La casa de las diosas caídas (Las Lunares 1) La noche no ha terminado #2
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La noche no ha terminado #2

La forma en que lo dijo lo dejaba claro: ya había tomado la decisión. Zoe comprendió que no había nada que pudiera decir para disuadirla, así que suspiró y se rindió.

—Iré contigo —dijo—, aunque me parezca un plan de mierda.

—No hace falta —contestó Alex—. No tienes que hacerlo.

—Ya lo sé.

—En serio, Zoe. Esto es cosa mía.

—Puede. Pero no pienso quedarme aquí esperando a que vuelvas herida... o a que no vuelvas.

Las palabras le salieron solas, claras y firmes. Solo después se dio cuenta de lo que implicaban. Venían de un lugar más hondo que la lógica, de un sitio que no pasaba por la cabeza, sino por el corazón. La idea de no volver a ver a Alex la horrorizaba. No: en realidad le resultaba insoportable.

Se miraron un instante en silencio. En esa pausa ambas parecieron medir, por primera vez de verdad, la magnitud del peligro que tenían delante.

—Pero dame un minuto —añadió Zoe, como si intentara restarle importancia a lo que acababa de decir—. Voy a buscarte un chubasquero y unos zapatos. Con esas sandalias no vas a llegar muy lejos.

Nada había cambiado.

Todo había cambiado.

Las mansiones de los Astruc en Los Altos seguían alzándose majestuosas entre la vegetación indomable, apenas insinuando un tejado de pizarra o un pináculo orgulloso que parecía desafiar al cielo gris.

Desde lejos aún proyectaban la imagen de un poder absoluto y eterno, pero Alex sabía que aquello no era más que un espejismo: si las diosas desaparecían, si ella no lograba detener el desastre que había puesto en marcha, todo eso —la piedra, los muros, los nombres— se desharía como una ilusión.

—Quizá quieras esperarme aquí —le dijo a Zoe—, así te ahorras ver a tu tía.

Estaban frente a la casa de Dalia. Desde la calle se oían con claridad los gritos y los sollozos de Celina. Estaba en pleno ataque de nervios.

—Sí, creo que es mejor que vayas tú sola —dijo Zoe en voz baja—. Pero no tardes, estoy empapada.

Se ajustó el chubasquero y dio un paso atrás, dejando claro que no pensaba acercarse a aquella casa más de lo necesario.

Alex cruzó sola el jardín y llamó a la puerta.

Tardaron unos segundos en abrir. Cuando lo hicieron, apareció el marido de Celina, un hombre menudo, de rasgos apagados, tan discreto que Alex solía olvidarse de su existencia hasta que lo tenía delante.

—No es un buen momento —dijo.

«No me digas», pensó Alex.

No esperó invitación. Avanzó y entró, obligándolo a apartarse.

Celina salió a su encuentro hecha un mar de lágrimas.

—¿Cómo están las Tías? ¿Cómo está Mora? ¿Sabes algo? ¿Y Cora? ¿Qué haremos sin ella? Oh, Dios mío, ¿crees que...? —Se interrumpió de golpe. Sus ojos se empequeñecieron hasta volverse dos puntos duros y brillantes—. Todo esto es culpa de las bastardas, han traído la mala suerte a esta casa.

Alex se mordió la lengua. No quería discutir, no había ido a eso.

Dalia apareció entonces detrás de su madre.

—¿Podemos hablar un segundo? —preguntó Alex.

A diferencia de Celina, Dalia estaba sorprendentemente serena.

La miró un instante, asintió y la agarró del brazo, llevándola hacia el salón casi a rastras.

Cerró la puerta de un golpe y se apoyó en ella con la espalda.

Al otro lado, Celina seguía despotricando: gritos, lamentos y acusaciones contra Uma y Zoe.

Luego se oyó la voz de su marido y, poco después, pasos que se alejaban por el pasillo.

—No la soporto —dijo Dalia.

—Bueno, supongo que tiene sus razones para preocuparse —respondió Alex, que forzó un tono conciliador porque necesitaba a Dalia de su lado.

Dalia soltó una risa seca, sin humor.

—Según ella, sin el Brillo no sirvo ni para limpiar el pescado en la conservera —escupió Dalia con amargura punzante—. Me ha dicho que, si esto se acaba, terminaré abriéndome de piernas por un plato de sopa.

—Tía Velia habría dicho que está proyectando sus propios fantasmas —murmuró Alex—. Le encantaba hacerse la psicóloga..., la psicóloga vidente.

Se le humedecieron los ojos.

—Lo siento mucho, Alex —dijo entonces Dalia—, de verdad. Siento todo lo que ha pasado esta noche. ¿Estás bien?

Alex soltó el aire poco a poco.

—No —admitió—, pero tampoco creo que tenga derecho a estar peor que las demás.

—No se trata de derechos, Alex —respondió Dalia—, se trata de cómo estás, de verdad.

—Supongo que estoy asustada. Y muy triste.

—Eca no ha querido darnos detalles, pero la oí hablar con Brisa después de que se llevaran a casa a Mora... y el cuerpo de Velia. ¿Es verdad? ¿Las ha atacado un...?

No terminó la frase. Parecía realmente afectada, y Alex pensó —no sin sorpresa— que quizá era la primera vez en su vida que tenía una conversación seria de verdad con Dalia.

—De todos modos, mi madre tiene razón —dijo de pronto—. Todo esto es culpa de esas dos mujeres, de Uma y de la desagradable de su hija.

Alex frunció el ceño. Ahí estaba de nuevo la Dalia de siempre.

—¿De qué hablas? ¿Qué tienen que ver ellas? Uma y Zoe no han traído al Solar a Aurora. Ni siquiera sabían que existía.

Dalia se cruzó de brazos.

