La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) Un fuerte viento del norte
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Un fuerte viento del norte

Un fuerte viento del norte

Zoe no estaba acostumbrada a conducir coches grandes como tanques de guerra, ni a las carreteras estrechas ni al Desvelo, y por ello iba con las manos aferradas al volante y los hombros rígidos, pese a lo cual el coche no se hacía ni un milímetro más pequeño.

A veces embestía de lleno la vegetación del arcén; otras, estaba segura de que alguien venía de frente y ya no quedaba tiempo para apartarse.

No ayudaba que Dalia jugara a ser la copiloto del París-Dakar.

—¡Más a la izquierda! ¡Nos vamos a despeñar! ¡No pises el freno en la curva!

Zoe entornaba los ojos y procuraba no decir nada. Habría podido hacerlo, habría podido (y deseado) gritarle que se callara, que la dejara en paz, que se fuera a tomar por saco, pero ya tenía suficientes dificultades para vigilar la carretera y no podía estar pendiente de una niña pija.

—¿Falta mucho para llegar? —preguntó Alex desde el asiento de atrás.

Dalia se volvió como un resorte.

—¿Tienes cinco años o qué? ¿No puedes esperar?

—No, no puedo esperar —respondió Alex con brusquedad—, así que dime cuánto falta.

—¡Te he dicho que no lo sé! —saltó Dalia—. Solo sé que es por esta carretera, en algún desvío, pero no hemos pasado ninguno, ¿no?

Zoe pensó que con el aguacero que caía podían haber pasado por cientos de desvíos sin verlos, pero se cuidó de decirlo.

Dalia bufó, cogió una caja de casetes de la guantera, eligió uno con dedos nerviosos y lo metió en el reproductor. Pocos segundos después, la voz de Agnetha, de ABBA, llenó el coche con una frase que sonó casi profética: «Where are those happy days? They seem so hard to find...».

Zoe reprimió la risa. Nunca habría imaginado a Celina escuchando esa clase de música. Que una bruja como ella fuera fan de ABBA le parecía el remate de un chiste malo.

Dalia la miró de reojo.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Zoe alzó las cejas.

—No, venga, dímelo.

El Rover se ladeó con un gruñido en una curva demasiado cerrada. Zoe tuvo que sudar para mantenerlo en la carretera.

—Pensaba en los gustos de tu madre —dijo.

—¿Ah, sí? —replicó Dalia—. ¿Y qué tienen de malo? ¿Qué creías que escuchaba?

Un cuarteto de cuerdas del averno. Una grabación en bucle de risas endemoniadas. El discurso de George Bush del año 1991 anunciando el bombardeo de Irak.

—¿Podemos concentrarnos? —protestó Alex—. Tenemos que encontrar el maldito desvío.

En el radiocasete, el estribillo: «So when you’re near me, darling, can’t you hear me, SOS!».

Un trueno estalló sobre la colina, y la carretera desapareció por un segundo bajo el resplandor. Un SOS era justo lo que necesitaban en ese momento.

Dalia no se tomó su tiempo para contraatacar.

—Pues mira qué coincidencia —dijo—. Yo justo estaba pensando en tu madre y en ti.

—¿Ah, sí? ¿Pensando en qué, exactamente? —preguntó Zoe, alerta.

—En que es curioso que todo comenzara a desmoronarse en el momento en que tú y tu madre llegasteis a Aurora.

—¡Dalia, por favor! —dijo Alex.

Zoe clavó en el volante los dedos que le habría encantado hundir en la bocaza de Dalia.

—¿Qué quieres decir con eso?

Dalia se llevó los brazos detrás de la nuca y suspiró.

—Pues que cualquiera diría que sois gafes —dijo.

—O quizá sois vosotras —replicó Zoe— las que nos habéis gafado a mi madre y a mí.

—¡Parad ya! —gritó Alex.

—Igual ya veníais gafadas de fábrica —dijo Dalia—. A ver, explícanos, ¿qué escondes bajo esas muñequeras asquerosas? Da igual, no me lo digas, mi madre ya me lo contó.

—Cállate —dijo Zoe.

Por un momento se vio a sí misma frenando, saliendo del coche, sacando a Dalia por su ventanilla y arrojándola por el barranco. Era una fantasía hermosa.

Dalia insistió:

—Ay, ¿no quieres que lo sepa Alex? ¿No quieres que sepa que eres...?

—¡Haz el puñetero favor de callarte, Dalia! —estalló Alex.

El coche se llenó de un silencio denso, cargado como el cielo que se extendía sobre sus cabezas. En el radiocasete, la canción retomó el estribillo: «The love you gave me, nothing else can save me, SOS».

Zoe pisó el acelerador a fondo. El Rover rugió y las ruedas patinaron sobre el asfalto mojado antes de recuperar tracción.

—Zoe... —murmuró Alex con un tono que no era de reproche, sino de súplica.

Dalia se aferró al asidero de la puerta. El viento volvió a sacudir el coche y ella inspiró de golpe. Tenía la cara blanca, los ojos fijos en la carretera. El miedo le tensaba la mandíbula y los dedos. Zoe lo advirtió y no aflojó.

«Jódete, princesa.»

La voz de Alex le llegó amortiguada por la lluvia y el ruido del motor:

—¡Cuidado con el...!

El tronco apareció de golpe, oscuro, atravesando el carril.

Zoe pisó el freno. El pedal vibró bajo su pie.

