Doncella, madre y anciana
Doncella, madre y anciana
Alex esperó.
El tiempo se volvió una niebla espesa sin futuro ni pasado: solo ese instante suspendido en el que aún seguía viva, aunque sabía que no sería por mucho tiempo. Se preguntó cuánto duraría aquella espera. Si morir dolía. Si sería un corte limpio o algo lento y metódico.
Siguió esperando. El halo no terminaba de caer. ¿Qué demonios estaba pasando?
Se obligó a abrir los ojos y vio a Tércot con el dedo, el mismo con el que manejaba el halo, aún extendido, pero la luz ya no era estable: vibraba de forma extraña, como una bombilla a punto de fundirse.
Lo más raro era su cara. La seguridad de antes había desaparecido, y en su lugar se había instalado un puro y evidente desconcierto.
Tenía los ojos muy abiertos, pero no las observaba a ellas, sino a algo que estaba por encima de sus cabezas.
Con el corazón latiéndole en las sienes, Alex se giró despacio y siguió la dirección de su mirada.
A unos metros, había una mujer de pie. A Alex le tomó unos segundos reconocerla, no porque no supiera quién era, sino porque no tenía ningún sentido que estuviera allí.
Pero lo estaba. Era Casandra la Hierbas.
Sostenía un objeto pequeño y brillante entre las manos y murmuraba algo en voz baja, con los labios moviéndose sin parar, concentrada.
A simple vista parecía una joya, un medallón cualquiera, pero la luz que desprendía no era normal: brillaba con una intensidad extraña, demasiado viva para ser algo corriente. Alex sabía exactamente lo que era.
—¿Cómo es posible...? —empezó a decir, pero no llegó a terminar la frase.
El medallón latía. Cada pulsación deformaba el aire a su alrededor en ondas concéntricas, igual que una piedra al caer sobre el agua. Y cada latido arrancaba una respuesta en el halo, que temblaba, se crispaba y se quedaba suspendido, incapaz de avanzar.
El lazo que apresaba el tobillo de Zoe empezó a aflojarse. La espiral de luz se desenroscó lentamente de su piel herida y retrocedió hacia el centro de aquella vibración. Zoe dejó escapar un gemido que terminó en un suspiro tembloroso, y Alex sintió cómo su peso se desplomaba entre sus brazos.
Los halos quedaron suspendidos unos segundos, vibrando al mismo ritmo que el medallón.
Luego empezaron a cerrarse sobre sí mismos, como si algo los succionara desde el centro.
La luz se estiró en hebras cada vez más finas, que fueron absorbidas una a una.
Al final, la claridad se quebró en pequeños destellos y desapareció.
Casandra cerró los dedos alrededor del medallón, que aún palpitaba, y se quedó quieta un instante, concentrada, hasta que la vibración se apagó del todo. Solo entonces bajó la mirada hacia ellas.
—¿Se puede saber qué hacéis ahí plantadas como dos tontas? —espetó—. ¡Corred!
Zoe intentó incorporarse, pero el dolor le dobló las piernas. Alex la sostuvo por la cintura antes de que se cayera del todo, y Casandra ya estaba al otro lado, tirando de ella para ponerla en pie. Entre ambas lograron enderezarla.
—¿Por qué tienes el medallón de mi tía? —preguntó Alex.
Casandra ni siquiera la miró.
—¿Te parece que ahora es el momento? —cortó.
Bajaron la pendiente casi a rastras, resbalando sobre la tierra húmeda, con Zoe colgada de ambas y los pies hundiéndose en el barro.
Alex estuvo a punto de caerse un par de veces, pero no aflojó el paso.
Se obligó a mirar atrás solo un segundo.
Tércot ya no parecía paralizado. La incredulidad se había borrado de su cara y en su lugar crecía algo mucho peor. Furia.
—¡Más rápido! —gritó Casandra—. El Stróphalos le ha robado energía, pero no tardará en recuperarse.
Entonces los árboles se apartaron de golpe y, a pocos metros, un destello metálico brilló entre los troncos: la vieja California de Casandra aparcada al borde de la carretera.
No frenaron. Casandra prácticamente arrastró a Zoe los últimos pasos, abrió la puerta lateral de un tirón y las empujó dentro sin miramientos.
—¡Por fin! —saltó una voz conocida desde el fondo—. Habéis tardado una eternidad.
Un rato antes
La California avanzaba dando bandazos por la carretera estrecha. Dalia nunca había conocido a nadie que condujera tan mal, ni siquiera Zoe. Aquella mujer era peor. Mucho peor. Una loca. Una suicida. En cualquier momento iban a acabar en el fondo del barranco.
—¿Qué has querido decir con eso de la historia B? —preguntó al fin, aferrada al asiento mientras el coche volvía a dar otro bandazo.
—Tú concéntrate en decirme dónde tenemos que girar —respondió la mujer sin desviar la vista de la carretera.
—Quiero saber a qué te referías —insistió Dalia—. Contesta a lo que te he preguntado.
—No tiene importancia.
Y quizá no la tuviera. Puede que Casandra hubiera soltado aquello solo para darse —ella sí— importancia, y que no hubiera nada detrás de sus palabras. Pero si lo había, Dalia quería saberlo.
La gente —en especial su familia— solía tomarla por tonta porque no iba por ahí en plan chico torturado como Luca ni era especial como Alex.
Pero una cosa era no pasarse el día leyendo libros en latín ni quejarse cada cinco minutos por no tener poderes y otra muy distinta ser idiota.
