La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) Final y principio #2
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Final y principio #2

—Como no podíamos romper el pacto, hicimos un trato con ella.

Viola vivía en esos montes, y le prometimos que, pasara lo que pasase con el Brillo y con los Astruc, podría quedarse allí, que ese siempre sería su hogar.

—Mientras hablaba, desvió la mirada hacia un mirlo que cantaba sobre la rama de un árbol cercano—.

Vivió allí hasta su muerte. Y después su hija, y su nieta.

Con el tiempo, sus descendientes se marcharon del pueblo, pero nosotras seguimos guardando el lugar para ellas.

—¿Y Casandra? —preguntó Dalia.

Cora volvió a posar los ojos en ella.

—¿Casandra? Es mejor que te lo diga ella. Yo ya te he contado todo lo que debía.

Dalia volvió la cabeza y vio que Casandra estaba allí, junto al banco; no la había oído acercarse. Dios, aquella mujer era silenciosa como un zorro. Cora dio por terminada la conversación, giró sobre sus talones y se alejó sin decir nada más. Casandra ocupó su lugar y se sentó junto a Dalia.

—Bueno —dijo con una sonrisa agria—, ya ves que no te había explicado toda la verdad. Por cierto, ¿cómo va ese tobillo?

—Fatal —respondió Dalia—, me lo curaste espantosamente mal. Voy a quedarme tullida.

—Sí, seguro —dijo Casandra.

—¿Y ahora qué? —preguntó Dalia—, ¿qué vas a hacer? Solo quedan tres Tías y el Brillo es frágil. Quizá sea el momento de intentar recuperar lo que es tuyo.

Casandra negó con la cabeza.

—No estoy interesada en eso. Heredé los dones de Viola y con eso me basta. Y tú, Dalia, no deberías preocuparte tanto por el Brillo. Estoy convencida de que sabrías arreglártelas sin él.

Aquello le provocó una punzada de amargura. Resultaba extraño que una casi desconocida pareciera confiar tanto en ella cuando su propia madre le había dado a entender justo lo contrario: que sin el Brillo no sería nadie.

—No lo creo —dijo Dalia.

Casandra la observó con calma.

—Podría enseñarte lo que sé, si quisieras. Tienes talento, fuiste muy buena robando el Stróphalos.

—Eso me convierte en una buena delincuente, en todo caso, no en una buena bruja —replicó Dalia.

Casandra esbozó una media sonrisa.

—Para algunas personas no hay mucha diferencia entre una cosa y la otra.

Dalia se levantó del banco. No tenía ningún interés en convertirse en bruja y acabar como Casandra, recolectando hierbas por los bosques de Los Altos, despeinada y con un abrigo pasado de moda.

Tendría que estar al borde del apocalipsis —aunque, en cierto modo, ya lo había estado— y que el futuro de la humanidad dependiera de que ella aprendiera a preparar mejunjes de hierbas y emplastos imposibles para aceptar una oferta así.

Tenía una vida apasionante, llena de lujos, fiestas y chicos a los que conquistar, y una casa preciosa en Aurora.

Suspiró. Bueno..., quizá no fuera tan apasionante como siempre había pensado, pero era su vida. La única que había conocido.

—No, gracias —dijo—. Paso.

Mientras se alejaba, se preguntó si sería de mal gusto bajar aquella misma noche a El Túnel a por una copa y un poco de fiesta.

Se sentaron en el punto más alto del cementerio. Desde allí, apenas unas semanas antes, Alex y Cora habían estado vigilando la tumba de la señorita Prim. A Alex, sin embargo, le parecía que hubieran pasado años desde entonces.

—¿Qué querías contarme? —preguntó Zoe.

Alex trató de escoger muy bien las palabras antes de hablar.

No quería asustarla; ya habían pasado por demasiadas cosas en los últimos días.

A Zoe le quedaría una horrible cicatriz en el tobillo, justo donde Tércot la había rodeado con el halo.

Una más . Alex pensó en ello un momento y sintió que el corazón se le encogía.

—Unas semanas antes de morir —dijo al fin—, Velia me lanzó... una profecía.

Perfecto. Si la idea era no asustar a Zoe, acababa de hacerlo fatal. Profecía. Solo esa palabra ya sonaba a problemas, a destinos sellados. A cosas que terminaban mal.

—¿Una profecía? —preguntó Zoe.

—A ver..., más bien era como un vaticinio, un oráculo. Un...

—¿Un horóscopo? —dijo Zoe.

Bueno, esa no era exactamente la palabra, ni mucho menos, pero horóscopo sonaba bastante menos solemne. Además, los horóscopos siempre fallaban, ¿no?

—Sí, exacto —dijo Alex—, algo así.

Zoe arqueó una ceja.

—¿Y qué decía tu horóscopo?

—Que conocería el amor.

—Ajá —dijo Zoe, y en su boca apareció una sonrisa ligeramente burlona.

Alex se ruborizó sin poder evitarlo, aunque también sonrió.

