EPÍLOGO NIEVE EN EL PASO ALTO
La nieve empezó antes de que empezara la montaña.
Eso ya era, en opinión de Helen, una grosería climática.
Las primeras motas blancas bajaron despacio, casi con timidez, sobre el último tramo de llanura.
Aún faltaban horas para alcanzar el Paso Alto y, sin embargo, el aire ya olía a piedra helada, a pino oscuro y a esa limpieza cortante que precede a los lugares donde el mundo se vuelve más severo.
Delante de ellos, la cordillera se alzaba como un muro antiguo: cumbres blancas, laderas de roca negra y venas de bosque trepando hasta donde el frío les permitía existir.
Vesper alzó la vista hacia los copos con la expresión de un hombre que acababa de descubrir una errata en un manuscrito sagrado.
Helen, que llevaba semanas caminando con él, empezaba a distinguir bastante bien las diferencias entre Vesper fascinado , Vesper preocupado y Vesper preocupado pero intentando parecer fascinado para no alarmar a nadie . Aquello era claramente lo tercero.
Habían dejado atrás la Casa hacía bastante tiempo.
El bosque de árboles titánicos se había ido abriendo poco a poco, como una mano que al fin accede a relajar los dedos.
Luego habían llegado senderos más anchos, huertos, cercas de piedra y aldeas pequeñas donde aún había humo saliendo de las chimeneas y ropa tendida al viento y niños correteando con la temeridad natural de los niños, que consideran la existencia del peligro una información interesante pero no necesariamente aplicable a su propia persona.
Eso, más que ninguna otra cosa, había consolado a Helen.
Había más vida en aquel mundo .
Más hornos encendidos. Más sopa burbujeando. Más ancianas dando órdenes. Más gente remendando tejados, discutiendo precios o maldiciendo al barro. No era un reino muerto sostenido por un puñado de locos heroicos y una casa imposible. Seguía habiendo mundo. Herido, sí. Cansado, sin duda. Pero vivo.
Y el viaje, en conjunto, estaba siendo extrañamente agradable.
No fácil. Agradable .
Que son dos cosas muy distintas, como Helen estaba descubriendo con la clase de intensidad que solo proporcionan las ampollas.
Misteria, por su parte, se había adaptado al camino con una flexibilidad insultante.
Seguía considerando a Articus el centro emocional del universo conocido, pero había decidido que Helen era un sustituto razonable en lo tocante a abrazos, hombros y transporte estratégico.
Pasaba buena parte del día encaramada a su espalda o aferrada a su cuello con la naturalidad de un animalillo nocturno que ha elegido árbol.
Con Vesper mantenía una relación más práctica: lo toleraba porque el anciano producía galletas con la frecuencia milagrosa de una deidad menor especializada en meriendas.
Vesper caminaba delante con su cayado, su barba y una velocidad profundamente ofensiva para la dignidad de cualquier persona de menos de ochenta años.
A intervalos irregulares abandonaba el sendero para estudiar una seta, examinar una piedra o seguir con la mirada a una ardilla con el respeto profesional de un erudito ante un colega particularmente especializado.
Helen estaba empezando a sospechar que una parte significativa de su inmensa sabiduría procedía, simplemente, de haberse parado a mirar absolutamente todo durante demasiado tiempo.
—Pasaremos aquí la noche —anunció Vesper, deteniéndose al fin junto a un afloramiento de roca que protegía una pequeña hondonada del viento—. Mañana cruzaremos el Paso Alto. Será un camino duro. Conviene llegar con piernas. O, como mínimo, con unas que todavía respondan .
Helen dejó caer la mochila al suelo con un gemido solemne.
—Mis piernas hace dos días que son una opinión —dijo.
Se dejó caer sobre una piedra baja. Se quitó una bota. Luego la otra. Observó sus calcetines con la tristeza específica de quien teme el momento de ver lo que hay debajo.
—Si mis pies han decidido independizarse y fundar su propio gobierno, no pienso impedírselo.
Misteria se escurrió de su espalda, aterrizó sin ruido en la hierba escarchada y desapareció entre los arbustos con la eficacia de una idea maligna.
Vesper ya estaba reuniendo ramas secas.
Helen lo miró con fatiga ofendida.
—¿Cómo puede seguir moviéndose así?
—Disciplina, buena dieta, un odio razonable a estar quieto y varios siglos de práctica —respondió el anciano.
—Claro. Lo normal.
Entre los dos prepararon el campamento. Helen extendió mantas y desenrolló el petate con movimientos lentos, muy conscientes, porque a aquellas alturas del viaje cada músculo suyo había presentado una queja formal.
Vesper encendió el fuego con la facilidad distraída de quien no considera que prender llamas sea algo que merezca atención especial.
Al poco, una hoguera pequeña pero obstinada empezó a combatir el frío con ese heroísmo modesto que solo poseen las cosas verdaderamente útiles.
Misteria regresó cuando el calor empezaba a asentarse.
Traía dos zanahorias, un puñado de setas, tres castañas, una patata pequeña y una cebolla que no parecía haber brotado silvestre en ninguna parte.
Helen la observó.
