La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) Todo está perdido
85%

Todo está perdido

Todo está perdido

Una hora antes

El cuerpo —¿o debería decir el cadáver?— había quedado irreconocible, hasta el punto de que, si lograba apartar de su cabeza lo que acababa de pasar en esa misma habitación hacía escasos minutos, casi podía convencerse de que no era su padre el que yacía allí, en medio del salón, cubierto de sangre.

—No volverá a pegarte nunca más.

La voz le llegó suave, envolvente, como surgida de algún punto impreciso a su espalda, o quizá justo a su lado, no habría sabido decirlo. Durante un instante perdió la noción de lo que lo rodeaba. Solo existía el cuerpo —el cadáver— de Abel ante él.

—Luca...

Se dejó caer de rodillas junto al cuerpo.

La sangre que encharcaba el suelo le empapó los pantalones al instante, pero apenas lo notó.

Se quedó allí, inmóvil: parecía que el mundo hubiera quedado reducido a ese rectángulo de madera manchada, a esos pedazos de carne, y todo lo demás hubiera dejado de existir.

De pronto estiró una mano y la apoyó sobre el pecho destrozado, donde debería haber estado el corazón.

La carne cedió bajo sus dedos y la mano se hundió en el hueco irregular que los dientes del señor T habían abierto en la caja torácica.

Notó el borde astillado de las costillas contra la yema de los dedos. La sangre le llegó hasta la muñeca.

Retiró la mano con brusquedad y, casi sin pensarlo, apoyó la otra sobre el abdomen, también desgarrado, buscando todavía algún rastro de respiración.

—Luca, ¿me oyes?

Abel Astruc estaba muerto, el señor T lo había matado delante de sus ojos. Y tal vez —solo tal vez— él lo había permitido. O algo peor: lo había provocado.

—Lo has matado —dijo, sin saber muy bien a quién se lo estaba reprochando.

—Sí —respondió el señor T con calma—. ¿No era eso lo que querías?

—No..., yo nunca te pedí que lo mataras. Nunca dije las palabras...

—Estaba implícito.

«Has ido demasiado lejos. O has sido demasiado temerario, demasiado loco.

Quizá simplemente perverso», susurró su voz interior.

Y a esa voz se le sumó otra con el eco inconfundible de la de Abel: «...

O quizá es que no tienes agallas». La mano que aún tenía apoyada sobre el estómago de su padre se crispó y la retiró de golpe.

—Luca, lo que me has pedido durante tantos años —dijo el señor T— tiene consecuencias. Acabar con el Brillo no era un juego, deberías haberlo sospechado. Ven.

Sintió posarse sobre su hombro una mano suave, casi afectuosa, pero no se movió, siguió arrodillado.

La sangre le había empapado los pantalones y se filtraba a través de la tela, pegándosele a la piel.

También le cubría las manos y las muñecas, espesa y tibia.

Pronto empezaría a secarse, y cuando lo hiciera ya no podría fingir que nada de aquello era real.

Ese instante suspendido se cerraría como una herida.

Tenía que decidir. Levantarse y apartarse de todo aquello o quedarse.

Quedarse significaba aceptar lo que había hecho, aceptar al señor T y, sobre todo, aceptarse a sí mismo.

Huir —si es que acaso había un lugar adonde ir— significaba renunciar a la idea de quien había creído ser.

Durante unos segundos se enfrentó al dilema más simple y más brutal de todos: mentirse...

o aceptar lo que realmente era. Debía pagar el precio de la propia verdad, y la verdad —la única que importaba en ese momento— consistía en que él era cómplice del asesinato de su padre.

La idea lo golpeó con una violencia física; un arrebato de culpa tan abrasador que sus ojos se inundaron de lágrimas.

Sin embargo, poco a poco se serenó y examinó aquella afirmación con toda la calma y la frialdad de las que era capaz, con la misma precisión analítica que durante años le había servido para estudiar los libros de Valentín Astruc y abrirse paso entre sus zonas más oscuras.

Sometió la realidad —la muerte de su padre— a una disección implacable: la despojó de matices, la vació de dramatismo y aisló cualquier vibración emocional hasta dejarla reducida a un hecho desnudo.

Después hizo lo único que podía hacer: recogió todo lo que sentía —la culpa, la vergüenza, el dolor—, lo empujó hacia una habitación remota en el fondo de su alma, cerró la puerta y se prometió que no volvería a abrirla jamás.

Cuando su mente estuvo en orden, se puso en pie y se volvió hacia el señor T.

—¿Qué es lo siguiente? —preguntó.

Enfocarse. Actuar. Eso era lo que importaba. Acabar con el Brillo. Y, fuera cual fuese el precio, estaba dispuesto a pagarlo.

—Quédate aquí. Enseguida vuelvo —contestó el señor T.

—¿Adónde vas? —preguntó.

—He dejado a Cora en el bosque —respondió—, voy a buscarla. Y después..., después me ayudarás a sacar a las Tías de Aurora. Tú has abierto la puerta y necesito que me ayudes a cerrarla.

Luca asintió.

—¿Y luego? —preguntó.

—Luego, cuando yo me haya cobrado mi parte, tendrás lo que me pediste y serás libre de hacer lo que quieras.

Entonces era eso. Ese era el resultado: un dolor inmenso a cambio de algo enorme. La libertad.

