Doncella, madre y anciana #2
—Vale, dejemos en paz el Stróphalos. Lo importante ahora es que tenemos que volver a por Cora.
—Ni hablar —respondió Casandra sin apartar la mirada de la carretera.
—¡No podemos dejarla allí! —exclamó Alex.
—Eca me ha pedido que os ponga a salvo y eso es exactamente lo que voy a hacer. Eso e impedir que el tobillo de tu amiga empiece a oler a podrido.
—El mío tampoco está precisamente para correr una maratón —añadió Dalia—. Y, ahora que lo pienso..., ¿no os parece sospechoso que justo Zoe y yo tengamos el tobillo hecho polvo? A ver si resulta que es una señal del destino.
Alex no podía creerlo. Incluso en una situación como aquella, Dalia seguía siendo la misma frívola de siempre. ¿Qué demonios le pasaba a esa chica?
—No digas gilipolleces, Dalia —murmuró Zoe—. Estoy bien, no os preocupéis.
No lo estaba. Tenía la cara tensa por el dolor y un temblor fino le recorría las manos. De pronto se llevó la palma a la boca para tratar de contener una arcada.
—¡Ni se te ocurra vomitar dentro! —gritó Casandra por encima del motor—. ¡Saca la cabeza!
Alex bajó el cristal a toda prisa y sujetó a Zoe por los hombros mientras esta se inclinaba hacia fuera y vomitaba sobre el asfalto. El viento se llevó el olor casi al instante.
Cuando volvió a acomodarse, pálida y sudorosa, Alex le limpió la boca con un paño arrugado que encontró en la pequeña cocina de la furgoneta y la estrechó contra su pecho de nuevo.
La California tomó la última curva del camino y el bosque comenzó a abrirse ante ellas.
A través de la ventanilla empañada, y pese a la cortina de lluvia que lo desdibujaba todo, Alex alcanzó a ver el perfil de Aurora entre los troncos: las casas apiñadas junto al puerto, la silueta oxidada de la conservera recortándose contra el mar oscuro.
Más arriba, imponiéndose sobre el resto, se alzaban las almenas del castillo de Abel Astruc.
—Entonces, ¿estamos volviendo a casa? —preguntó Alex.
—Ya te lo he dicho —respondió Casandra—: os voy a poner a salvo.
—¿Y qué significa eso? ¿Cómo vas a ponernos a salvo?
Casandra no respondió.
La furgoneta pasó de largo el desvío que llevaba a la casa de Abel. Luego dejó atrás también el camino que subía a la de las Tías.
Alex se incorporó de golpe.
—¡Eh! ¡Te has pasado! ¿No has dicho que nos llevabas a casa?
—Yo no he dicho eso —replicó Casandra—, he dicho que os iba a poner a salvo. Y ahora mismo tu casa es el peor sitio del mundo.
A Alex se le heló el estómago.
—¿Adónde vamos?
—Fuera de Aurora.
—¿Fuera? No podemos dejar a las Tías.
Casandra no le hizo ni caso. Pasaron la rotonda de entrada al pueblo y tomó la carretera que se alejaba del pueblo.
—Para el coche.
La California siguió adelante a toda velocidad.
—¡Para el coche! —repitió más fuerte.
Al ver que no frenaba, Alex soltó a Zoe con cuidado sobre el banco, se puso en pie y avanzó tambaleándose por la parte trasera de la furgoneta.
Luego agarró el tirador de la puerta lateral y lo deslizó con un golpe seco.
El aire frío y la lluvia entraron de golpe, mezclándose con el rugido del motor.
—¡Alex! —gritó Casandra.
—Si no paras, me tiro.
Casandra pisó el freno con brusquedad. La California dio un bandazo antes de detenerse en el arcén con el motor aún encendido.
—¿Se te ha ido la cabeza? —espetó la mujer.
Alex no soltó la puerta.
—Dijiste que nos pondrías a salvo, no que huiríamos.
Desde el asiento delantero, Dalia soltó una risa corta, nerviosa.
—Mira la mosquita muerta, de repente se nos ha puesto en modo guerrera. No está nada mal para alguien que hasta hace dos días no abría ni una puerta sin pedir permiso a las Tías.
Alex no respondió y bajó de un salto al arcén.
—¡Alex! —rugió Casandra.
La puerta del conductor se abrió de golpe. Casandra salió y la alcanzó antes de que diera tres pasos carretera abajo. La agarró del brazo y la hizo girar.
—¡Deja de hacer estupideces! ¿Quieres morir?
—¡Suéltame!
Forcejearon bajo la lluvia, resbalando en la grava. Las luces de freno teñían de rojo el asfalto mojado.
—¡Dalia! ¡Ayúdame! —gritó Casandra.
Dalia abrió la puerta del copiloto.
—Tengo el tobillo hecho polvo, ¿recuerdas? —respondió—. Pero vale, ya voy.
Se acercó cojeando y, entre las dos, sujetaron a Alex y la empujaron hacia la puerta lateral abierta.
Dalia la rodeó por la cintura para inmovilizarla; en el forcejeo, sus manos se deslizaron un segundo por el lateral del impermeable.
Alex sintió un roce extraño en el bolsillo, pero no le dio importancia, estaba demasiado ocupada intentando zafarse de esas dos como para prestarle atención.
Casandra la metió dentro a la fuerza y Alex tropezó con el escalón, cayendo de rodillas en el suelo de la furgoneta.
—Cierra la puerta —ordenó Casandra a Dalia mientras rodeaba el vehículo para volver al volante.
Dalia se quedó un segundo frente a la puerta abierta, miró a Alex, que seguía jadeando en el suelo, y le guiñó un ojo.
—Anda, ve a salvar el mundo, Lara Croft —murmuró.
Se apartó apenas unos centímetros, lo justo para dejar un hueco. Alex lo entendió al instante. Se puso en pie de un salto y salió disparada bajo la lluvia antes de que Casandra pudiera arrancar.