La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) Tarde y aun así #2
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Tarde y aun así #2

Eca se lanzó a por él y sacó el brazo fuera del halo.

La luz blanca le mordió la piel, pero aun así estiró los dedos al máximo.

El Stróphalos descendía..., descendía...

, y cayó un palmo antes, rebotando contra la piedra y saltando fuera de su alcance.

Tércot lo apartó de una patada. El medallón rodó hasta el fondo de la sala.

—Has fallado —dijo con una calma insoportable.

—Eres idiota, Alex —soltó Eca furiosa.

De inmediato, Tércot movió la mano, y Alex comprendió lo que iba a ocurrir.

Levantó el brazo en un gesto inútil, el mismo con el que se tapaba la cara cuando Freddy Krueger aparecía de golpe en la pantalla, como si dejando de mirar pudiera conseguir que nada fuera real.

Pero esto no era una película ni un susto pasajero. Era su vida.

Sintió el calor antes que la luz. Una claridad abrasadora la embistió de lleno y le golpeó el pecho, los brazos, la cara. El halo se hundió en ella como una ola blanca.

—Alex no está aquí —dijo Zoe.

Casandra recorrió el salón de las Tías con la mirada hasta detenerse en la línea carbonizada que cruzaba el parqué y se perdía hacia la puerta principal. No hizo falta que dijera nada. Las tres sabían exactamente qué era aquella marca. Y lo que significaba.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—A mí no me mires —contestó Dalia encogiéndose de hombros—. Yo ya he cumplido mi cupo de experiencias cercanas a la muerte esta semana.

Zoe sintió un impulso clarísimo: lanzarse sobre ella y rodearle el cuello con las manos hasta asfixiarla.

Pero el tobillo le dolía mucho y había necesitado la ayuda de Casandra para bajar de la furgoneta y llegar hasta la casa sin caerse, así que se conformó con apretar los dientes y fulminarla con la mirada.

Dirigió de nuevo la atención hacia la marca quemada que atravesaba el suelo.

—¿Adónde ha podido ir? —murmuró.

—¿Tércot? —preguntó Dalia.

—No, Alex.

—Donde haya ido él... Alex habrá ido detrás —dijo Casandra con brusquedad—. Eca se va a poner furiosa; se suponía que tenía que sacaros de Aurora.

—Bueno, pues entonces, decidido —cortó Zoe, apoyándose en la pared para no perder el equilibrio—: tenemos que ir.

Casandra la miró.

—¿Ir adónde?

—A por ellas. A por Alex y las Tías. —Tragó saliva y añadió—: ¿Tienes tu...? ¿Como se llame ese chisme que has usado antes? ¿El strofa..., el stropajo ese?

—Stróphalos, cateta —la corrigió Dalia.

Casandra resopló y se llevó la mano al bolsillo del abrigo. Palpó con rapidez primero uno, luego el otro, después el interior, frunciendo el ceño mientras rebuscaba. Volvió a comprobar el primer bolsillo, más despacio esta vez.

—Lo tenía aquí.

Se quitó el abrigo de un tirón y lo sacudió. Lo volvió del revés, registró las costuras, volvió a meter la mano hasta el fondo de cada bolsillo.

—Eh... —dijo Dalia—. Creo que igual yo sé dónde está.

Las dos se giraron hacia ella.

—¿Dónde está? —preguntó Casandra.

Dalia se encogió un poco de hombros.

—Se lo he dado a Alex. Bueno... —rectificó—. En realidad se lo he metido en el bolsillo del chubasquero mientras intentabas arrastrarla dentro de la furgoneta como una secuestradora de menores.

—¡¿Se puede saber por qué lo has hecho?! —chilló Casandra.

Dalia puso los ojos en blanco.

—Porque quería ir a salvar a las Tías. ¿O pensabas dejar que fuera a liberarlas con las manos vacías?

Zoe frunció el ceño.

—Espera. ¿La has dejado escapar?

—Yo no he dicho eso —replicó Dalia al instante a la defensiva.

No, no lo había dicho, pero se había delatado. Si le había dado el Stróphalos era por algo. Estaba implícito: le había puesto el medallón en el bolsillo y luego la había dejado marchar para que hiciera el trabajo sucio.

—O sea, que has dejado que tu amiga vaya directa a que la maten solo para no quedarte sin el Brillo —remató Zoe con la voz temblándole de rabia—. ¿Y qué se supone que va a hacer Alex contra Tércot?

—Bueno —dijo Dalia—, es hija de una de las Tías. De Ereshkigal, ni más ni menos. Igual solo necesita que la empujen un poco.

Zoe la miró con desprecio.

—Eres una puta mierda de persona, Dalia.

—Como toda buena Astruc —murmuró Casandra.