Demasiado tarde. El coche embistió el tronco con el morro y lo arrastró unos metros antes de que el golpe sacudiera todo el habitáculo como un latigazo.

El capó crujió y se plegó sobre sí mismo.

El volante tiró con violencia hacia un lado.

El motor tosió, jadeó... y quedó girando mal, a trompicones.

Durante ese segundo —ese único segundo que a Zoe se le hizo eterno, con la sensación de que todo sucedía a cámara lenta— Dalia no dejó de chillar. Un alarido agudo, constante, que se le clavó en el cráneo como una sirena.

Cuando el motor dejó de girar, Zoe soltó una maldición ahogada.

Tenía las manos entumecidas sobre el volante, los nudillos blancos.

El corazón le retumbaba en las orejas. Miró por el retrovisor.

Los ojos se le abrieron, desorbitados, buscando a Alex en el asiento trasero: «¿Estás bien? », preguntaban sin voz, sin aliento.

Alex estaba muy pálida, con los labios apretados y las pupilas dilatadas. No decía nada, apenas parpadeaba. Se había quedado inmóvil, agarrada al borde del asiento.

—Muy bien —dijo Dalia—. No solo estamos jodidas, sino que mi madre me matará.

Alex bufó. Abrió la puerta y bajó, cerrando de un portazo.

—¿Qué vamos a hacer ahora, genio de la conducción? —preguntó Dalia girándose hacia Zoe.

Esta, en vez de contestar, abrió su puerta y bajó también.

—Lo siento —dijo en voz baja.

Alex no la miró. Se limitó a decir:

—Tenemos que seguir a pie.

—¿Estás segura? —contestó Zoe—. Tal vez podríamos esperar dentro del coche a que escampe un poco...

—¿Te refieres a lo que queda del coche? ¡Adelante, que tengas suerte! —cortó Alex—. Podría llover días enteros, y, además, no debe de faltar mucho para la casa.

Zoe estuvo a punto de insistir con lo de esperar un poco, pero se contuvo.

Alex parecía demasiado enfadada —con razón, seguramente—, y, al fin y al cabo, el choque había sido culpa suya.

Se giró entonces hacia el coche e hizo un gesto con la cabeza indicándole a Dalia que se acercara.

Esta obedeció a regañadientes, mascullando improperios mientras abría la puerta.

—Genial —bufó al poner un pie en el barro—. Mojarnos hasta los huesos era justo lo que me faltaba hoy.

—Deja de quejarte y muévete —dijo Alex, y echó a caminar sin mirar atrás.

—¡Ya te he dicho que no me gusta nada esta versión tuya de Alex la mandona! —protestó Dalia pisándole los talones—. Además, con esta lluvia no se puede ir a ninguna parte. ¡Sería mejor esperar en el coche!

Ninguna de las dos se volvió a responderle. Solo se oían el chapoteo del agua y el golpeteo de la lluvia sobre las hojas mientras sus pasos mojados, renuentes y resignados se hundían en el fango.

Dalia no paraba de temblar. Debían de formar un cuadro curioso, pensó.

Tres figuras empapadas arrastrando los pies por una carretera perdida.

Intentó imaginarse a sí misma desde fuera —como le gustaba hacer a veces para sentir en su propia piel la impresión que causaba en los demás—, pero la imagen no era precisamente favorecedora.

El pelo pegado a la cara, la ropa chorreando, los labios morados de frío. Muy lejos de su mejor versión.

«Sin el Brillo, vas a terminar abriéndote de piernas por un plato de sopa.»

La frase le sonó cruel y demasiado cierta. Le dolió más de lo que estaba dispuesta a admitir. Ese era el poder de las madres. O de madres como Celina: encontrar el punto más blando y clavar allí el cuchillo. Dalia no quería creer que su madre tuviera razón, pero la duda seguía ahí.

De pronto la idea empezó a crecerle dentro, incómoda, pegajosa.

Casi podía sentir que el Brillo se le escapaba por los poros junto con el calor corporal, y se preguntó si los efectos ya empezaban a notarse.

Con Cora desaparecida, Velia muerta y Mora herida, solo quedaban dos diosas: Eca y Brisa.

¿Con dos bastaría para que el Brillo se mantuviera o ya empezaba a apagarse?

Alex y Zoe caminaban juntas con las cabezas gachas, cuchicheando bajo la cortina de agua.

Seguro que les daba completamente igual si el Brillo desaparecía: Zoe nunca había probado las mieles del carisma divino y ya sabía lo que era vivir en el infierno.

Y Alex..., aunque se llamara a sí misma vulgar, llevaba en la sangre la herencia de una diosa real, y ni siquiera la mayor de las tormentas podría arrebatarle eso. ¿Pero a ella, a Dalia, qué le quedaba?

—¡Eh! ¡Vosotras! ¿Podéis hacer el favor de esperar? Se supone que soy yo la que sabe dónde está la casa.

—¡Pues date prisa! —gritó Alex.

Dalia las alcanzó y siguieron caminando en silencio. De vez en cuando miraba a Zoe de reojo. Las sombras del bosque, densas y cambiantes, le cruzaban el rostro y le deformaban los rasgos. Por un instante le pareció ver que sonreía.

—¿De qué te ríes? —Su voz salió más aguda de lo que pretendía.

—No me río —contestó Zoe—. ¿Te parece que tengo motivos para reírme?

Desde luego que no. No había nada de que reírse.