La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) Tarde y aun así
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Tarde y aun así

Tarde y aun así

Después de horas interminables de lluvia, el cielo por fin empezaba a despejarse sobre Aurora.

Alex volvió a la rotonda, pero no tomó la carretera de Los Altos; sabía que Casandra daría la vuelta y la seguiría antes de que pudiera alejarse demasiado, así que bajó por la cuneta y se metió entre los pinos, avanzando monte a través hacia la casa de las Tías tan rápido como le permitían las piernas.

Llevaba casi veinticuatro horas sin dormir y el cansancio empezaba a pasarle factura.

Al llegar a lo alto de la cuesta, la vista se le nubló y tuvo que apoyarse en un tronco para no venirse abajo.

Inspiró hondo, esperó a que el mareo se le pasara y se obligó a continuar.

Cuando por fin la casa apareció entre los árboles, no aflojó el paso; al contrario, reunió la poca energía que le quedaba y echó a correr hasta la verja.

La puerta principal estaba abierta de par en par. ¿A eso llamaba Eca tener la casa protegida? Tan orgullosa de su magia y dejaba la puerta así, sin cerrar. A menos que...

—No... —murmuró sin aire.

Subió corriendo los escalones del porche y entró. La casa estaba tranquila, silenciosa. Trató de calmar su respiración.

—¿Tía Eca? —llamó—. ¿Mora? ¿Brisa?

Se asomó primero al comedor. Vacío. Se dirigió al salón y se quedó clavada en el umbral.

La habitación estaba destrozada. Los muebles oscuros y pesados de las Tías habían sido empujados y volcados sin miramientos, como si una fuerza invisible los hubiera barrido de un golpe.

Una estantería yacía en el suelo; los libros se esparcían por todas partes, abiertos, pisoteados, con páginas arrancadas.

Sus ojos recorrieron el caos hasta detenerse en la alfombra.

Sobre el tejido se extendía una línea carbonizada, una media luna imperfecta que nacía en el centro de la estancia y avanzaba hacia el pasillo, dejando tras de sí un rastro de ceniza.

Siguió la marca hasta el vestíbulo y entonces lo vio: la quemadura cruzaba el parqué en dirección a la puerta, justo por donde ella misma había pasado hacía tan solo unos minutos sin darse cuenta.

No hacía falta ser un genio para entenderlo.

Aquella línea era la marca del halo solar. Tércot se había llevado a las Tías.

Desde allí oyó un motor subiendo la cuesta.

Debía de ser Casandra. Le sorprendía que hubiera tardado tanto en regresar a buscarla; quizá aquella chatarra en la que vivía se le había calado en la pendiente y, por pura suerte, eso le había dado una pequeña ventaja.

En cualquier caso, apenas le quedaba tiempo antes de que intentaran detenerla otra vez. Y no podía permitirlo.

Ya sabía lo que tenía que hacer. Y, sobre todo, sabía adónde había ido Tércot con las Tías. Si quería sacarlas de Aurora, solo había un lugar por donde podía intentarlo: el mismo punto por el que había entrado. Si se daba prisa, aún estaba a tiempo.

Más que el escenario de una fiesta o una cena elegante, la casa de Abel parecía el escenario de una guerra.

El Desvelo había arrasado el jardín sin dejar nada en pie: mesas volcadas, manteles pegados al suelo por la lluvia, sillas tiradas como si alguien las hubiera lanzado con rabia.

El servicio había conseguido salvar la vajilla y las copas antes de que estallara la tormenta, pero el césped seguía cubierto de servilletas desdobladas y empapadas aquí y allá.

Alex no se fijó en nada de aquello; cruzó el jardín como una flecha y entró directamente en la casa. La lluvia se había colado dentro, formando charcos sobre el parqué de roble. El corazón se le encogió un segundo. Abel Astruc, tan obsesivo con cada detalle, habría perdido la cabeza al verlo así.

Pero ya no podía enfadarse. Su cuerpo yacía despedazado en otra casa, a unos kilómetros de allí, y nunca volvería a pisar ese suelo, ahora hinchado por la lluvia.

Alex no lo lamentaba demasiado; Abel siempre le había parecido un gilipollas.

Y aun así, la imagen de su cadáver se le había quedado incrustada en la mente.

Sabía que la acompañaría durante años, quizá toda la vida. Igual que la de Velia.

La puerta de la bodega estaba entornada.

Recordaba con absoluta claridad haberla dejado cerrada por dentro la noche anterior, cuando bajó con Eca, y verla así le despejó cualquier duda: no se había equivocado al regresar.

Tércot estaba allí con las Tías. Bajó la escalera sin detenerse, cruzó la bodega y se dirigió directamente a la puerta que daba al túnel.

Avanzó sin vacilar y se internó en la negrura; el pasadizo, cada vez más estrecho, la fue engullendo poco a poco.

Levantó el pie a tiempo para esquivar la raíz que cruzaba el suelo, la misma con la que casi había tropezado la noche anterior, y siguió adelante sin frenar.

Más allá la esperaba la estancia donde desembocaba el túnel, bañada por una extraña luz azul.

Al cruzar el umbral, entendió de dónde salía aquella claridad: se colaba por unas pequeñas grietas que había en el techo y caía en franjas oblicuas de luz. Fue lo primero en lo que se fijó. Y era absurdo, porque lo que tenía delante importaba mucho más.

