Mi miedo más profundo #2
—Cuando yo tenía diez años, mi madre conoció a una gente —explicó Zoe—.
Siempre andaba así, cambiando de amigos, de entorno, de ciudad.
En realidad, nunca llegaba a querer a nadie.
Lo que buscaba era algo como Aurora: una familia.
Pero no una familia normal. Quería una de esas familias especiales que te hacen sentir especial a ti también.
Estaba obsesionada con ser como los Astruc, alguien importante, alguien tocado por las diosas.
Creía que si encontraba a la gente adecuada , ella dejaría de ser...
, bueno, la pieza suelta que siempre ha sido.
—¿Qué gente era esa? —preguntó Alex.
—Pues ahí está la cosa —respondió Zoe—. Era un grupo que se hacía llamar Nueva Esperanza.
Lo vendían como un refugio, una especie de comunidad que hablaba de la Madre Tierra y de cómo todos éramos hilos de un tejido cósmico.
Sonaba un poco a la palabrería mística de tus Tías, pero no era exactamente lo mismo.
—¿Y por qué le interesaba eso a tu madre? —preguntó Alex, intrigada por la mención de las diosas.
—Porque le prometieron que, si nos entregábamos a su forma de vida, nos convertiríamos en seres de luz . —Zoe esbozó una mueca—. Mi madre siempre ha tenido esa necesidad de sentirse especial, de creer que ha sido elegida por algo superior. El caso es que nos fuimos a vivir con ellos.
—¿Adónde?
—A una casa en el campo, lejos de la ciudad.
—Hizo una pausa—. Al principio fue bien.
Mi madre estaba más tranquila y el sitio, la verdad, no estaba tan mal.
Había muchas familias..., bueno, muchos críos, en realidad.
Porque el concepto de familia allí era distinto: todos éramos una sola familia.
Y había un solo padre. Un tipo llamado Gabriel.
—¿Era como el líder? —preguntó Alex.
—Sí, exacto. El padre de todos. —Zoe torció la boca en un gesto de puro desprecio—.
El caso es que Gabriel tenía una forma muy particular de entender lo que era una familia.
Para él, una familia significaba no tener secretos.
Nada. Es decir, no guardarse secretos ante él.
Cada semana organizaba sesiones de confesión grupales en las que cada uno pasaba al frente y tenía que vaciarse. Decirlo todo.
—¿Todo qué? —preguntó Alex, fascinada y horrorizada a la vez.
—Todo lo que habías hecho, pensado o sentido esa semana.
—¿Y la gente lo hacía? ¿Por qué?
—Porque creían en él —respondió Zoe—. Mi madre, por ejemplo, se bebía toda su palabrería. Y él se aprovechaba, claro. Usaba el juego de los miedos no para crear confianza, sino para desnudarnos por dentro y aprender a manejarnos. Si conocía tu miedo, te tenía.
Zoe guardó silencio un segundo.
—En un momento dado, algunas personas empezaron a cansarse y se marcharon. Y ahí fue cuando la cosa se torció.
—¿Qué pasó? —preguntó Alex.
—Se volvió completamente controlador —dijo Zoe con amargura—.
No podíamos salir de la casa sin decírselo.
No podíamos ir a ningún sitio sin que lo supiera.
Decía que el grupo era un solo árbol y cosas así.
Yo entonces acababa de cumplir los trece y tuve la mala suerte de que me gustara una chica de fuera, que no pertenecía a la comunidad, una chica del pueblo al que a veces íbamos a comprar. Y yo le gustaba a ella.
—Y os descubrieron —completó Alex.
—Sí. Me escapé para verla, me pillaron y Gabriel me encerró.
—Se encogió un poco de hombros, como si intentara restarle importancia—.
Para entonces aquello ya era peligroso de verdad: había comprado armas y nos enseñaba a disparar diciendo que era para defendernos del mundo.
Yo pensaba que no iba a salir nunca de allí.
Puede sonar dramático, pero tenía trece años. En ese momento lo sentí así.
Alex no dijo nada.
—Entonces pensé en cómo obligar a Gabriel a soltarme —continuó Zoe—. Se me ocurrió una forma de que no pudiera decir que no. Algo que implicaba a otra gente. Gente como la policía y las ambulancias.
—Zoe... —dejó escapar Alex en un susurro.
Zoe sacó las muñequeras del bolsillo y empezó a ajustárselas con calma, cubriendo las marcas que Alex acababa de ver.
