—Es un dato. —Se removió en el banco, buscando la madera menos fría—. Te enseñó a abrir la puerta. Lo que hagas al otro lado es tuyo.

—¿Y tú qué haces para no darme consejos?

—Lo intento.

—Fracasas.

—Estoy trabajando en ello.

Se quedaron un rato sin añadir nada, oyendo las patas de un erizo arrastrarse bajo el boj. Elena pensó en la sartén de su abuela, en el golpe sordo contra el suelo de la cocina, en una mujer con una maleta abierta en la cama y dos días por delante para llenarla o volver a guardarla en el altillo.

Cuando entraron, Elena no escondió la libreta en ninguna caja.

Fue hasta la biblioteca y la colocó en el estante más visible, al lado de las novelas con el lomo gastado de Clara Valmont, como si por fin admitiera que ese cuaderno también era parte de la casa.

No sintió la necesidad de ocultar nada. La noche, por una vez, no pidió explicaciones.

Afuera, la luz del porche siguió encendida un rato más, y las polillas insistieron en su error con una fe que casi enternecía.

Dentro, la casa guardó ese calor que ya no molestaba.

✦