La noche no ha terminado
La noche no ha terminado
Alex despertó sin aliento. ¿Dónde estaba?
Durante unos segundos se quedó mirando alrededor, todavía confundida.
Una cama extraña. Una habitación de paredes rosas.
Había alguien sentado en el borde de la cama.
Al principio solo vio una silueta. Parpadeó varias veces, intentando enfocar.
Poco a poco distinguió el rostro. Era una cara familiar. Era Zoe.
—Alex..., ¿me escuchas? ¿Estás bien? —dijo Zoe.
Alex parpadeó otra vez, todavía aturdida. Sentía la cabeza pesada y una sensación rara en el pecho. Apoyó un codo en la cama y trató de incorporarse.
—Despacio —dijo Zoe.
—¿Dónde estoy? —preguntó.
—En la espantosa habitación rosa que Frederic dice que me pertenece. Te trajimos aquí después de que te desmayaras en el bosque.
Alex apartó un poco la sábana. Ya no llevaba el vestido malva. En su lugar, alguien le había puesto un pantalón de chándal y una camiseta amplia. Aun así, todavía sentía en el cuerpo el recuerdo del peso de la tela mojada, de la falda pegada a las piernas mientras corría entre los árboles.
«Después de que te desmayaras en el bosque.»
El bosque, la noche anterior..., ¿qué había pasado?
La pregunta resonó en su mente mientras intentaba ordenar sus pensamientos, todavía confusos.
Todo seguía borroso, como si su memoria se resistiera a abrirse, pero poco a poco algo empezó a ceder en su interior y los recuerdos comenzaron a regresar.
Primero apareció la bodega, después Velia, luego la luz blanca del halo.
A continuación llegaron el Desvelo, Cora, Frederic...
y, finalmente, Tércot. Uno tras otro fueron ocupando su lugar, como el agua de un dique cuando las paredes ya no pueden contener la presión y todo termina por desbordarse.
El pecho se le cerró y empezó a sollozar.
—¿Dónde está Cora? —preguntó con un hilo de voz.
Una sombra cubrió el rostro de Zoe.
—Se la llevó esa cosa —dijo.
—¿Y qué hay de Mora? ¿Frederic? —preguntó.
Los nombres se le atropellaban en la boca, como si tuviera miedo de olvidarlos si no los decía rápido.
—Mora y Frederic están bien, o al menos a salvo. Eca dice que se recuperarán. —Se quedó un instante en silencio y luego añadió—: Alex... ¿qué era esa cosa? Esa cosa blanca que hirió a Frederic. Parecía luz, pero...
—El halo —la interrumpió Alex—. Es lo que mató a mi madre.
Hubo un momento de silencio.
—Le hizo a Frederic una quemadura horrible —murmuró Zoe.
—Lo sé —dijo Alex. Después añadió, casi para sí—: «Se abre paso a través de la sangre como si te hubieran inyectado ácido en las venas».
Zoe la miró desconcertada.
—¿Cómo has dicho?
—Así es como Eca dice que se siente el halo.
En algún lugar de la casa sonó una puerta al abrirse. Después se oyeron pasos en la escalera, subiendo despacio, uno tras otro, haciendo crujir la madera. Alex levantó la vista justo cuando Eca apareció en el umbral. No se había cambiado: aún llevaba el vestido de la fiesta, manchado de sangre.
—Déjanos solas —le dijo a Zoe.
Eca no se andaba con rodeos.
Zoe buscó con la mirada a Alex, que asintió con un gesto mínimo. Zoe dudó un instante más y, al final, se levantó de la cama y cerró la puerta con cuidado.
Eca avanzó hasta los pies de la cama, entrelazó las manos en el regazo y se quedó allí, erguida.
—Supongo que ya te han informado de las noticias —dijo al fin.
—Sí —contestó Alex.
—Entonces ya sabes a qué nos enfrentamos —continuó—. Las cosas han cambiado radicalmente para nosotras.
Alex tragó saliva.
—En el bosque, Tércot me dijo que...
—Que ha venido a buscarnos para llevarnos con él —la interrumpió Eca—. No hace falta que me repitas sus palabras. Tércot y yo somos viejos conocidos. Y, por cierto, no deberías haber salido tras él. Fue bastante necio por tu parte.
Alex dejó escapar una pequeña risa sin humor.
—Lo seguí porque no tenía nada que perder. Si me hubiera pasado algo, tampoco habría sido una gran pérdida para ti, ¿no? Eso es lo que le dijiste a Tércot. Que no valgo nada.
La voz se le quebró al final de la frase y enseguida se arrepintió. No quería sonar quejica, y sin embargo era exactamente lo que estaba consiguiendo.
Eca se apartó de la cama y se acercó a la ventana, dándole la espalda a Alex, y allí se quedó mirando cómo el viento agitaba las copas de los árboles mientras las primeras luces del amanecer empezaban a ensuciar el cielo.
—Llora todo lo que quieras, Alex —dijo—, pero no puedes permitirte la autocompasión. Lo que dije, dicho está. Y ahora mismo no tengo tiempo para explicarlo.
Alex se aguantó las lágrimas. No pensaba darle a Eca la satisfacción de verla llorar. Si lo dicho estaba dicho, que así fuera. Ella no lo olvidaría. Ni esa noche ni ninguna otra.
—Ahora vamos a hacer lo siguiente —continuó Eca—. Me he encargado de proteger el umbral de la casa con un hechizo de atadura. De momento, allí estaremos a salvo.