—¿Ah, no? Pues es mucha casualidad que aparezcan ellas y, de repente, todo lo que ha funcionado durante siglos se vaya a la mierda, ¿no?

—dijo—. Siglos de prosperidad... y basta con que esas dos pongan un pie en Los Altos para que todo empiece a torcerse.

Llámalo como quieras, Alex. Mala suerte. O algo peor.

Alex levantó la vista hacia el reloj de pared sobre la chimenea. El segundero avanzaba con una precisión cruel: las ocho de la mañana. El tiempo seguía corriendo como si nada hubiera pasado.

—Lo que tú digas, Dalia —dijo al fin—, pero ahora necesito que me ayudes a encontrar a Luca.

—¿A Luca? —repitió Dalia—. ¿Por qué?

Una campana de alarma sonó en la cabeza de Alex antes de que pudiera decir la verdad. Si se lo contaba, Dalia se pondría a la defensiva en cuanto oyera que su primo era el responsable. Y en cinco segundos estarían otra vez en lo de siempre: Uma, Zoe y una discusión interminable.

—Creo que puede estar en peligro —mintió.

—¿En peligro? —repitió Dalia—. ¿Qué ha pasado? ¿Tércot le ha hecho algo?

—No..., no es eso. —Alex titubeó—. O sí, no lo sé. Es complicado, ¿vale? No puedo explicártelo ahora, pero necesito que me digas dónde está.

—No tengo la menor idea. He oído que se peleó con Abel y se marchó.

Las ocho y cuatro minutos. El tiempo corría, volaba.

—Está bien, pero ¿adónde? —la urgencia tensándole la voz—. ¿Adónde va cuando se pelea con Abel?

—¡Qué pesada! ¡Te he dicho que no lo sé! —saltó Dalia molesta—. ¿Te crees que me cuenta su vida?

Las ocho y siete.

—Dalia —insistió en voz más baja, más firme—, piensa.

Dalia bufó, dio un par de vueltas por el salón y, al final, chasqueó la lengua.

—Vale, si te pones así de intensa... El año pasado se largó de casa en uno de sus berrinches de genio incomprendido. Estuvo fuera un par de días porque mi tío Abel le gritó más de la cuenta. Ya sabes cómo es Luca: se cree que es el único que sufre en esta familia, el único que...

—¿Adónde fue? —la cortó Alex.

—A la colina. —Hizo un gesto vago señalando hacia el exterior—. Hay una casa vieja allí arriba, la mandó construir nuestro bisabuelo. Está medio en ruinas, nadie va nunca. Pero, Alex..., ¿qué pasa con él? ¿Por qué tanta prisa?

—¿Está lejos? —insistió Alex haciendo caso omiso de la pregunta de Dalia.

—Un poco. No sabría decirte cuánto —contestó Dalia—, yo no he ido nunca.

—¿Pero sabrías llegar?

—No lo sé, supongo. Creo que se va por la antigua carretera de la costa y luego se sube hacia la colina. Está a...

Era todo lo que Alex necesitaba oír. Los detalles, en ese momento, no eran importantes.

—Vale —dijo—. Vamos, no hay tiempo que perder.

Dalia puso cara de consternación.

— ¿Vamos? —replicó—. ¿Estás diciendo tú y yo? ¿En serio? Alex, mírame: estoy en shock postraumático, y además no podemos salir con el Desvelo.

—Zoe está fuera, esperándonos bajo la lluvia —dijo Alex, ya encaminándose hacia la puerta—. Así que muévete y coge las llaves de uno de los coches.

—No pienso ir a ningún sitio con esa chica.

Alex se detuvo y se volvió para mirarla.

—Es la única de las tres que sabe conducir.

Dalia se cruzó de brazos y adelantó el labio inferior en un mohín de lo más irritante. A Alex le dieron ganas de soltarle una bofetada para ver si así reaccionaba. En vez de eso, respiró hondo y jugó su última carta.

—No puedo explicarlo ahora —dijo—, pero si no me ayudas, todo lo que dice tu madre va a pasar. Os vais a quedar sin el Brillo.

Era justo lo que Dalia necesitaba oír.

—Vale —dijo—, pero si esa chica mancha la tapicería de cuero, te juro que Tércot va a ser el menor de vuestros problemas hoy.

Zoe estaba al otro lado de la verja, empapada, con el chubasquero pegado al cuerpo. Al verlas, levantó la cabeza. Alex le hizo un gesto breve con la mano.

—Nos vamos —le dijo cuando estuvo a su lado—. Te explico por el camino.

Zoe no puso objeciones: la urgencia de Alex era contagiosa. Entraron en el garaje y Dalia fue directa al Range Rover de su madre.

—Cogemos este —dijo.

Lanzó las llaves al aire con desgana y Zoe las atrapó al vuelo sorprendida.

—Me han dicho que sabes conducir —añadió Dalia recorriéndola de arriba abajo—. A ver si es verdad.

—Prometo no empotrarlo contra un árbol —respondió Zoe mientras se sentaba al volante.

Alex se dirigió al asiento del copiloto, pero Dalia llegó antes.

—Ah, no. Yo voy aquí —dijo acomodándose junto a Zoe—. Es el coche de mi madre y solo yo sé dónde está la casa. Ponte atrás.

—No tenemos tiempo para esto. Muévete... —contestó Alex.

Sin embargo, Dalia la miró con altanería, parpadeó varias veces y cerró la puerta. Alex rodeó entonces el coche y subió a la parte trasera.

—No me gusta nada esta versión tuya de Alex la mandona —dijo Dalia cuando el motor arrancó—. Solo para que lo tengas en cuenta.

Alex se reclinó contra el asiento y apoyó la frente en el cristal. Dalia se equivocaba. No era Alex la mandona.

Era Alex la desesperada.