—No voy a preguntar.
Vesper observó la cebolla con ojos entornados.
—Yo tampoco. La civilización se sostiene sobre silencios prudentes .
Prepararon una cena sencilla. Caldo claro, verduras, las setas examinadas dos veces por Vesper y una cantidad ofensivamente generosa de pan duro ablandado al fuego.
No era festín alguno, pero el olor llenó la hondonada con una calidez doméstica que hizo que la montaña pareciera, por un momento, menos montaña y más patio trasero de una casa muy fría.
Helen sostuvo el cuenco entre las manos y dejó que el calor le subiera por los dedos.
Miró el fuego. Miró la nieve cayendo al otro lado del pequeño círculo de luz. Miró a Vesper, que sorbía el caldo con la serenidad de un hombre que ha encontrado el punto exacto entre la contemplación filosófica y la sopa caliente.
Y decidió que ya era suficiente.
—Creo que ha llegado el momento de que nos dé más información sobre la Academia.
Vesper levantó la vista.
—¿Más?
—Más de «hay muchos libros» —dijo Helen—. Muchísimo más de «hay muchos libros».
El anciano meditó aquello.
—También hay mesas.
Helen lo miró en silencio.
Vesper suspiró con resignación teatral.
—Está bien, está bien. Qué poca paciencia tiene la juventud moderna. Antes los aprendices aceptaban semanas de misterio antes de recibir explicaciones.
—Antes los aprendices probablemente se morían antes de poder quejarse.
—También es cierto.
Se acomodó mejor junto al fuego. Las llamas le arrancaron reflejos cobrizos a la barba blanca. Su mirada se dirigió hacia la masa oscura de la montaña .
—La Academia se encuentra al otro lado del Paso Alto, en un valle pequeño y difícil de encontrar si uno no sabe dónde mirar.
Un valle resguardado por la piedra, por antiguos trazados y por la testarudez de varias generaciones que se negaron a abandonarlo.
No está intacto —añadió—. Nada lo está ya. Pero sigue en pie.
Hablaba ahora con voz más baja, más medida. La voz de Vesper cuando dejaba de jugar a ser excéntrico y permitía asomar al hombre enorme que había dentro.
—Hay una aldea junto a la Academia. Creció alrededor de ella hace siglos y ha seguido creciendo como crecen estas cosas: con refugios improvisados, con ampliaciones torcidas, con familias que llegan sin nada y deciden no marcharse.
Ahora hay eruditos, artesanos, niños, un puñado de viejos insoportables y un número de refugiados que no deja de aumentar.
Gente buena, en su mayoría. Gente herida, casi toda.
Helen asintió despacio.
—O sea, gente.
—Exacto. Y la gente, muchacha, tiene la incómoda costumbre de complicarlo todo.
Misteria, instalada junto a Helen como una sombra en miniatura, arrancó un pedazo de pan y lo masticó con gravedad absoluta.
Vesper señaló el cuenco con la cuchara, como si acabara de recordar algo importante.
—Escúchame bien. Bajo ninguna circunstancia hables allí de tu mundo de origen. Ni del cruce. Ni de cómo llegaste a esta región. Si alguien pregunta demasiado, dices poco. Si alguien pregunta con amabilidad excesiva, dices menos todavía.
Helen frunció el ceño.
—¿Tan mala idea es?
—Es una idea desastrosa. —Vesper bebió un sorbo antes de continuar—. La Academia ha conservado mentes muy afiladas. Algunas amables. Otras no tanto. Si les das un hilo, tirarán de él hasta deshacerte el jersey. Y créeme, nadie quiere verse metafóricamente deshecho por un erudito con tiempo libre.
—Tendré cuidado.
Vesper asintió. Luego señaló con la barbilla hacia la oscuridad que quedaba más allá del fuego.
—Y vigila a los refugiados. No porque sean malas personas. Precisamente por lo contrario. Han perdido casas, familias, certezas. Han visto a la corrupción demasiado de cerca. La desgracia vuelve perspicaz a la gente. A veces también la vuelve cruel sin proponérselo.
Helen removió el caldo con el pan.
—No me gusta que hables de esa forma. Suena a que llegamos a un lugar seguro que no es seguro.
—Eso es exactamente lo que es —dijo Vesper—. Un lugar más seguro que el resto. Que, en los tiempos que corren, es lo máximo a lo que puede aspirarse con decencia.
La respuesta tenía algo triste y algo tan brutalmente honesto que Helen no supo discutirla.
El viento cambió de dirección. Un remolino de copos cruzó la hondonada y se deshizo al tocar el calor del fuego.
Vesper extendió la mano. Dejó que la nieve cayera sobre su piel. Observó cómo los cristales se fundían.
—Está adelantada —murmuró—. Esto no debería caer todavía.
Helen levantó la vista.
—¿Mal augurio?
—Tal vez. —Vesper miró el cielo—. Tal vez advertencia. Tal vez trampa. En estos tiempos una aprende a no poner nombre demasiado pronto a las desgracias. A veces se ofenden y crecen.
Helen decidió, con buen criterio, que no quería saber si aquello era una broma.