La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) Mi miedo más profundo
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Mi miedo más profundo

Mi miedo más profundo

Las primeras piedras empezaron a caer sin aviso. Al principio fueron pocas, dispersas, golpeaban el suelo con un sonido hueco, como nueces contra la madera. Después empezaron a multiplicarse. Alex no dudó: agarró a Zoe de la muñeca y tiró de ella hacia el bosque.

—¡Rápido, hay que cubrirse! —gritó.

Se refugiaron bajo un árbol con la espalda bien pegada al tronco, pero eso no iba a servirles de mucho, porque la copa, rala y desordenada, apenas alcanzaba a cubrirlas.

El granizo seguía cayendo con furia. Una de las piedras golpeó a Zoe en la frente y le abrió la piel.

Se llevó una mano al corte; al apartarla, la tenía llena de sangre.

—¿Qué hacemos? —preguntó.

Alex miró alrededor, tratando de orientarse en medio de la tormenta, y un poco más allá creyó distinguir una pequeña construcción casi devorada por la vegetación, con el tejado inclinado sobresaliendo entre las ramas.

—Por ahí —dijo tirando de ella.

Se agacharon y corrieron cubriéndose la cabeza con los brazos mientras el granizo golpeaba el suelo y saltaba a su alrededor. Al acercarse, la construcción se definió: una caseta de mantenimiento, baja y rectangular, con paredes de madera y un tejado de uralita. Alex empujó la puerta y entraron.

—Siéntate —le dijo Alex a Zoe señalando una silla.

Alex recorrió el interior con la mirada: en las paredes colgaban palas, una desbrozadora, cuerdas enrolladas y un chaleco reflectante cubierto de polvo; el espacio era estrecho, el suelo de cemento estaba manchado y el techo vibraba bajo el impacto del granizo, cuyo estruendo rebotaba en el interior y lo llenaba todo, aunque al menos ya no llovía sobre sus cabezas.

Tenía que haber un botiquín por alguna parte . Junto a la puerta vio una caja de hojalata blanca; la abrió y encontró gasas, agua oxigenada y un espray antiséptico.

Se arrodilló frente a Zoe y, con cuidado, le retiró el pelo mojado de la frente.

—Parece que no estamos en racha, ¿verdad? —murmuró Zoe forzando una sonrisa.

Alex rio sin ganas.

—Definitivamente no —dijo—. Estate quieta.

Empapó una gasa en agua oxigenada y le limpió la sangre hasta dejar la piel despejada y el corte a la vista. Después colocó otra encima y buscó el rollo de esparadrapo, pero no encontró nada con qué cortarlo y, al alzar la mirada, distinguió unas tijeras de podar abiertas sobre una mesa de madera.

—Ni se te ocurra acercarme eso a la cara —dijo Zoe.

—No te preocupes. Tengo buen pulso —replicó.

Se agachó de nuevo frente a ella, tomó las tijeras de podar y cortó un trozo de esparadrapo. Luego colocó una gasa sobre el corte, presionó con suavidad y fijó el apósito, alisándolo con los dedos para que no quedaran pliegues.

—Ya está —murmuró—. Curada.

Sus miradas se cruzaron un instante. Alex se apartó primero y se acercó a la ventana. Debía de ser mediodía, pero el granizo teñía el cielo de un gris sucio, casi de atardecer.

—Siento haber chocado —dijo Zoe—. Y que te hayas enfadado conmigo.

—No estoy enfadada contigo —dijo sin volverse—, estoy harta de Dalia. No ha parado de lanzarme indirectas desde que salimos.

—Creo que más bien iban dirigidas a mí.

—Puede —admitió Alex—, pero me estaba cansando igual.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Zoe.

—Esperar a que amaine.

Se apartó de la ventana y buscó un lugar donde sentarse, pero como solo había una silla y la ocupaba Zoe, se dejó resbalar por la pared y se sentó en el suelo.

Estaba agotada. Cerró los ojos, intentando que el estruendo ensordecedor de las piedras contra el tejado no le hiciera perder los nervios. Cuando volvió a abrirlos, se encontró con la mirada fija de Zoe. Las palabras, entonces, salieron de su boca antes de que su sentido común pudiera frenarlas.

—La verdad... es que estoy contenta de que Dalia se haya ido —confesó—. Prefería seguir contigo a solas.

—¿Y eso?

Alex dudó un instante.

—Sé que te dije que no hacía falta que vinieras, pero te quería conmigo. Pareces tan segura... Da la sensación de que nada te da miedo. Yo estoy aterrada.

Zoe soltó una risa breve.

—Pues fuiste tú la que le plantó cara a esa cosa. Yo quería salir corriendo. Y tú eres la que nos ha traído hasta aquí para buscar a Luca. No tienes pinta de estar aterrada.

—Pues lo estoy —insistió Alex.

—¿Por qué?

Alex bajó la mirada.

—Por todo. Creo que he tenido miedo toda mi vida y ahora me doy cuenta. Ya sabes, miedo a no ser suficiente.

Las palabras quedaron suspendidas entre las dos, mezcladas con el retumbar del granizo. Zoe la observó en silencio.

—¿Ese es tu miedo? —preguntó.

Alex asintió con la cabeza.

Zoe se levantó y apartó la silla a un lado.

—Levántate —le ordenó Zoe.

Alex, que seguía sentada en el suelo apoyada contra la pared, se puso de pie.

—¿Qué pasa?

—Vamos a descubrir si de verdad ese es tu miedo —respondió Zoe.

—¿Y cómo? —preguntó Alex, sin ver adónde podía llevar aquello.

—Es fácil —contestó Zoe—. Empiezas diciendo: «Mi miedo más profundo es...», y terminas la frase.

—¿Y nada más?

—Después te pregunto: «¿Por qué?», y respondes, pero no vale decir lo primero que se te ocurra. La idea es ir al fondo. Si me lo creo, se acaba; si no, vuelvo a preguntarte cuál es, de verdad, tu miedo más profundo. Y cada vez que digas algo que sientas de verdad, das un paso hacia delante.

—¿Y si no quiero seguir?

—Entonces no contestas y te quedas donde estás, ¿vale?

A Alex todo aquello le sonaba a una de esas movidas hippies que solían entusiasmar a Velia, algo que no encajaba nada con Zoe; pero Zoe era una caja de sorpresas.

—¿Eso lo aprendiste en algún sitio o te lo estás inventando ahora mismo? —preguntó.

—Lo aprendí en un lugar.

—¿Cuál?

—No importa. ¿Quieres probar o no?

Un golpe más fuerte sacudió el techo. El estruendo hizo que Alex pensara en Dalia y se preguntara si habría encontrado refugio o si seguía ahí fuera, bajo la caída del granizo; la idea le atravesó el pecho un instante, pero la apartó, convencida de que Dalia sabría arreglárselas, como siempre.

Zoe, ajena a sus cavilaciones, seguía esperándola, de pie en medio de la caseta.

—Mi miedo más profundo es... —Alex dudó un momento, pero al ver la mirada atenta de Zoe lo soltó—: Mi miedo es no ser suficiente.

—Eso ya lo has dicho antes, prueba otra cosa.

Alex inspiró hondo y probó de nuevo.

—Mi miedo más profundo es decepcionar a Cora —dijo dando otro paso.

Zoe se rio por lo bajo y negó con la cabeza.

—No —dijo—. Ese tampoco es.

—¿Eres vidente o qué?

—No —respondió Zoe—, pero los miedos de verdad, igual que los deseos, casi nunca son los primeros que decimos. Están más enterrados.

Alex entornó los ojos.

—Mi miedo más profundo es que Dalia Astruc nos mate por dejarla tirada bajo el granizo —dijo.

Zoe frunció el ceño.

—Si no vas a tomártelo en serio, será mejor que lo dejemos —contestó.

—Vale. Mi miedo más profundo es no ser suficiente para mi madre.

La frase salió sin que pudiera contenerla. Alex sintió el impacto de su propia confesión: un ligero vuelco en el corazón, un estremecimiento en la garganta justo al pronunciar suficiente junto con mi madre . Zoe también debió de notarlo, porque en su expresión vio que la creía.

—Pero tu madre está muerta, ¿no? —preguntó.

—Sí —dijo Alex—. Me refiero a antes, al pasado. A cuando... —se le quebró la voz un instante—, a cuando murió.

Zoe la miró sin entender.

—¿Qué pasó con tu madre?

Alex cerró los ojos un instante y ordenó las palabras antes de dejarlas salir. El único recuerdo que conservaba de su madre acudió a su mente: la vio inclinada sobre ella, el pelo cayéndole a ambos lados del rostro, la voz baja, casi un susurro, repitiéndole algo que nunca lograba entender.

La imagen era siempre la misma; volvía una y otra vez, obstinada, como una llama que se niega a apagarse. Ojalá hubiera más, algún detalle distinto, otra escena que completara aquel fragmento, o poder entender lo que decía. Pero no había nada más.

—Mi padre murió en un accidente de coche cuando ella todavía estaba embarazada de mí —empezó a decir—. Y mi madre, en cuanto me dio a luz, decidió bajar al Inframundo a buscarlo. No es que fuera un reto imposible para ella, pero sabía que era muy peligroso.

—Por los Solares —completó Zoe.

—Sí, por ellos. Sabía perfectamente lo que arriesgaba, pero lo hizo igual.

Le dio exactamente lo mismo. —Alex trató de tragar saliva, pero tenía la garganta seca como el papel—.

Y yo... —Hizo una pausa, sintiendo el pinchazo de la verdad—.

Si yo le hubiera importado, si hubiera sido suficiente, se habría quedado conmigo.

Habría elegido vivir por su hija en lugar de ir a morir por un hombre que ya estaba muerto.

Así que esta es mi historia: soy el residuo de una gran historia de amor.

—Calló un momento. Luego levantó la mirada con algo de ironía amarga—.

¿Te parece que ya he llegado a mi miedo más profundo?

Zoe le tomó la mano y la envolvió entre las suyas.

—Ahora me toca a mí —dijo en voz baja—. Voy a contarte quién me enseñó este juego estúpido al que acabamos de jugar y por qué no quiero saber nada del Brillo.

Zoe soltó la mano de Alex con suavidad. Luego se desabrochó las muñequeras, se las guardó en los bolsillos del chubasquero y se subió las mangas. Estiró los brazos hacia adelante, con las palmas hacia arriba, y le mostró las cicatrices.

Dos líneas pálidas, desiguales, cruzaban la piel fina del antebrazo. No parecían un accidente: eran demasiado rectas, demasiado deliberadas. La piel alrededor estaba hundida, más clara que el resto.

Zoe mantuvo los brazos así solo un instante. Luego los bajó.