Ahora

El disparo estalló dentro de la casa. Luca se sacudió y cayó hacia atrás; rodó por el suelo, se incorporó, se llevó una mano al brazo y corrió hacia la puerta.

—¡Se escapa! —gritó Alex, y fue la primera en lanzarse tras él.

Zoe dudó una fracción de segundo. Había visto a Luca encogerse por el impacto, sabía que le había dado, pero... ¿dónde?

Salieron de la casa tras él. La lluvia continuaba cayendo. Delante, entre los árboles del bosque, la silueta de Luca se deslizaba con gran rapidez. Subía la colina medio encorvado, trastabillando, pero sin detenerse.

—¡Luca! —gritó Alex.

No respondió.

—¡Luca, para! —insistió jadeando—. ¡Estás herido!

Siguió subiendo sin girarse. Zoe corría unos pasos por detrás de Alex, y su respiración le llegaba más y más forzada. Alex rezó para que no se le ocurriera disparar otra vez y giró ligeramente la cabeza: la carabina colgaba del hombro de Zoe y le golpeaba el costado a cada zancada.

Alex volvió la vista al frente y apretó el paso, notando como el barro le lastraba los pies mientras la pendiente se volvía más empinada.

Luca iba demasiado rápido y le resultaba muy difícil seguirlo.

Su silueta aparecía y desaparecía entre los árboles.

A veces dejaba de verlo, y, justo cuando creía haberlo perdido, emergía unos metros más arriba, más lejos, más rápido.

Como una sombra, como un animal en fuga.

Al final lo perdió de vista por completo.

—¡Mierda! —dijo frenando en seco.

Se puso una mano en el pecho tratando de recuperar el aliento. Zoe no tardó en llegar junto a ella.

—¿Dónde está? —preguntó.

—No lo sé, pero no podemos parar —replicó Alex, y reanudó la marcha cuesta arriba.

—Alex, espera —insistió Zoe sujetándola del brazo—. Está fuera de sí, tenemos que pensar.

—¡No hay tiempo para pensar! —replicó Alex soltándose. Tenía la voz quebrada—. Él sabe cómo funciona esto. Es el único que lo sabe. Si no lo detenemos, Tércot irá a por las Tías.

—Pero las Tías tienen..., no sé, imagino que tendrán sus recursos —titubeó Zoe—. Quizá puedan defenderse, quizá...

Alex negó con la cabeza. Sabía exactamente lo que iba a pasar porque el propio Tércot se lo había advertido: volvería a por ellas, quizá ese mismo día o quizá mañana, pero no tardaría. Y las Tías estaban desprotegidas.

Siempre había considerado a Cora la más capaz, pero ahora que Tércot la había capturado no podían contar con su protección.

Mora estaba herida de gravedad y Brisa carecía de la fuerza y del poder para enfrentarse a él.

En cuanto a Eca, por mucho que se esforzara en mantener su fachada de dama oscura, distaba mucho de ser la diosa que había sido.

Alex Nunca había visto tan clara la debilidad de las Tías; jamás había cobrado conciencia de lo frágiles que realmente eran.

Debido a sus constantes fracasos con la nigromancia y a todas las veces que Cora la había hecho sentir como una nulidad, se había acostumbrado a verlas como seres perfectos e inalcanzables.

Aun así, comprendía que estaban asustadas, que eran vulnerables y que no tenían a nadie más que a ella para ayudarlas.

—Ojalá fuera así, que las Tías pudieran defenderse —respondió—. Pero no. Nos necesitan.

Alex reanudó la marcha sin esperarla. Pocos segundos después, escuchó el chapoteo rítmico de Zoe siguiéndola a través de la maleza y sintió un nudo opresivo en el pecho.

Zoe no tenía por qué estar ahí. Había dejado claro que el Brillo le importaba un bledo y que su único plan era largarse de Aurora para siempre. Y, sin embargo, allí estaba: acompañándola hasta el final.

Todavía sentía en los labios el eco del beso. Era una sensación tan tenue, tan increíblemente frágil que Alex evitaba pensar en ella demasiado; tenía miedo de que, al analizarla, su recuerdo acabara por evaporarse bajo la lluvia.

De pronto volvió a dar con el rastro de sangre de Luca.

No era un reguero continuo, sino manchas diluidas que teñían los charcos y se mezclaban con el barro, arrastradas por el agua pendiente abajo.

Alex aflojó el paso y siguió esas marcas dispersas, de una a otra, hasta que las vio acumularse junto a un tronco caído.

Allí lo encontró.

Luca estaba encogido en la oquedad del tronco, con las rodillas contra el pecho y la cabeza gacha.

Se sujetaba el brazo con la mano contraria; la bala le había rasgado la carne a la altura del bíceps y la sangre le resbalaba hasta el codo.

No parecía un disparo limpio ni profundo, pero había abierto una herida larga y aparatosa.

Por un momento, a Alex le pareció que lloraba, pero no pudo asegurarlo.

—¡Sal de ahí! —gritó—. ¡Luca!

—¿Qué vas a hacer? —preguntó él—. ¿Vas a traer a esa loca para que vuelva a dispararme?

—Nadie va a dispararte —dijo Alex—, pero tú sí vas a salir de ahí para ayudarme.

—¡Ja! ¿Ayudarte? ¿Y por qué tendría que hacerlo?

—Porque es lo correcto —respondió Alex.