EPÍLOGO NIEVE EN EL PASO ALTO #2
—A ti —continuó Vesper, señalándola con la cuchara— te espera trabajo duro. Esa espada que portas no es una hoja cualquiera. Lo has notado. Corta más allá de lo visible. No hiere solo materia. A veces separa una cosa de aquello que la sostiene en el mundo.
Helen bajó la vista hacia la espada envainada a su lado.
La hoja permanecía quieta. Inocente, casi.
Helen había aprendido que las cosas más peligrosas del universo suelen tener esa cara.
—En la Academia hay alguien que podrá enseñarte —dijo Vesper—. Aquiria.
Pronunció el nombre con un matiz que parecía mezclar respeto, resignación y la memoria de varios disgustos formativos.
—Es la mejor maestra de armas que conozco. Probablemente la mejor que ha existido en este lado del firmamento. Puede corregirte una postura a veinte pasos. Puede desarmarte con un cucharón. Y tiene opiniones muy fuertes sobre los codos.
Helen sonrió por primera vez en varios minutos.
—Suena encantadora.
—Oh, lo es. Siempre que no agarres mal una espada delante de ella.
—Entonces me odiará antes del desayuno.
—Seguramente. Es una excelente base para una relación educativa.
Helen soltó una risa corta, cansada, sincera.
Vesper volvió entonces la mirada hacia Misteria.
La niña había terminado su pan. Ahora observaba la nieve con aquella atención quieta suya, como si estuviera escuchando algo que solo ella podía oír.
La luz del fuego se reflejaba en sus ojos negros sin llegar jamás a habitarlos del todo.
—Y a ti —dijo Vesper con suavidad— te llevaré con ciertas personas del Consejo. Viejos amigos. O, como mínimo, gente cuya utilidad supera a sus defectos, lo cual ya es mucho decir.
Misteria lo miró.
No pestañeó .
Vesper mantuvo la mirada un segundo más. Luego otro.
Helen había visto a hombres armados flaquear ante esos ojos. Vesper, en cambio, parecía estar midiendo un problema matemático especialmente fascinante.
—Si queda alguien capaz de entender qué eres —murmuró—, quizá siga respirando allí.
Lo dijo tan bajo que Helen apenas distinguió las palabras.
Pensó que había oído algo y decidió dejarlo estar.
Vesper tenía la desagradable costumbre de esconder sus frases importantes debajo de otras frases menos importantes, como si hablara en capas para obligar a los demás a hacer excavaciones arqueológicas en cada conversación.
La cena continuó con menos palabras y más calor.
Cuando los cuencos quedaron vacíos, Helen se envolvió en la manta con el alivio devoto de quien vuelve a una religión antigua. Misteria se acurrucó a su lado sin pedir permiso, lo cual equivalía, en términos emocionales de Misteria, a una declaración bastante seria.
Vesper removió las brasas con una rama.
—Dormid. Mañana subiremos pronto.
—¿Y usted?
—Yo soy viejo. Dormiré a ratos, como hacen las personas sabias y los muebles defectuosos.
Helen resopló.
—Eso no significa nada.
—Significa exactamente lo que he dicho.
Se tumbó con la espada al alcance de la mano y la manta hasta la barbilla. Misteria apoyó la cabeza en su hombro. El cuerpo menudo de la niña irradiaba un calor inesperado, casi felino.
Helen pensó en Articus.
Pensó en la Casa.
Pensó en el mapa doblado que ahora guardaba en la mochila, en el dibujo minucioso de cada rincón del bosque, en el modo en que Articus había apretado aquel papel contra el pecho como si Helen le hubiera puesto entre las manos una promesa.
Voy a volver , pensó.
No supo si se lo decía a él, a sí misma o al mundo entero.
El sueño llegó rápido.
Vesper se quedó despierto junto al fuego.
El frío aumentaba por momentos, pero no parecía tocarlo del todo.
O quizá sí lo tocaba y él se limitaba a ignorarlo, que a sus años venía a ser casi lo mismo.
Delante de él, la nieve descendía cada vez con más decisión.
Detrás, Helen y Misteria dormían convertidas en un bulto de mantas oscuras y respiración compartida.
Vesper alzó la mirada hacia el cielo.
Entre las nubes abiertas se veían las estrellas.
O la parte de las estrellas que aún quedaba.
El firmamento seguía rajado de lado a lado por aquella herida inmensa, por aquella ausencia que no era ausencia sino invasión.
La oscuridad ocupaba ya demasiado espacio.
Mucho más que hacía un siglo. Bastante más que hacía cincuenta años.
Mañana sería peor.
El día siguiente siempre era peor.
Vesper Stellaris, cronista del umbral, fundador, consejero, necio persistente, apoyó las dos manos sobre el cayado y cerró los ojos un instante.
Ya no se trataba de vencer.
Se trataba de resistir un día más. De preservar un valle más. Una biblioteca más. Un niño más dormido al calor de una chimenea. Una cena mediocre compartida entre los vivos. Un poco de risa. Un poco de pan. Un poco de tiempo.
Abrió los ojos.
La nieve seguía cayendo .
—Llegamos tarde a todo —murmuró para sí—. Y aun así, habrá que llegar.
El fuego respondió con un leve crujido.
Muy lejos de allí, al otro lado del Paso Alto, una campana antigua comenzó a sonar.
No era una campana grande. No era una campana ceremonial. Era peor. Era una de esas campanas pequeñas y austeras que solo existen para anunciar problemas de una categoría muy específica.
En la torre oriental de la Academia, Aquiria levantó la cabeza.
Estaba sola en la sala de armas, afilando una hoja larga y estrecha a la luz de tres lámparas azules. Llevaba el cabello recogido y la espalda recta con la clase de disciplina que o se aprende en la infancia o se paga muy cara más adelante. La primera campanada no la inquietó.
La segunda sí.
La tercera hizo que dejara la piedra de afilar sobre la mesa.
Aquiria se quedó inmóvil.
Hacía siglos que aquella campana no daba tres notas.
Se volvió hacia la ventana.
Más allá del cristal, el valle de la Academia dormía bajo la nieve temprana. Las casas bajas. Los senderos. Los huertos en reposo. Las torres. Las luces escasas. La paz provisional de todos los refugios que saben demasiado bien lo frágil que es la palabra provisional .
Aquiria entrecerró los ojos.
—Vesper —dijo en voz baja.
Y luego, tras un segundo de reflexión sombría:
—¿Qué demonios me traes ahora?
Muy por debajo de la torre, en la piedra más antigua de la Academia, una runa dormida se encendió por primera vez en trescientos años.
Fin del Epílog o