Las Tías estaban en el centro del Stróphalos, atrapadas dentro de un halo. Cora estaba entre ellas. Verla allí, viva, le aflojó algo en el pecho. No habría soportado perder a otra de sus tías. Y menos a Cora, que podía ser insufrible, sí, pero era lo más parecido a una madre que conocía.

Luca se hallaba fuera del halo, inclinado sobre un libro, pasando las páginas con el ceño fruncido.

La herida del brazo le seguía sangrando; la camisa, empapada y oscura, se le pegaba a la piel.

Aun así, no parecía importarle lo más mínimo, y leía sin apartar la vista de las palabras, con una concentración terca.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Alex.

Su voz se deslizó por la gruta y rebotó en las paredes de piedra.

Las Tías levantaron la cabeza al mismo tiempo.

—¡Alex! ¡Vete! —gritó Cora.

Había recuperado el sentido y volvía a ser la misma de siempre: mandona incluso atrapada en un halo mágico.

Alex, ignorando la advertencia de Cora, dio un paso hacia el interior de la gruta.

Luca alzó la vista hacia ella. Durante un segundo, toda la cueva pareció contener la respiración.

—Pensé que estabas muerta —dijo él con una calma inquietante.

—Ya ves que no.

Una sombra le cruzó el rostro.

—Pues lo estarás si no te largas. A mí me da igual, pero el señor T, estoy bastante seguro, no opina lo mismo.

—¡Deja de llamarlo así! —gritó Alex.

—¡Alex, vete ahora mismo! —gritó Cora—. Deja que nos encarguemos nosotras.

—En serio, hazles caso, desaparece. El señor T estará aquí en nada —dijo, y volvió a concentrarse en el libro; parecía que la conversación ya no fuera con él.

—¿Qué piensas hacer? —insistió Alex.

Luca suspiró, exasperado, y pasó otra página.

—Lo que él me ha pedido: vamos a abrir el Stróphalos.

Se llevará a las Tías, el Brillo se acabará y Aurora dejará de ser este sitio enfermo.

Si mis cálculos no fallan, sin el Brillo mi familia terminará autodestruyéndose.

No tienen ni idea de cómo vivir sin él. Supongo que, al final, todos estaremos más tranquilos.

—¿Y las Tías qué? —le cortó Alex—. ¿Sabes lo que les espera?

Luca levantó la cabeza del libro y miró hacia el halo. Sus ojos se cruzaron con los de ellas un instante, pero su expresión no cambió lo más mínimo.

—¿Sabes qué? No me importa.

—Cretino —murmuró Mora desde el interior del halo.

El halo vibraba con esa luz blanca y cruel que Alex conocía ya demasiado bien.

Nadie podía atravesarlo sin pagar el precio.

Las Tías morirían al intentarlo, y ella ardería aún más rápido.

Además, mientras continuaran dentro, su magia estaba anulada.

No había cuervos, ni antorchas mágicas ni hechizo posible que las sacara de allí. Estaban indefensas.

Alex apretó los dientes. Tenía que haber una forma. Aquello no podía acabar así. Pero tenía la cabeza nublada y el cansancio no la dejaba pensar. Mientras seguía allí, intentando ordenar ideas que no terminaban de cuajar, notó un cambio en el aire: un aliento frío que le rozó la nuca.

Luego oyó el leve crujido de la puerta de la gruta que daba al bosque. Antes de que pudiera reaccionar, Tércot se deslizó al interior, silencioso como una sombra.

—Ahí estás —dijo él.

—¡Alex, márchate ahora mismo! —volvió a gritar Cora.

Sin querer, los ojos de Alex se desviaron hacia la salida del túnel, a su espalda, la única vía libre que le quedaba. La vio con una claridad casi dolorosa: bastaba con echar a correr. Su cuerpo ya estaba preparado, tenso, listo para sobrevivir.

Siempre se había repetido que no servía para esto, que no era como las Tías ni estaba hecha para lo que esperaban de ella, que siempre iba un paso por detrás. Irse habría sido lo más fácil del mundo. Pero se obligó a quedarse quieta. Aunque todo en su interior le gritaba que huyera.

Se cruzó de brazos con fuerza, como si así pudiera anclar los pies en el suelo y evitar que decidieran por su cuenta, y entonces notó algo duro bajo la tela del impermeable.

Frunció el ceño, desconcertada, y palpó el interior del bolsillo; sus dedos rozaron un objeto frío, metálico.

El corazón le dio un vuelco en cuanto comprendió lo que era: el Stróphalos de Casandra.

Y también entendió quién lo había metido allí.

Dalia, había sido Dalia. Se lo había metido dentro mientras forcejeaban bajo la lluvia.

Lo apretó con fuerza y alzó la vista. Tércot se acercaba despacio, tomándose su tiempo, y en su sonrisa había algo que dejaba claro que estaba disfrutando del momento. Pero ella sería más rápida. Sin pensarlo, lanzó el Stróphalos hacia Eca.

El medallón salió disparado de su mano y surcó el aire mientras Alex lo seguía con la mirada. Avanzaba casi a cámara lenta, describiendo un arco imperfecto hacia el halo. Por un instante creyó que entraría limpiamente dentro del círculo.