—Lo dices porque estás resentida, ¿no? —dijo Dalia entornando los ojos—, por lo que me contaste antes de tu famosa antepasada. Pero ¿sabes qué? No me lo trago. Me cuesta imaginar que alguien de tu familia haya sido capaz de una cosa así.

—Piensa lo que quieras, me da igual.

—¿De qué habláis? —preguntó Zoe.

—De nada —respondieron las dos al mismo tiempo.

A Zoe le dio la clarísima sensación de que le estaban ocultando datos. Era obvio que hablaban de algo importante, pero no tenía paciencia —ni tiempo— para ponerse a tirar de ese hilo ahora.

Vale. No tenían el Stróphalos. No tenían nada con lo que enfrentarse a Tércot. Pero quedarse allí, en aquella casa, discutiendo no era una opción.

—Has dicho que Alex ha ido detrás de Tércot. ¿Adónde? —preguntó mirando a Casandra.

La mujer dudó un segundo.

—Al lugar donde empezó todo —dijo al fin.

—Entonces dime dónde es —replicó Zoe—. Y rápido.

El impacto le atravesó el esternón. La luz se filtró dentro de su cuerpo como un líquido ardiente, llenándole los pulmones y alcanzando el hueco palpitante del corazón.

Alex sintió cómo la espalda se le arqueaba hacia atrás, cómo todo su cuerpo se tensaba al recibir la descarga.

Pero, curiosamente, no había dolor. Durante un instante todo se volvió blanco.

Y luego ya no estaba allí, su mente se había desplazado a otro lugar.

Se encontraba en una habitación de techo abuhardillado.

Alguien había dejado una ventana entreabierta y la brisa hacía ondear las cortinas.

Los muebles, barnizados en un verde menta ya algo apagado por los años, se apoyaban contra un empapelado de flores rosadas que trepaban por las paredes como una enredadera.

La luz entraba inclinada por la ventana y dejaba motas de polvo flotando en el aire.

Había alguien más allí, una presencia en el límite de su campo de visión.

Alex la había percibido incluso antes de mirarla, como si su mente la empujara suavemente hacia ese punto.

Cantaba en voz baja, casi en un susurro.

Alex oía la canción y el leve sonido de pasos mientras se movía por la estancia.

Quiso girar la cabeza para verla mejor, incorporarse, pero no pudo, su cuerpo no respondía. Solo podía quedarse allí, tumbada, mirando hacia el techo. Probó a mover los ojos hacia un lado y entonces distinguió, muy cerca, unas barras blancas que subían a ambos lados de su campo de visión.

Más arriba, algo se balanceaba lentamente sobre su cabeza.

Unas pequeñas estrellas colgaban de un aro y giraban despacio.

Alex siguió su movimiento, hipnotizada por aquel vaivén lento y silencioso.

Tardó un momento en comprender qué eran: colgaban de un pequeño móvil que había sobre la cuna. Y ella era el bebé que estaba dentro.

Entonces reconoció la habitación. Antes no lo había hecho porque ahora las paredes tenían un papel distinto; quizá las Tías lo habían cambiado cuando arreglaron las humedades de la casa, años atrás. Pero era la habitación del ático. La habitación de Elena, su madre.

El corazón empezó a latirle más rápido cuando comprendió lo que ocurría. Aquello era un recuerdo. Pero no lo contemplaba desde fuera: estaba dentro de él. Formaba parte de la escena, como si alguien la hubiera introducido en la única imagen que conservaba de su madre.

Todo ocurría con una claridad asombrosa: la brisa acariciándole la piel, el roce de las sábanas, el crujido de los pasos de su madre al acercarse, el susurro de su voz, el roce de las sábanas.

Y su cara. La ropa que llevaba puesta —una camisa y unos tejanos, no una falda, como siempre había creído al recordar aquella escena borrosa—.

El cabello rojo caoba, liso, cayéndole a ambos lados de la cara.

Elena sonreía y, al inclinarse sobre la cuna, rozó su nariz con la suya.

Alex estiró los brazos. Por un momento pensó que, si la tocaba, el recuerdo se disolvería, pero no: rozó su piel con los dedos.

Elena tomó sus manos y le besó la punta de los dedos. Luego volvió a inclinarse muy cerca, tan cerca que Alex sintió su aliento junto al oído.

En el recuerdo, su madre siempre parecía decirle algo en ese momento. Alex lo había visto mil veces en su memoria, pero nunca había podido oír sus palabras. Y siempre había creído que se las decía a ella.

Pero entonces Elena levantó la cabeza. Sus ojos se posaron en alguien que se encontraba al otro lado de la habitación. Alex siguió su mirada y la vio. Era Eca. No la que ella conocía, severa y distante, sino una Eca más joven, con una expresión distinta en la cara.

Elena volvió a inclinarse hacia la cuna, pero esta vez no miró a Alex, sino a Eca.

Y fue a ella a quien susurró:

—Eca, protégela. Que nadie sepa nunca lo que es.