Y Dalia sabía perfectamente en qué lado estaba.
También sabía hasta dónde llegaban sus dotes de persuasión.
O, dicho de otro modo, lo increíblemente buena que era sacando de quicio a la gente hasta que acababan haciendo lo que ella quería.
—Tú cuéntamelo y ya decidiré yo si tiene importancia —dijo.
—Ya te he dicho que es un secreto.
—Pues para ser un secreto se te da fatal guardarlo. Ya has hablado demasiado, así que termina.
—¿Y por qué iba a contárselo todo a una adolescente malcriada como tú?
Dalia alzó una ceja.
—Porque si de verdad quisieras callártelo, no irías soltando medias frases ni insinuaciones. Algo de ganas de explicármelo tienes. Si no, habrías cerrado la boca.
La California patinó en la curva y el motor rugió al forzar la subida.
—¿Tiene algo que ver con Valentín Astruc? ¿Es eso? —insistió Dalia—. Por eso te has puesto tan rara antes.
—Muy perspicaz...
—Lo soy, gracias por notarlo. ¿Qué pasa con él? ¿Qué sabes?
En ese momento pasaron a toda velocidad frente al cruce que llevaba a la casa.
—¡Es ahí! ¡Era ahí! —gritó Dalia, girándose en el asiento.
Casandra pisó el freno de golpe. Las ruedas chirriaron y el coche derrapó medio metro antes de detenerse.
—Podrías haber avisado antes —masculló Casandra.
Metió la marcha atrás y empezó a retroceder por la carretera. El coche se acercó demasiado a la cuneta y una rueda patinó sobre la grava antes de que lograra corregir el volante. Siguió retrocediendo unos metros más, ajustando la posición hasta dejar la California encarada hacia el camino.
—¿Vas a contestarme? —replicó Dalia.
—Espérame aquí —dijo Casandra.
Ni siquiera apagó el motor. Abrió la puerta y bajó.
Dalia se quedó paralizada un segundo y luego reaccionó.
Se quitó el cinturón, empujó la puerta y salió.
Al apoyar el pie en el suelo, el dolor le atravesó el tobillo.
Aun así, avanzó cojeando y alcanzó a Casandra.
Estiró el brazo y la agarró por la muñeca.
—¡Casandra! —la frenó—. Contéstame.
La mujer se volvió.
—¿Estás segura de que quieres saberlo? —preguntó.
Dalia le sostuvo la mirada.
—Sí.
—¿Por qué? —inquirió Casandra zafándose de ella—. No me digas que es por amor a la verdad. Supongo que ahora que Velia está muerta y Tércot tiene a Cora, tienes miedo de que se te acabe el Brillo, ¿no?
Miedo no era la palabra exacta; Dalia estaba, en realidad, aterrorizada. Y sí, una parte de ella pensaba que si conseguía juntar todas las piezas del puzle, si entendía qué estaba pasando de verdad, quizá podría hacer algo para evitar el desastre. Su desastre. Quedarse sin el Brillo.
—Bueno, ¿y qué pasa si es así? —replicó.
Casandra negó con la cabeza, como si le decepcionara la respuesta.
—Me parece miserable que solo pienses en ti.
Dalia sostuvo la mirada.
—¿Es miserable querer sobrevivir?
Casandra soltó el aire por la nariz.
—La historia B, querida, es que no fue Valentín Astruc quien invocó a las diosas. Bueno..., sí las invocó —rectificó—, pero no fue idea suya. El conocimiento no era suyo, se lo robó a alguien.
—¿A quién?
—A su amante.
—¿Su amante?
Una sombra cruzó el rostro de Casandra.
—Esa mujer era antepasada mía. Mi sangre viene de ella.
Ahora
En la cabeza de Alex todo era un caos, un revoltijo de las cosas que Casandra y Dalia le habían soltado casi a la vez: que Eca le había pedido a Casandra que fuera a buscarlas, que Casandra y las Tías se conocían desde hacía años, que el Stróphalos que llevaba se lo había dado la propia Eca.
—¿Lo pillas, Alex, o quieres que te haga un esquema? —dijo Dalia desde delante.
Alex ni siquiera respondió.
La California avanzaba a toda velocidad por la carretera mojada. Alex iba atrás, sentada en el banco que hacía de cama, con Zoe —medio inconsciente— apoyada contra su pecho. Sentía su respiración irregular en la clavícula y el traqueteo constante del motor bajo los pies.
—Pero no lo entiendo, ¿cómo que te ha dado su medallón? —preguntó—. ¿Por qué a ti?
La pregunta le salió con más resentimiento del que pretendía, lo cual, dicho sea de paso, era bastante injusto teniendo en cuenta que Casandra acababa de salvarles el pellejo.
Pero que Eca le prestara su medallón a una mujer prácticamente desconocida —bueno, vale, no tan desconocida— y a ella jamás...
Eso era otra humillación para sumar a la colección.
—Ya te he dicho que no es el mismo —replicó Casandra—. Este lo hizo para mí.
«Peor todavía», pensó Alex. Quiso decirlo en voz alta, gritarlo si hacía falta, pero no era el momento de entrar en esa guerra.
—Pero en principio solo Hécate sabe usarlo —insistió.
—Pues ya ves que no.
Desde el asiento delantero, Dalia se giró un poco.
—¿Qué pasa? ¿Te pica el orgullo?
Alex apretó la mandíbula, aguantó el aire y contó hasta tres.