—¿Y qué más? —preguntó Zoe—. Porque hay más, ¿no?

—Sí, hay más —dijo Alex—. Me dijo que conocería el amor... y que moriría por ese amor.

Soltó una carcajada un poco histérica. Zoe, en cambio, dejó de sonreír y la miró con preocupación.

—Pero no tenemos de qué preocuparnos —añadió Alex deprisa—. Quiero decir..., en caso de que tú seas ese amor...

—¿En caso de que lo sea? —repitió Zoe, y su expresión se retorció aún más. Ahora parecía enfadada.

Alex tenía la sensación de estar sacando el pie de un charco solo para meterlo en otro.

—Quiero decir... que yo no tengo miedo —se apresuró a añadir—. Las profecías de tía Velia casi nunca se cumplen.

Pero eso no era exactamente verdad. La profecía del Desvelo se había cumplido, después de todo. Y quizá Velia hubiera intuido que con aquella tormenta se acercaba algo más oscuro, algo que no llegó a decir. Quizá la antigua Aisthēsis hubiese percibido a Tércot antes que ninguna de las otras diosas.

Pasaron unos segundos.

—Entonces... —preguntó Zoe—, ¿quieres dejarlo?

Alex, que se había quedado pensativa mirando una hormiga trepar por una brizna de hierba, alzó la cabeza.

—¿El qué?

—No sé..., lo nuestro. Sea lo que sea lo que hay entre nosotras.

Alex la observó un momento. Para el funeral, Zoe se había puesto un vestido negro largo. Sentada allí, con el pelo suelto y el mechón azul recogido detrás de la oreja, a Alex le pareció casi una diosa. Por un instante le recordó a Eca con aquellos vestidos de médium que solía llevar.

Alex alargó la mano, le soltó el mechón azul con cuidado y empezó a juguetear con él entre los dedos.

—Me gusta el riesgo, ¿sabes? —dijo al final—, es algo que he aprendido de mí misma en estos últimos días. Así que creo que puedo asumir las consecuencias de estar contigo.

Zoe asintió lentamente. Luego se inclinó y la besó.

—¿Y tú? —preguntó Alex cuando se separaron—. ¿Todavía piensas en marcharte de Aurora?

Zoe suspiró.

—Bueno..., ahora que el imperio Astruc tiene un nuevo emperador, quizá me lo piense. Frederic no parece tan gilipollas como Abel.

Alex sonrió.

—Sabes que podrías aceptar el Brillo, ¿no? En tus manos sería algo distinto. Tú lo usarías de otra manera.

—¿Lo dices porque quieres que adore a las Tías? ¿Te preocupan, ahora que están tan frágiles?

Alex negó con la cabeza.

—No, quiero que hagas lo que tú quieras hacer. Solo digo que puedes elegir tu propio camino.

Zoe torció la boca.

—¿Elegir tu propio camino? Alex, eso suena a...

Alex le puso un dedo en los labios para evitar que continuase.

—Ya lo sé.

Recordaba perfectamente aquella conversación en la cocina, hacía apenas unas semanas, y lo que Zoe había dicho sobre elegir: que elegir era un privilegio, que solo se podía elegir cuando se tenían opciones.

Alex retiró el dedo y esta vez fue ella quien besó a Zoe.

—Pero ahora sí tienes opciones —dijo en voz apenas audible.

Ya no quedaba nadie en el cementerio. El sol de mediodía era tan brillante que hacía relucir las lápidas entre la hierba.

La mirada de Alex se posó en la tumba de Velia, cuya tierra aún estaba fresca, y, durante unos segundos se quedó contemplándola en silencio. Sintió que se le empañaban los ojos.

Zoe le pasó un brazo por los hombros y le acarició la nuca con suavidad.

— You wait and see when the smoke clears —le dijo al oído.

Alex reconoció la frase al instante. Era un verso de You Learn , de Alanis Morissette. Al vivir, aprendes.

Para Zoe ya casi era hora de volver a las bandejas y las fritangas de la cantina Astruc.

—¿Nos vemos más tarde? —preguntó.

Aquellas tres palabras resonaron en la mente de Alex como un bálsamo. Se verían luego, claro que sí. Y volverían a verse cuando la semana comenzara y cuando llegase a su fin.

—En tu casa, las Tías no quieren visitas por ahora —respondió, y posó la mirada en el tobillo de Zoe—. ¿Necesitas ayuda?

Zoe negó con la cabeza, la abrazó, le revolvió el pelo con cariño y empezó a bajar despacio por el sendero en dirección a Aurora.

Alex la observó alejarse durante unos segundos y después se acercó a la tumba de Velia para despedirse.

El gato que la había acompañado la noche de Gerda Prim se calentaba al sol, tumbado sobre la hierba.

Alex chasqueó la lengua para llamarlo. El animal alzó la cabeza, la miró con sus ojos amarillos y respondió con un maullido.

Luego se incorporó con calma y fue hacia ella hasta refugiarse entre sus piernas.

Y la siguió todo el camino hasta la casa de las Tías.