Aisthēsis #2
«¿Adónde?», pensó Alex, que creía que lo más lógico era volver al jardín y esperar. Velia siempre había sido errática, y seguramente acabaría apareciendo. Pero su tía no estaba para debatir sobre cuestiones de lógica.
Eca echó a andar hacia la cocina y Alex la siguió. Recorrieron la planta baja de un extremo a otro; luego subieron a los dormitorios, abrieron puertas, volvieron a cerrarlas y regresaron escaleras abajo. Alex empezaba a hartarse.
—¿Quieres que nos separemos? —sugirió.
—Calla —dijo Eca, llevándose un dedo a los labios—. Calla y escucha.
Alex no tenía claro qué debía oír.
—¿El qué? —preguntó.
Eca la sacó de la cocina y, una vez fuera, le indicó con un gesto que guardara silencio. Alex solo oía los ruidos normales de la casa: pasos, vajilla, voces. Nada más.
—¿Qué pasa? —susurró.
Eca frunció el ceño y apretó el medallón del Stróphalos contra el pecho.
—Algo no va nada bien. ¿No lo notas tú?
Alex no notaba nada, lo cual hizo que su inquietud aumentara un poco más.
—Por aquí —dijo Eca, llevándola por un pasillo que se extendía hacia la parte trasera de la casa.
Como todas las mansiones antiguas, las entrañas de la casa de Abel Astruc eran un laberinto. El pasillo desembocó en una zona más vieja, donde la luz de las lámparas apenas llegaba. Eca tanteó la pared en busca de un interruptor, pero antes de encontrarlo rozó una cortina gruesa.
—Aquí hay algo —murmuró.
—¿Qué? —dijo Alex a su espalda.
Eca tiró de la cortina y esta reveló una puerta oculta que abrió sin vacilar. Al otro lado, una escalera descendía hacia el subsuelo de la casa.
—Cierra la puerta y echa el pestillo —ordenó Eca—. No necesitamos que los Astruc vengan a husmear.
Su sobrina hizo lo que le ordenaba.
Entonces, por un instante, Alex pensó en volver a la mesa con el resto, pero la idea le duró lo que dura un parpadeo: sintió como de las profundidades subía una especie de aliento cargado de malevolencia.
Había algo allí abajo. Algo que no era bueno, sino justo lo contrario: el reverso de la bondad, de cualquier idea de luz.
En ese momento oyeron el grito.
El sonido de los huesos al quebrarse y el chapoteo en la carne llenaban la sala. Tércot bebía de la herida con la urgencia de un animal sediento.
Luca se esforzaba para no vomitar. Retrocedió hasta chocar contra el muro de piedra, y el frío le atravesó la ropa, pero no se movió.
Paralizado, siguió mirando. Cada embestida arrancaba un crujido nuevo, un desgarro, un sonido horrible amplificado por las paredes de la gruta.
Y, sin embargo, Velia seguía viva. Su cuerpo se estremecía bajo el peso de Tércot; de su garganta brotaban gemidos rotos, un hilo de voz que no terminaba de apagarse.
Matar a una de las Tías no era fácil, ni siquiera para un Solar. Luca se tapó los oídos: no podía soportarlo. Era demasiado.
El señor T alzó la cabeza y lo miró por encima del hombro. Tenía el hocico reluciente de sangre: gruesas gotas, mezcladas con jirones de carne aún tibia, le resbalaban por la barbilla.
—¿Qué te ocurre? —preguntó.
Luca fue incapaz de articular palabra.
—¿No era eso lo que querías, Luca? ¿Acabar con el Brillo? —dijo él.
Le hizo la pregunta señalándolo con un dedo. Tenía unas manos de dedos muy largos, rematados con unas uñas negras, de un grosor casi equino.
—¿No era eso, Luca? —insistió.
—Yo... yo quería acabar con el Brillo —balbuceó Luca.
Sí, quería acabar con el Brillo, con ese Brillo envenenado que había convertido a su familia en monstruos.
Abel, el primero. Luego Celina, sobreviviendo a base de pastillas y sedantes, aterrada ante la sola idea de perder el favor de las Tías.
Dalia, frívola e inconsciente. Frederic, débil, siempre mirando hacia otro lado.
Y antes que ellos, los abuelos. Y antes aún, Máximo Astruc.
Una cadena. Un linaje corrompido desde la raíz. Todo por el Brillo.
—¿Y cómo pensabas que se destruye el Brillo, Luca? —preguntó Tércot con una calma casi indulgente—. ¿Con palabras?
El señor T acompañó la pregunta con un gesto suave: le tendió una mano blanca, de una palidez casi espectral. Bajo la piel traslúcida se marcaban venas oscuras y abultadas, como si por ellas no circulara sangre, sino tinta.
Luca se apretó un poco más contra la pared.
—No temas —le dijo Tércot.
Al otro lado de la sala, Velia se movió. Buscó a Luca con unos ojos enrojecidos, anegados en lágrimas. Se estaba desangrando. Sus labios temblorosos formaron una sola palabra, muda pero inequívoca: ayuda .
Luca siempre había despreciado a Intuición, considerándola indigna de ser una de las Tías. Pero en aquel momento sintió lástima. Nadie merecía morir así, ahogado en su propia sangre, retorciéndose de pura agonía.
—Te prometí que iba a acabar con el Brillo —dijo el señor T—. Y lo voy a cumplir. Pero tú tienes que ayudarme.
La sangre que manaba de los despojos de Velia se había extendido por casi toda la sala circular, deslizándose por las grietas y las curvas talladas del Stróphalos.
El reguero oscuro avanzó lentamente sobre la piedra, implacable, hasta alcanzar los pies de Luca.
Cuando la humedad tibia se filtró bajo la suela de sus zapatillas, se giró bruscamente y, casi a ciegas, buscó la puerta que daba al bosque.
La abrió de un tirón y se lanzó a la noche.