Final y principio
Final y principio
Hacía una mañana preciosa cuando enterraron a Velia.
A los Astruc —en realidad, a Frederic, que había asumido el papel de cabeza de familia— le había costado un gran esfuerzo encubrir lo ocurrido y hacerlo pasar ante el pueblo por un terrible accidente.
Según la versión que se había difundido, la familia y las Tías se encontraban en la cueva cuando esta colapsó de forma repentina, matando a Abel y Velia y dejando heridos a Mora y al propio Frederic.
En cuanto a Luca, a quien nadie había vuelto a ver desde el derrumbe, se hizo correr la voz de que se había marchado por unos asuntos de familia.
Si en el pueblo se lo habían creído o no, tampoco importaba demasiado. Lo más probable era que no. Pero con el tiempo lo olvidarían y seguirían con sus cosas, como siempre.
Alex estaba segura de que ella no iba a poder hacer lo mismo.
Todo lo que había ocurrido la horrible Noche del Brillo y el día aún más horrible que la había sucedido había trastocado su vida para siempre.
No solo había arrasado con su familia, también había destruido las pocas certezas que le quedaban.
No entendía qué era exactamente lo que había visto durante la visión que había tenido cuando el halo la atravesó.
Sabía que era un recuerdo, pero ignoraba su sentido.
¿Qué significaban las palabras que su madre le había dicho a Eca: «Eca, protégela.
Que nadie sepa nunca lo que es»? Y, sobre todo, ¿quién era ella...
? o, más bien, ¿qué era? ¿Por qué había resistido al halo?
Por supuesto, había interrogado a Cora largo y tendido. Entre llamada y llamada a la funeraria para dejarlo todo arreglado, había intentado sonsacarle alguna explicación. Pero su tía decía no saber más que ella.
—Cariño, estoy tan desconcertada como tú. Está claro que tienes un poder, pero no el que imaginábamos.
—Querrás decir el que tú creías que tenía —replicó Alex.
Cora estuvo a punto de replicar, pero se contuvo. Alex la vio dudar unos segundos antes de que dijera:
—Sí..., de acuerdo, era lo que yo creía. Estaba equivocada.
Oír a Cora admitir que se había equivocado era casi una victoria absoluta, pero Alex aún no estaba satisfecha.
—¿Y Eca? —insistió—. Ella sí lo sabía, en mi recuerdo la vi con toda claridad. Vi cómo mi madre le decía que me protegiera, que nadie supiera nunca qué soy.
Cora suspiró.
—La única que podría sacarnos de dudas es Eca... y Eca ya no está con nosotras. Solo puedo decirte que quería mucho a tu madre, así que no es raro que Elena confiara en ella.
Aquella información sorprendió mucho a Alex.
—¿La quería? Entonces, ¿por qué se comportaba conmigo como si me odiara? ¿Por qué le dijo a Tércot en la gruta que se me llevara, que yo no valía nada?
Cora se encogió ligeramente de hombros.
—Cielo, los caminos de Eca eran... inescrutables. Pero es posible que intentara protegerte, decirle a Tércot que no valías nada, que podía llevarte con él si quería, quizá fuera su forma de apartar el foco de ti.
Y eso era todo. Esa era toda la información que Alex tenía. En aquella mañana radiante, rodeada del canto de los pájaros del cementerio, las preguntas seguían golpeándole la cabeza una y otra vez sin respuesta.
Zoe le apretó suavemente la mano y Alex volvió al presente.
Delante de ellas estaban bajando el ataúd de Velia a la tierra.
Las Tías habían elegido el más excéntrico que habían podido encontrar, como no podía ser de otra manera tratándose de Velia: lacado en un verde profundo, casi esmeralda, con delicados herrajes dorados que brillaban bajo el sol.
Las Tías estaban muy serenas, ninguna lloraba.
En realidad, a Velia ya la habían despedido antes, en una ceremonia privada a la que a Alex no le habían permitido asistir, un ritual reservado para las diosas.
Aquello no era más que un funeral de cara al pueblo, un rito necesario para evitar preguntas y habladurías.
Los Astruc, en cambio, estaban devastados.
Frederic, con el rostro muy pálido, tenía que apoyarse en un bastón; la quemadura del halo en el pecho aún le dolía y casi no podía mantenerse en pie, aunque las Tías habían asegurado que terminaría por curarse.
Celina sollozaba abrazada a su marido, completamente deshecha; en una sola noche parecía haber envejecido diez años.
Las Tías le habían prometido que seguirían proveyéndolos del Brillo, como siempre, mientras los Astruc continuaran adorándolas. Pero, aun así, el equilibrio que habían mantenido durante siglos parecía ahora más frágil que nunca.
Cuando terminó el entierro, el pequeño grupo empezó a dispersarse entre las tumbas.
Cora se acercó a Alex.
—¿Vuelves a casa?
—En un rato —respondió ella.
Cora la observó un instante y luego su mirada se desvió hacia las manos entrelazadas de Alex y Zoe. Una pequeña sonrisa cruzó su rostro. Asintió levemente, como si hubiera comprendido algo, y se alejó sin añadir nada más.