—¿A salvo? —repitió Alex con amargura—. Claro, porque seguro que a Tércot le importa muchísimo tu hechizo de atadura.
Ha entrado en la bodega de Abel como si fuera el dueño de la casa, ha devorado a Velia y te ha arrancado tu propio Stróphalos del cuello sin que pudieras hacer nada para evitarlo, ¿de verdad crees que una marca en el suelo va a detener a un Solar?
Eca se volvió hacia ella.
—No te atrevas a hablar así de mi magia —siseó, con los ojos brillándole como una advertencia peligrosa—. No tienes ni la menor idea de lo que soy capaz.
Alex retiró las mantas de la cama y se puso de pie.
—Sé quién trajo a Tércot a Aurora —dijo.
Eca la fulminó con la mirada.
—¿Qué has dicho?
—Sé quién lo trajo —reiteró Alex.
La verdad le quemaba la garganta y quería soltarla de una vez: decirle a Eca que había acudido a Luca para aprender nigromancia, que él le pidió la vela a cambio, que ella se la robó a Velia y que esa misma vela —estaba convencida— había servido para invocar a Tércot.
Pero el miedo a su tía fue más fuerte y, al final, calló lo esencial.
—Ha sido Luca —dijo—. No me preguntes cómo lo sé, simplemente..., lo sé.
Eca dibujó una mueca de fastidio y negó con la cabeza.
—Sabía que eras estúpida, pero no sabía cuánto —dijo—. Luca Astruc no tiene los conocimientos para hacer algo así.
Alex se obligó a ignorar los insultos de Eca y siguió hablando:
—Creo que lo subestimas —replicó alzando el mentón todo lo que pudo—. Luca lleva años leyendo los libros de Valentín Astruc.
—Leer idioteces no te convierte en alguien capaz de mover ciertas fuerzas —la cortó Eca.
—Si Valentín Astruc pudo hacerlo —insistió Alex—, Luca también.
—Yo conocí a quien nos invocó en su día —respondió Eca—, y te aseguro que Luca no tiene nada que ver con esa persona.
—Se pasa el día estudiando —insistió Alex—. Antes pensaba que lo hacía porque era raro y porque le gustaba usar palabras que los demás no entienden, pero ahora creo que había algo más detrás. Algo mucho más oscuro.
Eca no se molestó en discutir. Para una diosa que consideraba a los mortales «vacíos» e «insignificantes», los dramas familiares de los Astruc no eran más que ruido de fondo. Se alisó el vestido en un gesto completamente inútil, pues estaba hecho un desastre, y se dirigió hacia la puerta.
Habló sin volverse, con la mano firme en el pomo:
—Me voy, no puedo dejar a Mora sola mucho tiempo; su luz apenas parpadea. Tú vístete y ven a casa inmediatamente. No me hagas esperar, Cora no me perdonaría que te ocurriera algo.
—Eso... si es que Cora sigue viva —murmuró Alex, casi para sí, con la voz rota.
—Cora está viva —dijo Eca—, está viva. Y voy a traerla de vuelta.
Cuando Eca salió y la puerta se cerró tras ella, el aire de la habitación pareció espesarse, y Alex tuvo que hacer un esfuerzo para respirar.
Se quedó quieta, con una presión creciente en el pecho: Velia estaba muerta, y Cora, secuestrada por algo que había llegado hasta allí por su culpa.
Puede que no fuese ella quien hubiera abierto el portal, pero había ayudado a Luca a hacerlo.
Y si eso había bastado para que el monstruo entrara, entonces era responsabilidad suya echarlo de Aurora.
—Eca ni siquiera me ha escuchado. Está tan convencida de que ya lo sabe todo que no quiere oír nada de lo que digo. ¿Entiendes que la odie? —dijo Alex mientras cogía los vaqueros que Zoe le había prestado y empezaba a ponérselos.
Zoe lo entendía, claro que sí, pero aun así le costaba asimilar todo lo que Alex acababa de contarle.
A los horrores de la noche anterior tenía que sumar ahora otra cosa: que había sido Luca quien había traído a Tércot a Aurora.
Y, pensándolo bien, tampoco le resultaba tan difícil de creer.
Luca Astruc era un idiota integral. Y los idiotas, pensó, solían tomar decisiones idiotas.
Alex se inclinó para doblar los bajos de los vaqueros, que le quedaban largos, y siguió despotricando:
—Subestima a los humanos, me subestima a mí, subestima a Luca. Y se equivoca con él, ¿sabes?
Zoe asintió, aunque con cierta cautela. Puede que Alex tuviera razón en eso. Lo que no tenía tan claro era qué pensaba hacer con todo aquello.
—¿Y ahora qué piensas hacer? —preguntó.
—Yo empecé todo esto y tengo que terminarlo. Velia está muerta por mi culpa.
Se calzó las sandalias, manchadas de barro seco de la noche anterior, se puso de pie y caminó hacia la puerta.
—Quiero ayudarte, Alex —dijo Zoe antes de que saliera—, pero no puedes ir tras él sin pensar. No cuando es un chico inestable que cree que puede jugar a ser dios y controlar a una deidad asesina.
Alex se detuvo con la mano en el pomo y se quedó así un instante, sin volverse.
—Entonces no me ayudes, no estás obligada —dijo girando apenas la cabeza—, pero dime, ¿sabes hacia dónde se fue Luca cuando se marchó de la fiesta? ¿Abel ha dicho algo?
—No —contestó Zoe—. Solo escuché que se había ido... y que Abel estaba furioso con él.
—Da igual. Sé de alguien que podría saber dónde está —dijo Alex.