Todo está perdido #2
Luca soltó una risa amarga y seca que terminó en un ataque de tos. La miró con una incredulidad que rayaba en la lástima y negó con la cabeza una y otra vez.
—Eres más idiota de lo que pensaba, Alex. ¿De verdad sigues creyendo en esas cosas?, ¿en lo correcto ? ¿Dónde estabas tú cuando mi padre me usaba como saco de boxeo? ¿Dónde estaba mi familia, eh? Nadie hizo nada. Nadie me salvó. El único que me escuchó fue el señor T.
Alex parpadeó desconcertada. El nombre sonó tan infantil y cotidiano en mitad de aquel escenario de carnicería que sintió un escalofrío.
—¿El señor T? —repitió, aún sin comprender a quién se refería.
Entonces cayó en la cuenta. Dios, estaba más zumbado de lo que creía.
—Tércot no es tu aliado, Luca —dijo—, no te ha salvado, solo te está utilizando. Es un monstruo.
—Él me ha pedido entrega total y yo se la he dado —dijo él. Su voz estaba cargada de una solemnidad febril—. No hay marcha atrás: el Brillo se está apagando y yo..., yo me he encargado de que así sea.
Alex se arrodilló frente a él y le tendió la mano.
—Luca, por favor, tú no eres esto. ¿De verdad querías que esa cosa matara a tía Velia?
Una sombra de duda cruzó los ojos oscuros de Luca, pero se desvaneció tan rápido como había aparecido.
—Ha sido un daño colateral —dijo al fin.
Las palabras salieron despacio, como si las hubiera ensayado.
—¿Un daño colateral? —repitió Alex—. ¿Qué estás diciendo, Luca?
Él no pareció oírla. Tenía la vista fija en un punto por encima de su hombro, más allá de ella.
—Eh, Luca, mírame —dijo Alex al tiempo que trataba de interceptar su mirada.
Sus labios se movieron, pero su voz fue apenas un susurro ahogado por la lluvia. Alex se inclinó más, ya casi metida en la oquedad.
—¿Qué has dicho?
Luca la miró.
—Corred —dijo.
Cuando las palabras de Luca cobraron sentido y Alex entendió que ese «corred» no era una amenaza, sino una advertencia, ya era demasiado tarde.
Algo se movió entre los árboles. Las ramas se apartaron y los troncos crujieron. Un momento después, Tércot salió de la espesura.
A plena luz del día no había sombras que lo suavizaran: la cabeza animal, los colmillos húmedos, la sotana negra pegada al cuerpo. La claridad no lo hacía menos terrible; lo volvía más nítido, imposible de negar.
Alex encontró los diminutos puntos de luz donde debían estar sus ojos. Tenía un nudo en la garganta, pero se obligó a sostenerle la mirada mientras decía:
—¿Dónde está Cora? ¿Qué has hecho con ella?
El Solar torció la boca en una mueca de profundo desagrado; daba la impresión de que verse obligado a responder aquella pregunta le suponía un fastidio insufrible.
—Eso es, con diferencia, lo que menos debería importarte ahora mismo —contestó.
Levantó un dedo en un gesto que destilaba puro aburrimiento y dibujó aquel trazo en el aire: un movimiento fluido y casi aristocrático.
Alex ya sabía lo que venía a continuación.
El halo, pálido y preciso, se dibujó en el suelo mojado del bosque: un anillo de fuego helado que chamuscaba la hierba a su paso y que empezó a desplazarse hacia ella. Alex lo esquivó.
Con el rabillo del ojo vio que Zoe había llegado junto a ella y alzaba la carabina.
El disparo quebró el aire con un estruendo.
Aunque la bala era demasiado rápida para verla, Alex percibió claramente el destello del impacto en el centro del pecho de Tércot.
La tela negra de la sotana se hundió por la fuerza del plomo y el cuerpo se echó ligeramente hacia atrás, absorbiendo el golpe.
Hubo un segundo disparo. Luego un tercero.
Un cuarto. Zoe tiró del cerrojo una vez más.
Esta vez no salió ningún casquillo. El mecanismo produjo un chasquido hueco.
Bajó el arma, miró el cargador vacío y volvió a alzar la vista hacia la criatura. Las balas no habían servido para nada.
En todo ese tiempo, Luca no se había movido de la oquedad del tronco. Observaba la escena sin intervenir, con la espalda pegada a la madera húmeda.
—Os dije que corrierais —dijo.
Alex giró la cabeza hacia él.
—Eres una mierda de persona, Luca —soltó casi sin aire.
El halo reaccionó con una violencia repentina. Reptó por el fango hacia los pies de Zoe, se aferró a su tobillo y tiró con fuerza de ella, que cayó de espaldas retorciéndose de dolor. Intentó arrancárselo con las manos.
—¡No! —gritó Alex, arrodillándose a su lado y sujetándole las muñecas—. ¡Te vas a quemar!
El halo seguía cerrándose en torno al tobillo de Zoe palpitante, vivo, ajustándose un poco más a cada segundo mientras ella se retorcía y maldecía entre dientes. Tércot alzó la mano y trazó en el aire un segundo signo lento, preciso. Otro anillo se dibujó y empezó a deslizarse hacia Alex.
Ella, esta vez, no apartó la vista. Si iba a morir, quería mirarlo a los ojos. Tércot permanecía inmóvil; no había rabia ni prisa en su postura, solo una decisión limpia, sin vacilación. No las odiaba. No necesitaba odiarlas. Sencillamente iba a matarlas porque podía hacerlo.
Alex rodeó a Zoe con los brazos, la atrajo hacia ella y apoyó la frente en su cabello mojado. Luego inclinó la cabeza y la besó donde la lluvia había aplastado los mechones contra su piel.
Cerró los ojos.
Y esperó.