Los pájaros, ajenos a todo, seguían cantando entre los árboles del cementerio.
Alex miró a Zoe.
—¿Te apetece dar un paseo? —dijo al cabo—. Tengo algo que contarte.
Dalia interceptó a Cora a la salida del cementerio y se plantó delante de ella.
—Tenemos que hablar.
Cora suspiró.
—Ahora no es un buen momento, Dalia.
—No habrá otro mejor —insistió Dalia—, tengo una información que quiero contrastar contigo.
Dalia adoptó entonces su mejor expresión de «no pienso soltarte hasta que me lo cuentes todo», una mirada tan obstinada que casi parecía capaz de torcer la voluntad de una diosa. Cora acabó cediendo con un gesto resignado y señaló un banco cercano.
Se sentaron.
—¿Y bien? —preguntó Cora.
—Verás, Cora..., supongo que estarás enterada de que Casandra la Hierbas me salvó de una muerte segura.
Cora resopló.
—No seas tan dramática.
—Bueno, lo que tú digas —continuó Dalia—. El caso es que me dijo algo, y quiero saber si es verdad. Me dijo que...
—¿Que Valentín Astruc no fue quien nos invocó? —terminó Cora.
Dalia, sorprendida, se quedó mirándola.
—Sí..., eso mismo.
—Es verdad —dijo Cora con calma.
La diosa no añadió nada más y dejó que su mirada vagara por el cementerio.
Dalia se tomó unos instantes antes de volver a hablar.
Había albergado la esperanza de que Casandra se hubiera equivocado —o, más probable aún, que le hubiera soltado una mentira— y todo aquello no fuera más que un disparate sin fundamento.
No era de las personas a las que les gustaba revisar el pasado ni darle vueltas a lo ocurrido.
Prefería vivir con certezas, pero aquello la obligaba a replantearse demasiadas cosas.
—¿Quieres que te cuente la verdad? —dijo Cora como si pudiera leerle el pensamiento—. ¿Estás segura?
Dalia lo meditó. Podía levantarse en ese mismo momento e irse de allí como si nada. Su vida no cambiaría demasiado: seguiría recibiendo el Brillo y las cosas podrían continuar, más o menos, como siempre. Pero no lo hizo.
—Sí —dijo al final—, quiero saberlo.
Cora asintió.
—Valentín Astruc tenía una amante —empezó a decir—.
Se llamaba Viola. En su época muchos la habrían llamado bruja, pero no era ninguna campesina ignorante ni una charlatana.
Era una mujer culta, muy instruida, con grandes conocimientos de plantas, remedios y saberes antiguos...
Lo que hoy llamaríamos esoterismo. ¿Me sigues?
—Sí.
Cora se puso en pie y dio unos pasos por el sendero de grava antes de continuar.
—Viola sabía quiénes éramos. Sabía lo que nos había ocurrido. Conocía los nombres de todas las diosas que, como yo o las Tías, habían sido expulsadas. Con el tiempo, reunió los conocimientos necesarios para traernos a Aurora.
Dalia frunció el ceño.
—¿Para pedir el Brillo?
Cora negó lentamente con la cabeza.
—No, no era eso lo que pretendía.
—Entonces, ¿qué?
Cora se volvió hacia ella.
—Lo creas o no, Dalia Astruc, hay personas que hacen las cosas sin esperar nada a cambio, personas que simplemente creen que es lo correcto.
—Hizo una breve pausa antes de añadir—: Viola quería ofrecernos un refugio, un lugar donde pudiéramos vivir lejos de quienes nos habían expulsado.
Por supuesto, nosotras le habríamos ofrecido el Brillo a cambio, aunque no lo hubiera pedido.
Guardó silencio un instante. Dalia la observó esperando a que continuara.
—Pero Viola tenía un defecto —añadió Cora al fin—: confiaba demasiado en la gente. Así que compartió con Valentín todo lo que sabía: sus investigaciones, sus textos, sus métodos..., y Valentín le propuso hacerlo juntos. Pero en realidad solo estaba esperando el momento adecuado.
Dalia la miró fijamente.
—¿Qué quieres decir?
—Que a la hora de la verdad —dijo Cora con calma— le arrebató el conocimiento...
y nos invocó él. Y al hacerlo pidió el Brillo para él y para toda su familia, su familia legal, claro —añadió con un deje de amarga ironía—; Viola no lo era.
Por supuesto, cuando llegamos a Aurora no sabíamos nada de ella, y nosotras hicimos el pacto con Valentín.
Fue Viola quien vino a vernos después y nos contó la verdad, pero ya era demasiado tarde, no podíamos dar marcha atrás. El pacto es...
—... «eterno e indisoluble a menos que deje de serlo» —completó Dalia.
Se quedó pensativa. Valentín Astruc siempre había sido para ella poco más que un nombre en la historia familiar, algo distante y casi abstracto, como Cristóbal Colón o Enrique VIII.
Pero ahora, de repente, lo veía de otra forma.
Casi podía imaginarlo: calculador, astuto, esperando el momento justo para arrebatarle a Viola todo lo que sabía.
Y, contra todo pronóstico, aquello le producía una profunda antipatía.
Cora continuó: