Un fuerte viento del norte #2
A pesar de lo que había dicho minutos antes en el coche, no era tan idiota como para creer que Zoe y Uma hubieran traído la desgracia a Aurora.
No era como su madre, que veía presagios en cada esquina.
Había heredado de ella aquellos ojos azules como el hielo, pero no esa mala costumbre.
Aun así, estaba furiosa. Y Dalia Astruc no era de las que se guardan la rabia para llorar en la ducha.
Lo suyo era soltarla contra el primero que tuviera cerca.
—Yo creo que te lo estás pasando en grande —dijo entornando los ojos, con una sonrisa gélida—. Debe de ser el efecto de la compañía.
—No precisamente de la tuya —replicó Zoe.
—¿He tocado una fibra sensible?
Dalia tuvo que forzar la garganta para que el viento del norte no se tragara sus palabras.
—¡La única fibra que has tocado es la de mi paciencia! —gritó Zoe, girándose al fin con los ojos encendidos—. Y, créeme, no te conviene seguir por ahí.
Dalia se detuvo en seco. Alex, que se había adelantado unos pasos para no escucharlas, se giró de golpe alarmada. En dos zancadas volvió sobre sus pasos y se plantó entre ambas.
—¿Qué pasa ahora?
—Nada —dijo Zoe manteniendo la vista en Dalia.
Esta se cruzó de brazos, empapada y tiritando pero sin perder ese aire insolente.
—¿Seguro que no preferís continuar solas, vosotras dos? No quiero estorbar.
—Dalia, basta —intervino Alex—. No tenemos tiempo para esta mierda.
—Ni siquiera sé qué hago aquí —siguió Dalia—. ¿Para qué quieres a Luca? ¿Qué tiene que ver con todo esto? ¿Qué tiene que ver conmigo?
Zoe miró a Alex y esta le devolvió la mirada. La complicidad implícita entre esas dos consiguió crispar a Dalia todavía más.
—¿Cuánto tiempo vais a seguir mirándoos como si yo no estuviera aquí? —dijo.
Hubo una pausa durante la cual el bosque entero contuvo el aliento.
—Luca ha invocado a un demonio que quiere destruir a las Tías y, por lo tanto, el Brillo —dijo Alex al fin.
Dalia trató de procesar sus palabras. El viento le golpeaba el rostro, regueros de lluvia le corrían por la cara, pero no pestañeó.
—No es verdad —dijo al fin.
—¿Por qué iba a inventarme algo así? —replicó Alex.
Dalia apretó los dientes. El ardor le recorría el cuerpo, pero no podía distinguir si era por miedo, por rabia o por ambas cosas.
—¿Cómo estás tan segura? —preguntó.
Alex le sostuvo la mirada.
—Sabes que Luca es muy capaz de hacerlo —dijo Alex con tranquilidad—. ¿Para qué crees que se pasaba las noches leyendo esos libros raros en latín?
Dalia abrió la boca para negarlo y no pudo. Luca encajaba perfectamente en el perfil de alguien que hace algo así: necesitado de atención, convencido de su propia genialidad incomprendida... Podía imaginarlo invocando a un demonio solo para montar una escena.
—Pero ¿para qué...? —murmuró consternada—. ¿Por qué?
—No lo sé —respondió Alex—. Quizá por la misma razón por la que Valentín Astruc invocó a las diosas hace siglos, tal vez haya hecho un trato con el demonio. No tengo ni idea, pero tenemos que darnos prisa.
Dalia apuntó a Zoe con un dedo.
—¿Tú ya lo sabías?
—¿Eso qué importa? —replicó Zoe con la voz tensa—. ¿Has escuchado lo que acaba de decir Alex?
—¡Claro que importa! —saltó Dalia—. ¡Importa que tú te hayas enterado antes que yo de cosas que son de mi familia!
—Nuestra familia —corrigió Zoe.
—Basta —intervino Alex cortante—. No vamos a discutir esto ahora.
Dalia se quedó plantada en medio del camino, negándose a avanzar.
—Yo no sigo si viene ella. Quiero que se vaya.
Alex apretó la mandíbula.
—Zoe no se va a ninguna parte. Iremos las tres, punto.
—¿Por qué? —escupió Dalia—. ¿Por qué tiene que venir ella?
—Porque Luca es peligroso y es mejor si somos tres —dijo Alex.
Dalia soltó una risa seca, sin rastro de humor.
—Luca es muchas cosas —murmuró—, pero no es peligroso. Es... patético.
Alex le dio un leve codazo a Zoe y las dos echaron a andar de nuevo por la carretera. Dalia se quedó donde estaba. Cuando ya se habían alejado un buen trecho, las llamó a gritos:
—¡Eh! ¡Sin mí no vais a encontrar la casa!
Su voz resonó con fuerza, y pareció que el bosque la amplificara a propósito, pero Alex y Zoe la ignoraron.
Se dijo: «Ahora volverán. Alex se arrepentirá y se arrastrará a mis pies, ya verás». Y se permitió imitarla: «Dalia, Dalia, no podemos seguir sin ti».
Pero no ocurrió nada de eso.
Dalia las vio alejarse con paso firme. Primero fueron siluetas, luego apenas dos puntos borrosos, hasta que la lluvia las borró por completo.
Y aun entonces esperó un poco más... y un poco más.
Sabía — sabía — que, igual que ella había esperado que regresaran a buscarla, esas dos también esperaban que saliera corriendo detrás de ellas.
Pues no, chicas. No pensaba hacer nada de eso, ni loca.
Y tampoco iba a quedarse ahí pasmada, de modo que echó a andar de regreso hacia el coche.
Al cabo de unos minutos, la lluvia arreció, si es que podía hacerlo más.
Hasta que empezaron a caer piedras de granizo del tamaño de nueces.
Dalia se cubrió la cabeza con los brazos y echó a correr hacia el bosque, chapoteando en el barro hasta refugiarse junto al tronco más ancho que encontró.
Se pegó a la corteza, encorvada, buscando amparo, pero sirvió de poco: el granizo atravesaba el follaje y le golpeaba los hombros, la espalda, los nudillos. Comprendió que no podía quedarse allí.
Estaba a punto de salir de nuevo cuando sintió bajo las plantas de los pies un leve temblor. Al principio pensó que se debía al impacto constante del granizo contra el suelo, pero el temblor creció y empezó a extenderse por la ladera.
Al volver la cabeza vio cómo, más arriba, el agua bajaba desbordada por el cauce seco que cruzaba el bosque. No era solo lluvia: era una masa espesa de barro, piedras y ramas que descendía con violencia, empujada desde lo alto por el Desvelo.
El alud se precipitó cuesta abajo arrancando matorrales, partiendo troncos y cubriéndolo todo a su paso.
Dalia intentó apartarse, pero la corriente le barrió las piernas y la derribó.
El barro la arrastró varios metros; trató de aferrarse a un zarzal, pero las espinas se le clavaron en la mano y no consiguió sostenerse.
Siguió cayendo, gritando, mientras ramas y hojas le azotaban la cara y los brazos.
El bosque terminó por expulsarla y salió despedida hasta la carretera, donde aterrizó dando volteretas. Sintió un golpe seco en la sien y enseguida un fogonazo blanco le nubló la vista.
El rugido de la tormenta empezó a alejarse, como si se hundiera bajo el agua. Un instante antes de perder la conciencia sintió unos brazos que la levantaban del suelo.
Después, todo se oscureció.