—Así que ya ves —dijo al fin—: me rajé las venas, Alex. Era el único movimiento que me quedaba para recuperar mi vida. Hice algo radical, algo que dejaba claro que no pensaba seguir allí ni un segundo más.
—¿Qué pasó después? —preguntó Alex con la voz quebrada.
Zoe terminó de abrocharse las muñequeras y la miró con una frialdad que cortaba el aire.
—Funcionó —respondió Zoe—. En cuanto vieron el charco de sangre en el suelo, el pánico los obligó a volver al mundo real. Salí de allí en una camilla. Mi madre pidió perdón, como siempre hace, y volvimos a mudarnos. Y luego a otra ciudad. Y a otra más.
Zoe dio un paso hacia Alex.
—No quiero que ninguna fuerza externa decida por mí. No quiero promesas, no quiero magia, no quiero Brillo. ¿Me entiendes?
Alex sintió que un nudo le cerraba la garganta y se quedó sin aire. Quiso decir algo, cualquier cosa, pero todo le sonaba torpe, fuera de lugar. Abrió la boca...
Zoe se le adelantó.
—Eh, mira esto —dijo.
En el estante polvoriento, justo encima de la mesa, algo le llamó la atención.
Estiró el brazo y sacó un papel amarillento, doblado varias veces.
Era un mapa técnico de los bosques de Aurora.
Zoe lo extendió sobre la mesa de madera y a Alex le llevó un instante reconocer las curvas de nivel.
Zoe deslizó un dedo por la zona boscosa de Los Altos y señaló un punto concreto.
—Fíjate. Esta debe de ser la casa.
Según el plano, estaba a una distancia relativamente corta si tomaban un atajo a través de un sendero que zigzagueaba por el bosque. Alex miró por la ventana. El Desvelo parecía haber amainado un poco, perdiendo esa densidad impenetrable que las había mantenido atrapadas.
—Tenemos que seguir —sentenció.
Zoe asintió, pero, antes de doblar el mapa, reparó en algo que había en un rincón: en un soporte metálico pegado a la pared colgaba una carabina de caza. La descolgó con cuidado, comprobó que estuviera descargada y se la apoyó al hombro como si fuera algo que había hecho muchas veces.
—Creo que deberíamos llevárnosla por si acaso —dijo.
—¿Sabes usarla? —preguntó Alex.
—Ya te he dicho que en Nueva Esperanza aprendí a disparar. Algo bueno me llevé de ese lugar.
En uno de los cajones de la mesa encontró una pequeña caja de cartón con munición del calibre 22.
Se la guardó en el bolsillo interior del impermeable junto con el mapa y salieron.
Más allá de los árboles vislumbraron el sendero: una línea apenas abierta entre la maleza.
Comenzaron a caminar cuesta arriba, abriéndose paso entre los arbustos empapados.
El agua les azotaba la cara como queriendo hacerlas retroceder.
—Zoe —dijo Alex de pronto.
Ella se detuvo y se volvió.
A Alex le pareció que toda la lluvia del mundo caía solo sobre Zoe. El agua le empapaba el pelo y le oscurecía el mechón azul hasta volverlo casi negro. Bajo la tormenta parecía algo nacido del aguacero.
Y entonces ocurrió algo extraño. La maraña de pensamientos y emociones que Alex llevaba arrastrando esas dos semanas, desde que Zoe había llegado al pueblo, se detuvo de golpe, y en su mente se hizo la quietud.
Y su corazón le dio la respuesta. Se acercó a Zoe y la rodeó con los brazos.
No fue un impulso ajeno ni una reacción involuntaria.
Lo hizo consciente de lo que hacía, dueña de su voluntad.
Entonces le dio un beso decidido y calmado.
Zoe se apartó un segundo, con el rostro encendido.
Alex se acercó de nuevo y la besó otra vez.
Sintió la presión de sus labios y cómo la respiración de Zoe se volvía más rápida.
Permanecieron así un momento, ajenas a la lluvia, al miedo y a todo lo que aún tenían por delante.
Durante ese instante, el resto del mundo dejó de existir.
Mientras se besaban, algo en la memoria de Alex se removió. Las palabras de la tía Velia, pronunciadas semanas atrás y enterradas desde entonces, regresaron con una claridad implacable y se abrieron paso entre ellas, frías y exactas:
«Conocerás el amor».
«Y morirás por él.»